William Kristol: "Un segundo mandato de Trump sería algo como no hemos visto nunca en EEUU"

William Kristol: "Un segundo mandato de Trump sería algo como no hemos visto nunca en EEUU"

Es uno de los líderes del movimiento antiTrump en el Partido Republicano, lo que le ha enfrentado a muchos de sus amigos.

Si hay una persona que resume en currículum la evolución del Partido Republicano es William (Bill) Kristol. Le viene de familia, porque su padre, Irving Kristol, fue uno de los intelectuales conservadores más influyentes del mundo, que da su nombre a los premios anuales del think tank conservador por excelencia de EEUU, el American Enterprise Institute. Aunque él ha llevado más lejos esa tradición.

De 1988 a 1992, Bill Kristol fue jefe de gabinete del vicepresidente con George Bush padre, Dan Quayle. En 1996, fundó el semanario The Weekly Standard, uno de cuyos primeros números resumía en la portada el credo de la publicación: "Ésta no es la manera de dirigir el mundo". El Weekly Standard se convirtió en el referente del llamado "neoconservadurismo", es decir, la doctrina de que EEUU tenía que jugar un papel internacional activo para promover la democracia.

En la práctica, eso se tradujo, entre otras cosas, en la invasión de Irak y en los años de más influencia de la publicación, cuando el Weekly Standard era la revista favorita del vicepresidente Dick Cheney. Al final del mandato de George W. Bush -del que fue asesor informal- Kristol conoció a la gobernadora de Alaska, Sarah Palin, y, según muchos, la convirtió en la candidata a la vicepresidencia con John McCain, que perdió las elecciones contra Barack Obama.

El martes, sin embargo, Kristol vota por Joe Biden. Es uno de los líderes del movimiento antiTrump en el Partido Republicano, lo que le ha enfrentado a muchos de sus amigos de décadas. La división llega a la familia, donde su yerno, Matt Continetti, respalda al presidente. El multimillonario conservador Rupert Murdoch vendió el Weekly Standard en 2009, y el nuevo propietario, el también multimillonario Philip Anschutz, muy cercano a Trump, lo cerró en 2018.

¿Qué está en juego el martes?
Respuesta.- Mucho. Un segundo mandato de Trump sería algo como no hemos visto nunca en Estados Unidos. En su primer mandato ha debilitado las instituciones de la democracia y ha roto las normas democráticas, pero ha estado limitado, al menos en los primeros momentos, por alguno de sus altos cargos, y el sistema le impidió hacer ciertas cosas. En el caso de que sea reelegido y los republicanos controlen el Senado, con, además, todo el Partido Republicano cautivo de él, creo que veremos una aceleración del trumpismo en general, lo que significa incitar a la violencia, romper las normas de la democracia, o abrazar a dictadores en otros países.

Dos de los elementos que más habían sido elogiados de la democracia estadounidense eran su solidez institucional y la responsabilidad de sus élites. Con Trump ¿han fallado ambos?

Creo que nuestras instituciones son aún más sólidas que en muchas otras naciones. No estamos cayendo en el colapso. Esto no es España en 1936, aunque Trump ha erosionado el sistema institucional. La institución que creo que ha fracasado totalmente a la hora de ejercer la función de fiscalizar al presidente es el Partido Republicano y, por tanto, el Congreso, dado que esa formación política controló la totalidad del Legislativo en los dos primeros años de Trump y aún ahora controla el Senado. Ésa ha sido una tremenda debilidad del sistema, y es algo que yo no me esperaba. Uno sabe que cualquier partido político puede nominar a un demagogo, o a un oportunista, que se enfrente a un candidato débil y acabe ganando las elecciones. Que Donald Trump ganara las elecciones no supone una falla del sistema; la falla del sistema es que el Congreso no controlara a la presidencia. Cuando yo estaba en la Casa Blanca, con un presidente republicano, los republicanos del Congreso se oponían a nosotros. Uno puede imaginarse un universo paralelo en el que Trump es una especie de Berlusconi, que no causa un daño irreparable a las instituciones. Pero ése no es el caso, porque el presidente tiene al partido de su lado.

Usted conoce a muchas de estas personas, si no a todas.

No a todos, pero sí a la mayoría. Y me ha sorprendido cómo han cedido a la intimidación de Trump, hasta acabar haciendo cosas que no solo son ridículas -como simplemente apoyar los tuits del presidente, que a fin de cuentas son irrelevantes-, sino dañinas -como la pésima gestión de la pandemia-.

¿Ha sido esto duro para usted, a nivel personal? ¿Ha perdido amigos?

Tampoco voy a exagerar: no ha sido dramático, pero sí sorprendente. Mantengo algunos viejos amigos, y he hecho otros amigos nuevos. Pero sí me ha llamado mucho la atención el caso de algunos viejos amigos con los que me llevaba bien. La cosa en política es que tienes aliados y conocidos con los que te llevas bien y con los que cooperas, aunque no sean amigos de verdad. A muchos de ellos he dejado de llamarlos y de mandarles emails, y ellos tampoco me contactan. No hacemos un show de eso, pero sí que se nota la distancia.

¿Y a nivel intelectual?

Ha sido liberador. Me ha obligado a volver a mis principios, a replantearme en lo que creo y en lo que no: en la democracia, en los pros y contras del conservadurismo, del Partido Republicano... Cuando uno está en política, es fácil acabar repitiendo las mismas cosas. Trump ha sido como una ráfaga de aire fresco. Ha obligado al centroderecha y al centroizquierda a hacer un ejercicio intelectual y reflexionar sobre cómo podemos reforzar la democracia en el siglo XXI.

El Pulitzer Tom Friedman duda de que haya un trumpismo después de Trump. ¿Qué cree usted?

Sí, al menos por un tiempo. No se puede borrar la Historia. Si hubiera perdido, es probable que su herencia política se hubiera desvanecido. Jeremy Corbyn [el ex líder del Partido Laborista británico, que giró a la izquierda y sufrió una catástrofe electoral hace 11 meses] es un buen ejemplo. Quiso dar un nuevo rumbo al partido -un rumbo con el que yo no estoy de acuerdo- y perdió. Y, aunque no sigo la política británica de cerca, me da la impresión de que el Partido Laborista se ha movido lejos de lo que Corbyn significa. Pero Trump ganó las elecciones. Eso es importante. No puedes borrar cuatro años de presidencia. Ni una victoria electoral. Puede haber gente que considere que adoptar políticas trumpistas es un ticket a la victoria electoral, al menos en ciertos estados. Yo creo que va a seguir durante bastante tiempo, y que eso va a ser un problema para el Partido Republicano.

A menudo se cita como precursor de Donald Trump el hecho de que, en las elecciones pasadas siempre había algún candidato exótico, muy populista, como Herman Cain, Ron Paul o Pat Buchanan. Esos candidatos siempre lideraban las encuestas de intención de voto hasta que los políticos "adultos" -los John McCain o Mitt Romney- asumían el liderazgo y se convertían en los candidatos a la presidencia. Y ahí tengo que preguntarle por una persona: Sarah Palin [la candidata a la vicepresidencia con John McCain en 2008, a la que muchos consideran la gran predecesora de Trump]. Todos dicen que usted fue quien convirtió a Palin, que era la gobernadora de Alaska, en una figura política de primera fila a nivel nacional de EEUU. De aquellos polvos ¿vinieron estos lodos?

Creo que hay algo de verdad en ese argumento, aunque lo de que yo convertí a Palin en una lideresa es una exageración. Pero hay que tener en cuenta que éste es un país libre, así que no puedes impedir que la gente se presente a cargos públicos. De hecho, podemos darle la vuelta al argumento: el Partido Republicano y el Partido Demócrata fueron muy buenos a la hora de impedir que los candidatos extremistas se convirtieran en contendientes con posibilidades serias. Yo creo que en 2014, los que usted llama "los adultos" del Partido Republicano estaban en control. Ninguno de ellos iba colocando por ahí teorías conspiratorias como hace Trump ahora. El caso de Palin es interesante. El intento de traer a Palin a la política nacional se debió a que vimos que el populismo estaba al alza, y que McCain necesitaba un cierto troque en ese sentido. Y nos pareció que una manera bastante inofensiva de lograrlo era con Palin. Hay que tener en cuenta que Palin, ideológicamente, estaba con McCain: no era anti inmigración, no era proteccionista, no era "EEUU primero", sino una versión populista del programa establecido del Partido Republicano. Después, durante la campaña, quedó claro que no estaba preparada para el cargo. Y, tras la campaña, empezó a actuar como una loca. Pero, cuando tomamos la decisión, no era una locura.

¿Por quién va a votar?

Por Joe Biden.

¿Es la primera vez en su vida que vota por un demócrata?

Por un demócrata para presidente, sí, aunque los he apoyado en otros cargos de nivel más bajo. Para ser sincero, debo decir que esto es más fácil para mí que para algunos amigos, como John Bolton. Cuando yo era un niño, yo era un demócrata anticomunista. Crecí adorando al presidente demócrata John F. Kennedy, a los senadores de ese partido Hubrey Humphrey y Henry Scoop Jackson, y trabajé en la campaña del también demócrata Daniel Patrick Moynihan en 1976.

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