Uruguay y EE.UU. se aproximan para vigilar a China en el Atlántico Sur

Uruguay y EE.UU. se aproximan para vigilar a China en el Atlántico Sur

26/04 La negativa de Argentina al atraque de un patrullero estadounidense acelera los contactos de Washington con Montevideo

A principios de abril hubo un desembarco de autoridades estadounidenses en Montevideo. Primero llegó el jefe del Comando Sur, el almirante Craig Faller, y después lo hicieron el titular para Latinoamérica en el Consejo de Seguridad Nacional, Juan González, y la responsable provisional para la región en el Departamento de Estado, Julie Chung. Se trató de una rápida reacción a lo que Washington percibió como una crisis estratégica: en marzo, Argentina negó el permiso de atraque a un patrullero de la Guardia Costera estadounidense, de maniobras en la zona para marcar territorio ante la creciente presencia de flotas de pescadores chinos en el Atlántico Sur.

La inusual reacción del Ministerio de Asuntos Exteriores argentino, negando la acogida de una misión que contaba con el beneplácito de la Armada blanquiazul, encendió la luz de alarma en Washington. El espacio que el gobierno peronista argentino parece estar dejando a China, más allá de las relaciones comerciales que Pekín mantiene con muchos países de la región –es el principal socio comercial de la mayor parte de Sudamérica–, preocupa claramente a Estados Unidos, porque puede dar a los chinos facilidad logística de penetración en el continente a través del Río de la Plata y dar pie a futuras reclamaciones chinas sobre la Antártida. Ante lo que es percibido como poca fiabilidad argentina, Washington está apostando por estrechar la cooperación estratégica con Uruguay.

Un socio fiable

Los visitantes estadounidenses se reunieron con el presidente uruguayo, Luis Lacalle Pou, y con los titulares de los ministerios de Asuntos Exteriores, Defensa e Interior y de la Secretaría de Inteligencia Estratégica de Estado. En esas conversaciones hubo el compromiso de una próxima reunión en Washington, lo que, como ha escrito la analista Allison Fedirka, de Geopolitical Futures, «sugiere que Estados Unidos, al que no le faltan problemas y retos, está interesado en hacer tiempo [en su agenda] para el pequeño Uruguay». «Washington encara algunos desafíos logísticos para monitorear y vigilar las aguas del Atlántico Sur debido a su gran tamaño y distancia. Tener un socio fiable en la región podría ser de inmensa ayuda al expandir sustancialmente el alcance de Estados Unidos».

La mayor proyección sobre el Atlántico Sur corresponde a Brasil, y dependiendo de la orientación de su gobierno se ha dado en muchos periodos una buena colaboración con Estados Unidos; no obstante, el perfil de potencia con aspiraciones hace de Brasil un país más asertivo en su política exterior, dificultando una coordinación efectiva con el hegemón norteamericano.

Estados Unidos tiene con Uruguay un acuerdo marco de seguridad que data de 1952 y que ha pasado por diversas vicisitudes, sin llegar a formularse una conveniente actualización, en parte por el desinterés del anterior gobierno del Frente Amplio. Dada la historia de injerencia de Washington en Latinoamérica y el prurito uruguayo desde la era democrática de ser un país mediador e independiente, no es imaginable la apertura de ninguna base militar estadounidense en Uruguay, pero el Comando Sur considera poder llegar a un arreglo que permita dar algún tipo de apoyo a las fuerzas navales de EE.UU. que se desplacen en misiones rápidas al Atlántico Sur, como apunta Fedirka. El propio almirante Faller ha sugerido incrementar las capacidades de inteligencia, vigilancia y reconocimiento en la región, en colaboración con otros países de la zona.

Estrecho de Magallanes

La preocupación estadounidense por las aguas del Cono Sur sudamericano –también por lo que afecta a la vertiente pacífica, aunque Chile se estima más fiable que Argentina– ha aumentado en el último año por la creciente presencia de flotas de pesqueros chinos, que se mueven como un enjambre de buques –en alguna ocasión penetrando en las zonas económicas exclusivas de los países ribereños– y a los que se atribuye actividad de pesca ilegal. Precisamente para monitorear esos movimientos en el Atlántico, entre enero y marzo la Guardia Costera estadounidense desplazó efectivos, en colaboración sucesivamente con Guyana, Brasil y Uruguay.

Pero además de la pesca, Washington sigue con atención algunas inversiones chinas en la región. En concreto, como ha señalado Ralph Spach, en la publicación «War on the Rocks», la compañía Shanghai Dreadging, subsidiaria de CCCC, aspira a presentarse a un concurso para el drenaje de parte de la Hidrovía Paraná-Paraguay. Cualquier vinculación estratégica que de alguna manera incluya en la ecuación al Ejército chino, como en el caso de la base de observación satelital abierta por China en la Patagonia, puede provocar susceptibilidades en la región.

Especial sensibilidad tiene Estados Unidos hacia el Estrecho de Magallanes, pues sus portaviones surcan la punta sur americana para pasar de un océano a otro dado que por sus dimensiones no pueden atravesar el Canal de Panamá. Cualquier actividad que Argentina permita a China en esas latitudes puede además alimentar futuras reclamaciones chinas sobre la Antártida cuando corresponda revisar la moratoria impuesta internacionalmente sobre ese continente. Por lo demás, Argentina podría aceptar un mayor papel de China en la zona a cambio de un apoyo cada vez más robusto de China a las reclamaciones de Buenos Aires sobre las Malvinas.

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