Una Europa renacida de las cenizas de la pandemia

Una Europa renacida de las cenizas de la pandemia

Huérfana de Merkel y desgastada por el Brexit, la UE busca un nuevo horizonte en septiembre. Asegurar el control del virus y atajar sus consecuencias económicas, los grandes retos

El próximo 26 de septiembre se celebran elecciones generales en Alemania, pero toda Europa estará mirando a Berlín. Las encuestas no dan una imagen clara de cómo será el nuevo Gobierno alemán, tampoco de quién se podrán al frente, pero lo que sí sabemos es que después de 16 años, la canciller Angela Merkel dejará el mando y al hacerlo, todo el mundo parece estar de acuerdo, también la Unión Europea se queda huérfana de liderazgo.

Sobre su legado, sus detractores la acusan de falta de ambición y visión europea. La responsabilizan de haber dejado fortalecerse a los Gobiernos autoritarios en Polonia o, especialmente, en Hungría. El partido Fidesz del populista Viktor Orban se ha mantenido en la familia popular europea hasta hace unos meses gracias en parte al apoyo de la CDU de Merkel. Sus partidarios defienden que es precisamente la capacidad de la alemana para mantener la calma en medio de la tormenta, su talante para el diálogo, su diplomacia y su pragmatismo, lo que ha permitido a la Unión salir adelante, crisis tras crisis, en los últimos 15 años, a pesar de todo.

Merkel llegó en plena debacle financiera y se va con un continente que, arrasado por una epidemia, trata de volver a levantar la cabeza. Las visiones sobre cuál es su legado, o cómo repercutirá su marcha en el funcionamiento de la Unión Europea, varían, pero todo el mundo parece coincidir en que quien quiera que la reemplace tendrá un enorme trabajo por delante no solo en casa, también en Bruselas.

Su apuesta por el diálogo y la cooperación frente a la confrontación han hecho de ella una dama de hierro con un guante de seda -que ha contribuido a la estabilidad europea durante años sin dejar de lado los intereses de Alemania-. Merkel mostró cintura durante la crisis griega, dio una lección de solidaridad a sus colegas en plena emergencia migratoria en 2015 -que le acabaría costando cara- y hace apenas unos meses sentó las bases junto al francés Emmanuel Macron del que acabaría siendo un plan de recuperación sin precedentes, tirando de deuda conjunta, -un tabú en Berlín-, para sacar a Europa del abismo de la recesión tras la pandemia.

Con su partida, el eje franco-alemán -que ha sido clave para hacer avanzar a Europa- se queda cojo. El francés, con unas elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina y a pesar de que su Gobierno toma las riendas del Consejo en 2022, estará más preocupado por batir a una Marine Le Pen reforzada tras la crisis del coronavirus que en asumir el liderazgo europeo.

Tras la marcha de Merkel, el holandés Mark Rutte será el primer ministro con más experiencia en el Consejo Europeo. Rutte estaba llamado a jugar un papel fundamental en esta Unión, aunque al frente precisamente de los halcones fiscales y los países más reticentes a la integración (pero también en defensa de los valores fundamentales de la UE). Sin embargo, Rutte lidera un gobierno en funciones, en una negociación que se alarga desde hace meses, y se ha visto envuelto en no pocos escándalos en este último año poniendo al conocido como "hombre Teflon", por su capacidad para zafarse de todo, contra las cuerdas.

El italiano Mario Draghi goza del prestigio, el respeto y la confianza de buena parte de los líderes. Es suficientemente socialdemócrata como para seducir a la izquierda, y un tecnócrata de manual aplaudido por la derecha. Pero Draghi es eso, un tecnócrata sin un partido detrás y con pocas posibilidades de mantenerse en el Gobierno en un futuro cercano. Con un papel más activo, un agenda concreta y algo de carisma, tal vez hubiera sido un buen momento para España.

La marcha de Merkel se notará también en las instituciones. La actual presidenta de la Comisión Europea y ex ministra de Defensa de la todavía canciller, Ursula von der Leyen, llegará al ecuador de su agitado mandato con su mayor valedora fuera del Consejo. Mientras, el presidente del Consejo Europeo -con quien ha tenido más de un encontronazo en los últimos meses- se enfrentará a su posible reelección, en una institución donde el equilibrio de fuerzas podría variar en los próximos meses con elecciones en Irlanda, Bulgaria, Hungría, Malta o Italia también a la vuelta de la esquina.

MIRANDO AL ESTE
En cuestión de días, el Tribunal Constitucional Polaco decidirá si considera que el derecho nacional prevalece sobre el europeo. El próximo 16 de agosto también expiraba el plazo del Gobierno para revertir una reforma que precisamente la Comisión Europea considera que dinamita la independencia judicial, a la que Varsovia dio ayer finalmente marcha atrás.

El plan de recuperación presentado por el Ejecutivo de Mateusz Morawiecki, al que se debía de haber dado luz verde el pasado 1 de agosto, también sigue a la espera. Con cuestiones distintas sobre la mesa -pero no menos graves-, la situación se repite en Hungría.

La UE está viendo el deterioro de las instituciones también en Malta -dónde una investigación independiente acusa al Estado de ser responsable del asesinato de la periodista de investigación Daphne Caruana- o Eslovenia, a los mandos del Consejo y donde el primer ministro se ha caracterizado ya por apoyar teorías conspiranoicas, sus ataques a la prensa y su apoyo a populistas de extrema derecha. A todo esto hay que sumar además las políticas homófobas y racistas en Polonia o Hungría.

La UE tiene un problema con el respeto al Estado de derecho, los principios fundamentales y los derechos humanos. Y es un problema interno. La gestión de estas tensiones -con el reparto de fondos aún pendiente- será uno de los asuntos clave para la UE en los próximos meses.

Lo que diferencia a la Unión de otras organizaciones internacionales es precisamente su ordenamiento jurídico, su capacidad para llevar a los tribunales a los gobiernos cuando se saltan las normas. Poner en juego ese marco legal podría acabar por dinamitar el proceso de integración. "Esto es algo que tenemos que tomarnos en serio porque si la UE no está unida en sus valores, automáticamente deja de existir una plataforma común para mantenernos juntos", advierte Georg Riekeles, director adjunto del European Policy Center. Para Karel Lannoo, CEO del Centro de Estudios Políticos Europeos (CEPS), el mayor reto es mantener el ritmo de vacunación, asegurar el control de la pandemia y volver a la normalidad para poder atajar las consecuencias socioeconómicas que ha dejado el virus: "¿Cómo funcionará la recuperación? Esa sigue siendo al gran pregunta".

Hace apenas un año, los líderes de la UE concluyeron una cumbre de cuatro noches y cinco días de negociaciones que permitió poner en paquete de estímulo económico por valor de 750.000 millones de euros, financiado con deuda conjunta, y que debe no solo permitir a la UE salida de la crisis económica causada por el coronavirus, sino también transformar sectores estratégicos para que la Unión siga creciendo en el futuro y sea más resistente a los desastres.

El fondo cuenta con objetivos concretos que cada país deberá ir cumpliendo para liberar el dinero. De cómo funcione, no solo dependerá la recuperación económica, sino también la integración económica de la Unión Europea. Quienes aspiran a una unión fiscal, consideran el fondo de recuperación un test para un posible Tesoro europeo que eleve la coordinación económica y fiscal del bloque a otro nivel.

Aunque este debate parece aún muy lejos, otra Caja de Pandora amenaza con abrirse inevitablemente. Durante los meses de confinamiento, la Comisión puso en suspense las reglas fiscales de la Unión que establecen un tope a la deuda pública y el déficit que pueden acumular los países, para permitir a los gobiernos invertir en unas economías lastradas por la crisis.

Esa pausa se alargará hasta 2022, pero después vendrá una difícil conversación sobre la necesidad de reformar esas normas y, sobre todo, cómo evitar que la crisis del coronavirus se convierta en una nueva crisis de deuda. La discusión será técnicamente espinosa y, sobre todo, políticamente tensa.

UNA SOLA VOZ
"Europa es un reto democrático", de hacer que las personas se sientan representadas, que nos se las deja atrás, asegura Riekeles, "esto será muy importante en el contexto de la dimensión social de la recuperación: que todo el mundo sienta que encuentra su manera de salir adelante tras la pandemia, no solo unos cuantos afortunados".

Europa necesita tener una voz más fuerte y una posición más firme en el mundo. Es la eterna asignatura pendiente de la Unión Europea, que se ha mostrado sin embargo más dividida que nunca en los últimos meses con posiciones encontradas en asuntos cruciales. "El Consejo Europeo del mes de junio fue uno de los peores en años precisamente por los grandes desacuerdos en las políticas respecto a Turquía, Rusia o China", lamenta Lannoo.

Aquí, la dupla Macron-Merkel se ha visto fuertemente contestada en cuestiones fundamentales. Donde Francia y Alemania ven la necesidad de pragmatismo, otros ven una amenaza. En diciembre del año pasado, el canciller y el presidente dieron un impulso a las negociaciones con China que permitieron cerrar un acuerdo de inversiones con Pekín. La jugada no gustó nada en no pocas capitales y el tratado está congelado de facto por la negativa del Parlamento Europeo a tramitarlo, después de que varios de sus miembros -y un puñado de diplomáticos europeos- fuera objeto de sanciones por parte del régimen.

Algo parecido sucede con Rusia. Merkel y Macron propusieron retomar las cumbres con Vladimir Putin, apenas unos días después de que éste se reuniera con el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, en Ginebra. La propuesta se encontró con un rechazo de plano en los Bálticos, el Este y Países Bajos, que se niegan a ceder un milímetro ante una Rusia cada vez más agresiva.

Precisamente la llegada de Biden a la Casa Blanca puede resultar un revulsivo. Su política respecto a Pekín no varía en exceso de la de Trump, pero sí su percepción de la UE no como un competidor, sino como un aliado en política internacional. "La presión de Estados Unidos sobre la UE para que sea más asertiva con China será mayor. Ya lo vimos durante el G-7", explica Niclas Frederic, investigador en el think tank económico Bruegel.

"Estamos dando forma a una nueva forma de geopolítica. El mundo ya no es plano, ya no es un mundo de normas y comercio internacionales, estamos en un contexto de competición geopolítica donde Europa tiene que encontrar su propio lugar, pero también encontrar una forma de partenariado con Estados Unidos y estar lista para enfrentarse a actores internacionales muy complicados", en el Kremlin, en Ankara o en Pekín, añade Georg Riekeles.

La diplomacia verde se ha convertido en una de las principales tareas de la "Comisión geopolítica" de Von der Leyen. La COP26, que se celebrará en Edimburgo en octubre, será una nueva oportunidad para la UE de mostrar su liderazgo en la lucha contra el cambio climático.

En una entrevista reciente con este periódico, el vicepresidente ejecutivo para el Pacto Verde, Frans Timmermans, explicaba que había llegado el momento de "dejar de decir lo que haces para hacer lo que dices". La UE trata de influenciar las políticas medioambientales de sus vecinos a partir del ejemplo.

El pasado mes de julio, el Ejecutivo comunitario puso sobre la mesa una amplia batería de medidas que aspira a reformar la industria del transporte, la energía y la agricultura con el objetivo de reducir las emisiones en el continente un 55% respeto a 1999 en 2030.

"Llevo en asuntos europeos unos 15 años y el paquete de reformas que vimos el 14 de julio es probablemente el más ambicioso, que se ha puesto jamás sobre la mesa del Consejo y el Parlamento, en cuanto a lo que supone para la transformación de la sociedad", asegura Georg Riekeles. "Hay un montón de retos por delante en cuanto al coste de la transición hacia una economía sostenible y quién va a pagarlo. Éste será un punto importante para la segunda mitad del año", añade Karel Lannoo.

Para algunos, no es suficiente. Para otros, un palo importante a sectores estratégicos. Los próximos meses servirán para que Parlamento y Consejo definan sus posiciones negociadoras. Ahí veremos cómo de lejos están unos y otros a llegar para luchar contra el cambio climático y relanzar la economía haciéndola más sostenible. Dada la magnitud de las reformas, insiste Riekeles, el reto es garantizar que la transición sea justa y mantener el apoyo de los ciudadanos a las medidas necesarias para lograrlo. No será fácil.

"La Comisión de Ursula von der Leyen ha estado en modo lucha contra la crisis prácticamente desde el inicio de su mandato. Ahora, necesita, necesitamos, salir de este estado, ir más allá de las cuestiones sanitarias o las consecuencias socioeconómicas, para trabajar en las políticas que construyan el futuro", asegura Riekeles.

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