Treinta años de ¿integración?

Treinta años de ¿integración?

Cuando a inicios de los años noventa en el Cono Sur, ya pasados los procesos militares y la doctrina de la seguridad nacional, se necesitaba imperiosamente la estructuración de un bloque similar a la Unión Europea –este concierto de naciones ya gozaba de ventajas en el intercambio de bienes con menos aranceles y el levantamiento de fronteras estrictas para el desplazamiento de personas–, se gestó justamente en marzo de 1991 el denominado Mercado Común del Sur (o Mercosur).

De eso hace casi treinta años, oportunidad en que Paraguay, Brasil, Argentina y Uruguay trazaron el camino para llegar a una integración, que en estas décadas experimentó una serie de avances, pero también desajustes, por la natural asimetría de los escenarios en cada país, puesto que existen dos verdaderos subcontinentes y otras dos naciones muy disminuidas, comparativamente, en su capacidad de producción.

El objetivo de la unión aduanera era –justamente– ir levantando de manera paulatina las barreras arancelarias y paraarancelarias que pudieran impedir el intercambio de bienes, lograr el cruce de fronteras con mayores facilidades en todo el bloque conformado, y, en definitiva, el desarrollo de los miembros socios.

Además de la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre los países, se contempló el establecimiento de un arancel externo común (AEC) y la adopción de una política comercial común con relación a terceros Estados o bloques. En los papeles y en las expresiones de deseo sobrevolaba un optimismo exultante, principalmente de parte de los mandatarios que firmaron el Tratado de Asunción.

Con las décadas, la realidad se encargó de acomodar las piezas y, frente al objetivo de generar integración entre los países, se vinieron erigiendo una serie de barreras para el fluido intercambio de bienes. El caso concreto de Paraguay da cuenta de un rosario de inconvenientes para colocar sus productos, principalmente en Argentina.

En varias ocasiones asistimos al bloqueo en frontera de cargamentos de banana con destino al mercado bonaerense, perpetrado por los propios productores del mismo rubro en el vecino país, quienes no encontraban respuestas de su gobierno que beneficiaran a su proceso de comercialización; o medidas arbitrarias en el sector logístico, imponiendo normativas contrarias a la integración que afectan a las navieras paraguayas.

Brasil también impone su posición cuando le conviene y, sobre todo, en lo que respecta a la provisión de energía eléctrica excedente desde Itaipú, a precios no beneficiosos al Paraguay, gracias al contrato leonino del cual se sigue aprovechando para abastecer con fuente de energía principalmente al gran polo industrial paulista.

El ámbito político, por su parte, estuvo también mancillado de procesos contrarios al espíritu del bloque regional: Paraguay fue suspendido temporalmente luego de que el Congreso Nacional destituyera a Fernando Lugo de la presidencia por juicio político en 2012, observado en la región como un golpe parlamentario; Venezuela (país que se integró al bloque ese mismo año) fue también suspendido mediante la cláusula democrática un lustro después.

Por su parte, la integración del Mercosur con la Unión Europea tuvo su hito –luego de 20 años de conversaciones– con la conclusión de las negociaciones, a mitad de 2019, correspondientes al capítulo político y de cooperación. Resta seguir generando textos de consenso vinculados a cuestiones pendientes ligadas a los pilares institucional y comercial. Hay reticencias de países europeos con fuerte producción agrícola ante ese próximo intercambio.

El Mercosur es fundamental para el Paraguay: más del 50% de las exportaciones van a esta plaza y se importa de sus países miembros en razón de un 30% de todo lo ingresado; pero aún se deben calibrar mecanismos para amainar las asimetrías y evitar, sobre todo, barreras paraarancelarias que dificulten alcanzar una verdadera integración.

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