Sin brío y desprestigiada, la OEA encara la apuesta de AMLO de privilegiar la Celac

Sin brío y desprestigiada, la OEA encara la apuesta de AMLO de privilegiar la Celac

Este año y 2022, cruciales para que el organismo refrende su protagonismo // Las Misiones de Observación Electoral aceleraron el descrédito del ente hemisférico

La idea de volver a castigar a Cuba desde la Organización de Estados Americanos (OEA) ha resurgido bajo la batuta del secretario general del organismo, Luis Almagro, a raíz de las protestas populares en varias ciudades de la isla. Esta ofensiva diplomática para generar lo que el presidente Joe Biden llamó cambios drásticos –léase cambio de gobierno– en un país que ni siquiera es miembro activo del organismo, no ha conseguido aún consenso entre los países miembros. El 28 de julio pasado ni siquiera alcanzó consenso para reunir al Consejo Permanente. La iniciativa entró en impasse.

Pero volverá a estar sobre la mesa, ya que en el gobierno de Biden ha prometido que contra La Habana van con todo. La vieja descripción del organismo interamericano hecha por el líder cubano Fidel Castro como ministerio de las colonias en 1962 parece tener vigencia en la actualidad.

Sólo que el siglo XXI no es igual que los años 60 del siglo XX. Y la OEA es un organismo que, indudablemente, ha ido perdiendo ­influencia.

En una entrevista a Natalia Saltalamacchia, experta en multilateralismo y profesora del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), publicada en 2013 en la revista Foreign Affairs, reconoce que la proliferación de organismos regionales que se registran desde los 80 (Contadora, Grupo de Río, Cumbre Iberoamericana y las posteriores Unasur, ALBA y otros) debilitan a la OEA. Pero, agrega, Estados Unidos también ha perdido interés. Es complicado pensar que la OEA responde de manera inmediata a los designios de Washington. Le es mucho menos útil que antes.

Durante la última década del siglo XX se disolvió la amenaza comunista y los conflictos armados que aún estaban vivos en Centroamérica difícilmente se podían explicar únicamente como producto de la injerencia soviética en la esfera de influencia occidental.

En El Salvador, por ejemplo, el es­tallido de la guerra civil que empezó con el asesinato del arzobispo Óscar Arnulfo Romero por parte del régimen (1980) y precipitó su fin por la masacre de los jesuitas directivos de la Universidad Centroamericana (1989) concluyó con un acuerdo de paz que no se logró por intermediación de la OEA, sino por el aliento de otros países, México entre ellos.

El proceso guatemalteco, con sus particularidades, fue parecido y culminó en 1994. El único rol de la OEA fue como testigo de los procesos electorales, ya que desde 1991 entraron en acción las Misiones de Observación Electoral.

El vuelco y el ALCA… al carajo

Con el cambio de siglo, el mapa latinoamericano dio un vuelco. Primero fue Hugo Chávez, quien ganó la presidencia en Venezuela en 1999. Le siguieron Néstor Kirchner, en Argentina, y Lula da Silva en Brasil en 2003, Evo Morales, en Bolivia (2006), Rafael Correa, en Ecuador (2007), Fernando Lugo, en Paraguay (2008), Pepe Mujica, en Uruguay (2010). Esta ola progresista, con algunos mandatarios más radicales que otros, cambió el equilibrio de fuerzas en la región y, por supuesto, en la OEA.

En 2009 la OEA deja sin efecto la anacrónica suspensión con que castigaron a la isla 45 años antes. Sólo que La Habana tiene poco interés en reintegrarse.

Escasos momentos ilustran mejor la influencia que alcanzaron como bloque regional que el fracaso del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), que George Bush hijo intentó hacer aprobar en la Cumbre de las Américas en Río de la Plata, en 2005. Con el comercio como idea de gran motor del desarrollo, el ALCA representaba la subordinación de las economías a las grandes empresas y, con mayor énfasis, el reforzamiento del aislamiento de Cuba.

La falta de consenso forzó la suspensión de las negociaciones para el ALCA. Hugo Chávez celebró el momento con su famoso “ALCA…¡al carajo!”

Políticamente, el momento se fue desgastando por diversas causas y sufriendo los llamados golpes blandos (como el que derrocó a Dilma Rousseff en Brasil en 2016) o golpes de Estado al viejo estilo, en Honduras, en 2009. Esta ha sido la única vez que se aplicó la Carta Diplomática de la OEA y Honduras fue suspendida del organismo hasta que restituyó los mecanismos de democracia institucional.

Diálogo suspendido

Varios gobiernos y analistas admiten que el diálogo entre los países en América está suspendido. En una región polarizada, donde el consenso es casi imposible. La OEA es conducida por un secretario general, Almagro, que crispa aún más las relaciones y que abandera activamente su propia agenda.

En 2015 la larga crisis venezolana se agudiza cuando el presidente Nicolás Maduro suspende el referendo revocatorio, aplaza elecciones regionales y desconoce el resultado de una elección parlamentaria. Almagro pone sobre la mesa, no un mecanismo de solución negociada, sino la opción de una intervención militar. En 2017 propone la invocación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Además de la Argentina de Mauricio Macri, el Brasil de Jair Bolsonaro, el Chile de Sebastián Piñeira y la Colombia de Iván Duque, vota un señor, Gustavo Tarre, que no representa a un país, sino a un político venezolano, Juan Guaidó. La moción no prospera.

Pese a que Almagro nunca habló de una negociación para Venezuela, hoy, por iniciativa de México y Noruega, gobierno y oposición venezolanos volvieron a sentarse para dialogar. Llevan ya tres rondas. Y el cambio de gobierno forzado está fuera de la agenda.

En Bolivia, en las elecciones de 2019, Evo Morales iba por su tercer término. Gana por escaso margen. Pero se filtra un informe preliminar y erróneo de la Misión de Observación Electoral de la OEA, que asegura que hubo fraude. Se exige que Morales reponga el proceso electoral y accede. Pero el golpe militar ya está en marcha. Once días después, la OEA reconoce la presidencia de la golpista Jeanine Áñez, en medio de matanzas que han sido documentadas.

Menos de un año después, la historia se revierte. Luis Arce, del mismo movimiento que Evo, gana las elecciones. La maniobra de Almagro tiene un alto costo: el desprestigio de las Misiones de Observación Electoral.

¿Hay futuro para la OEA?

¿La OEA está agotada o tiene posibilidades de seguir siendo la piedra angular de las relaciones en el continente?

México entró de lleno a este debate con la postura esbozada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, en julio, de privilegiar un mecanismo de representación regional como la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (Celac) por encima de la OEA. Esto generó interrogantes y expectativas en las cancillerías. ¿Qué se propone concretamente para reforzar la Celac? ¿Hay dinero para financiar un proyecto así? ¿Con cuántos aliados cuenta México en esta iniciativa?

Nada indica que se vaya a dar una retirada masiva de estados miembros de la OEA. Sin embargo, el mero hecho de que el gobierno de México, el segundo mayor país de nuestra América haga esto, nos indica la profunda crisis, no sólo de la OEA, sino del sistema interamericano, escribe Jorge Heine, de la Universidad de Boston, en un ar­tículo publicado en el diario chileno La Tercera.

Este año y el siguiente serán cruciales para determinar la evolución geopolítica y la recomposición de los equilibrios de fuerzas entre los países latinoamericanos. Hay en el horizonte tres elecciones presidenciales en las que los candidatos de centroizquierda están bien posicionados. Este mes en Chile; el año próximo en Brasil y Colombia. La moneda está en el aire.

www.prensa.cancilleria.gob.ar es un sitio web oficial del Gobierno Argentino