Rusia quiere mandar en el nuevo Ártico

Rusia quiere mandar en el nuevo Ártico

Moscú aspira a reafirmarse como potencia mundial en el estratégico enclave gracias al deshielo, mientras EEUU muestra su inquietud por la creciente militarización de la zona

Rusia está reafirmando su posición como gran potencia mundial también en el Ártico, una zona que desde que Vladimir Putin llegó al Kremlin se ha convertido en un escenario cada vez más importante en la política exterior, militar y económica rusa.

Putin nunca ha olvidado que fueron el petróleo y el gas los dos factores que desempeñaron el papel fundamental en la restauración del empuje económico del país a principios de la década de los 2000.

El deshielo en la zona por culpa del cambio climático aumenta la accesibilidad a los recursos naturales. Y abre nuevas rutas de navegación justo al norte de Rusia. En buena parte de esa nueva 'tierra prometida', Moscú quiere tener rango de propietario.

En la zona hay muchas oportunidades, pero los costes son altos y es necesaria una adaptación tecnológica. Hace diez años los proyectos estaban abiertos a la participación de compañías energéticas extranjeras que aportaban su tecnología y capital. Pero con el actual contexto de sanciones y vetos, Rusia se ha quedado prácticamente sola en su aventura ártica, con China como escudero. Muchas empresas se han visto afectadas, como la estadounidense ExxonMobil, que en 2011 se alió con la pretrolera rusa Rosneft para explorar los recursos del mar de Kara.

Rusia aspira a transformar su costa norte en la Ruta del Mar del Norte, un corredor marítimo navegable a través de aguas árticas. En 2040 esta ruta podría estar abierta durante dos meses. Moscú cree que el tráfico en la zona se multiplicará por cuatro en menos de un lustro, aunque de momento no va a estar ni de lejos tan concurrido como el canal de Suez. Además, hay que tener en cuenta la complejidad logística de operar en esas condiciones climáticas difíciles y la incertidumbre que hay sobre la demanda de hidrocarburos de cara al futuro. Pero en todo caso la navegación ártica y el acceso marítimo a Asia le permitirán reducir su dependencia de Europa.

CHOQUE DE INTERESES
Los intereses de Moscú chocan con los de varios otros países, incluido Estados Unidos. En 2015, Rusia presentó una propuesta reclamando 1,2 millones de kilómetros cuadrados de plataforma marina ártica, extendiéndose así a más de 650 kilómetros desde la costa. Su postura cada vez más exigente la ha alejado de otros socios 'árticos' y actualmente sólo cuenta con el respaldo firme de China, que tiene dificultades en su aspiración de ser considerado por los demás un estado "cercano al Ártico".

Recientemente Washington ha echado en cara a Moscú haber hecho "reclamaciones marítimas ilegales" sobre la regulación de los barcos extranjeros que transitan la ruta marítima sobre la larga costa norte de Rusia. Moscú se ampara en la geología de su plataforma continental para reclamar ese lecho marino. Y lo hace dentro de la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS), que Estados Unidos nunca ha ratificado. También tiene a su favor que desde este mes ostenta la presidencia rotatoria del Consejo Ártico que se reúne estos días en Reikiavik. También participa en el foro Arctic 5, que agrupa a los estados del litoral ártico: Canadá, Dinamarca, Noruega, Rusia y Estados Unidos. Cinco actores principales que deciden al margen del resto.

Rusia ha dicho que ve la Ruta del Mar del Norte como su "corredor de transporte nacional histórico". Y será quien dé la autorización para que los buques extranjeros naveguen por ahí. La nueva ruta pone a China mucho más cerca.

ESCENARIO MILITAR
Washington está además preocupado por la creciente militarización de la región. La base rusa de Nagurskoye se ha ampliado en los últimos cuatro años. Ahora alberga un grupo táctico de vigilancia electrónica y efectivos de defensa aérea. Y también una batería de sistemas de misiles antibuque Bastion, literalmente un aviso a navegantes. Pero diversos expertos coinciden en que la mayoría de sus capacidades no están diseñadas para el despliegue de poder ofensivo, sino más bien para la defensa del perímetro cercano. Otra cosa es el carácter intimidatorio de algunas de sus acciones: sus fuerzas aéreas y navales han intimidado a los países de la OTAN, sus patrullas se han acercado demasiado a Dinamarca y Noruega, que son de alguna manera el cerrojo de la OTAN con el que tropieza Rusia en su deseo de tener acceso sin trabas al Atlántico. Las fuerzas militares rusas incluso han 'estorbado' en maniobras de EEUU cerca de Alaska.

Pero EEUU también mueve fichas. Envió bombarderos B-1 a Noruega este año. Desde Washington se defiende que el aumento de la presencia militar rusa también ha provocado la necesidad de un mayor despliegue de la OTAN. Rusia hace el mismo análisis, pero al revés: más presencia rusa para compensar a la OTAN en Noruega.

Rusia tiene tres intereses militares clave en el Ártico. Lo más importante es asegurar la capacidad de segundo ataque de su fuerza de submarinos de misiles balísticos en la península de Kola, (base de siete de los once submarinos de misiles balísticos de la Armada rusa) en un conflicto con la OTAN. Un segundo asunto es proteger la capacidad de Rusia para operar en el Atlántico norte y el Ártico europeo en caso de conflicto con la OTAN. El tercer objetivo es la protección militar para el creciente desarrollo económico, las inversiones y los intereses comerciales de Rusia en el Ártico. Richard Sokolsky, Eugene Rumer y Paul Stronski, analistas del centro Carnegie, señalaron en un informe el pasado marzo que "la presencia militar de Rusia en tiempos de paz en el Ártico y la asignación de recursos para mejorar sus capacidades e infraestructura militares allí están alineadas con estos tres intereses".

Sergei Lavrov rechazó el pasado lunes las preocupaciones de la OTAN sobre el aumento de la actividad militar rusa en el Ártico y dijo que Moscú tenía derecho a garantizar la seguridad de su costa norte. Allí sus fuerzas navales nucleares y convencionales son cada vez más vulnerables a las armas de precisión de largo alcance de la OTAN.

La postura de Moscú respecto al Ártico hunde sus raíces en la psicología rusa de la Guerra Fría y la destrucción mutua asegurada, un escenario improbable pero catastrófico que requeriría de un segundo escenario para seguir la partida. Y ese nuevo mundo que quedaría es el Ártico.

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