Putin y el crimen de Estado con Litvinenko

Putin y el crimen de Estado con Litvinenko

19:45 - Durante un tiempo intentó guardar vagamente las formas, pero cada día es más resuelto el desprecio que Putin siente por la democracia.

Y casi tan inquietante como la deriva autoritaria del presidente y de su régimen es la pasividad de la comunidad internacional, que observa cómo la escalada de delitos imputables a la autocracia neozarista quedan impunes. En este sentido, la resolución del Tribunal Europeo de Derechos Humanos conocida ayer, sin suponer una novedad, resulta perturbadora. La corte de Estrasburgo ha concluido que los asesinos del ex espía y opositor Alexander Litvinenko, envenenado en 2006 en Londres con polonio-210, actuaron «en nombre de las autoridades rusas». Estamos hablando de un crimen de Estado, de un asesinato instigado desde el propio Kremlin y del que en su día ya advirtió la Justicia británica, que directamente señaló a Vladimir Putin como «probable» instigador de la muerte de Litvinenko. El TEDH ha condenado a Rusia a pagar 100.000 euros a la viuda de Litvinenko por daños morales pero, como ocurrió tras la condena británica, el Gobierno ruso ya ha reaccionado mostrando el escaso respeto y valor que le merecen las más altas instituciones comunitarias: «No estamos dispuestos a hacer caso a este tipo de decisiones», han comunicado, argumentando que el tribunal no cuenta con las competencias o capacidades técnicas para tener información sobre el caso.

La impunidad de la que goza y con la que se sabe Putin es intolerable. En los últimos años hemos sido testigos de asesinatos o intentos de asesinatos contra opositores y activistas políticos contrarios al Kremlin. Se han denunciado, se han intentado investigar y al final siempre sale indemne, bien porque Occidente no se ha atrevido a imponer sanciones más contundentes, bien porque el enorme peso geostratégico de Rusia la blinda ante castigos que se quedan en simbólicos. Sea lo que sea, las condenas de la comunidad internacional y las apelaciones a la reacción de las potencias democráticas han resultado estériles.

¿Hasta cuándo habrá que digerir la hipocresía en la que se basan las relaciones diplomáticas con un país que no tiene empacho en cometer crímenes de Estado a la luz del día? La comunidad democrática internacional, y Bruselas en concreto, deben asumir que la amenaza rusa a la puerta de casa exige mayor compromiso en la coordinación de una respuesta firme.