La muerte de la juez Ruth Bader Ginsburg convierte al Supremo de EEUU en un campo de batalla a seis semanas de las elecciones

La muerte de la juez Ruth Bader Ginsburg convierte al Supremo de EEUU en un campo de batalla a seis semanas de las elecciones

El vacío que deja Ginsburg es, sobre todo, político. Su muerte transforma el control del Supremo a falta de 45 días para las elecciones. El presidente del Senado, el republicano Mitch McConnell, ya ha anunciado que espera nombrar a un nuevo juez.

Es difícil imaginar a unos 2.000 jóvenes cantando el 'Imagine' de John Lennon un viernes por la noche frente al pórtico del Tribunal Supremo de un país para honrar el fallecimiento de un juez de 87 años. Sin embargo, eso es lo que pasó anoche en Washington. No solo 'Imagine'. También canciones de índole patriótica, como 'America the Beautiful', y otras más bien revolucionarias, al estilo de 'This Land Is My Land', que escribió en 1944 Woody Guthrie, el que había escrito en su guitarra 'Esta máquina mata fascistas'.

Los jóvenes, en su inmensa mayoría veinteañeros y con mayoría femenina, se habían concentrado espontáneamente para despedirse del miembro más carismático del Tribunal Supremo, Ruth Bader Ginsburg, que falleció el viernes por la tarde de un cáncer de páncreas a los 87 años de edad. Su fallecimiento priva a la primera potencia mundial de la que probablemente sea su defensora de los derechos de la mujer más popular.

Y, también, abre una batalla política que va a marcar las elecciones del 3 de noviembre. Ese día, Donald Trump afronta unos difíciles comicios marcados por los 199.000 muertos del Covid-19 y, también, se renuevan 35 de los 100 miembros del Senado, el órgano que debe decidir si ratifica o no al sucesor de Ginsburg propuesto por el presidente. En la actualidad, los republicanos tienen mayoría en la cámara. Pero existe una posibilidad de que la pierdan. Dado el inmenso poder del Supremo en EEUU -muy superior al de cualquier otra democracia avanzada- lo que está en juego es mucho, empezando por la publicación de los impuestos de Donald Trump en 2021, que con toda probabilidad deberá ser decidida por el Tribunal.

En la actualidad, el Supremo tiene cuatro jueces demócratas y cinco republicanos, aunque a veces el presidente, John Roberts, se alinea con los de izquierdas. Si la relación de fuerzas pasa a ser de seis a tres, el Partido Republicano habrá conseguido una victoria política cuyos efectos se notarán durante décadas, porque los magistrados del Supremo son elegidos de por vida. Autorizar o no el aborto, regular la inmigración, aceptar o no las torturas o los campos de prisioneros como Guantánamo, permitir o no la discriminación racial o de género y legalizar o prohibir la pena de muerte son cuestiones que han sido decididas por el Supremo, que en 2021 tendrá, con toda seguridad, que emitir sentencia sobre algo trascendental: si es legal o no divulgar la Declaración del IRPF del ahora presidente Donald Trump.

MAESTRA DE LA IGUALDAD ENTRE HOMBRES Y MUJERES
Así, tal vez no haya 'sorpresa de octubre'. Pero eso será porque la sorpresa ha llegado este 18 de septiembre, con el fallecimiento de Ginsburg quien, a pesar de su frágil estado de salud, se había creado un aura de inmortalidad tras sobrevivir a un cáncer de colon en los 90 y a otro de pulmón hace apenas dos años. La importancia de esta juez en la vida pública estadounidense es difícil de exagerar. Un ejemplo: tanto si a usted le gusta como si le molesta todo el debate sobre la "ideología de género", sepa que eso fue creado por Ginsburg en 1972, y con toda intención, porque el término "género" tiene menos connotaciones que "sexo".

La fallecida juez fue una maestra en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, y supo emplear todas las armas legales para alcanzarlo, sobre todo como abogada de la Unión para las Libertades Civiles de EEUU (ACLU, por sus siglas en inglés), un grupo activista de izquierdas que solo dejó cuando en 1993 Bill Clinton la propuso con éxito para el Supremo. Fue, también, hábil en el manejo del lenguaje. No solo con "género". También al 'vender' el aborto como "control de los derechos reproductivos de las mujeres".

Ginsburg fue una defensora de la igualdad porque ella vivió la discriminación en primera persona. Cuando se graduó en Derecho en la Universidad de Columbia, en Nueva York, en 1955, solo había nueve mujeres en una promoción de 500 licenciados. No logró encontrar trabajo en ningún bufete de la ciudad porque era mujer. Cinco años después, el profesor de Harvard Albert Sacks la propuso como asistente del juez del Supremo Felix Frankfurter, éste se negó a considerarla para el cargo porque era mujer. Ginsburg fue "la que abrió nuevos caminos", como la definió en febrero el abogado español Javier Cremades, fundador y presidente del bufete Cremades Calvo Sotelo, al darle en Washington el premio Mundial a la Paz y la Libertad que entregan conjuntamente la Asociación Mundial de Juristas y la Asociación Mundial del Derecho.

La filosofía de la vida de Ginsburg fue siempre la igualdad de derechos, sintetizada en una frase que anoche repetían notas escritas a mano entre las flores que yacían en las escalinatas del Supremo: "Las mujeres deben estar en todos los sitios donde se tomen decisiones". Otras explican su popularidad en ciertos sectores y el rechazo en otros, como cuando le preguntaron cuántas mujeres debería haber en el Supremo y respondió: "Nueve. Durante un montón de años ha habido nueve hombres, así que ¿por qué no nueve mujeres?" .

UNA ESTRELLA 'POP'
Ginsburg no era sólo una juez. Era RGB, por sus iniciales, igual que el cantante de U2 no es Paul Hewson, sino Bono. También era "la Notoria RBG", lo que la equiparaba al rapero "Notorio B.I.G.". Pósters, camisetas, tazas de café... la cara de Ginsburg está en todo tipo de parafernalia. Hay cómics sobre ella. Y una película. En cualquier evento, esa frágil octogenaria de voz débil y palabras claras, que en sus últimos años siempre necesitaba apoyarse en alguien para caminar, era acosada como una estrella de Hollywood por fans que se querían hacer 'selfies' con ella.

"Estás a menos de dos kilómetros de la casa de RBG, así que ponte la mascarilla, no sea que se ponga enferma", reza un cartel en la calle Columbia, esquina con la 19, en el barrio de Adams Morgan, en Washington. El 2 de octubre del año pasado, cuando todavía no se le había detectado el cáncer, la elite de Washington la saludó con una ovación espontánea de dos minutos cuando el multimillonario del 'private equity' y presidente del patronato del Centro Kennedy de las Artes Escénicas David Rubensten anunció inesperadamente que estaba entre el público en el acto de apertura de la temporada 2019-2020. Su colega del Supremo Samuel Alito apenas se llevó un educado aplauso de dos o tres segundos.

Pero el vacío que deja Ginsburg es, sobre todo, político. Su muerte transforma el control del Supremo en el campo de batalla, a falta exactamente de 45 días para las elecciones. Unas elecciones que este viernes comenzaron en realidad con la primera jornada en la que abrieron los colegios en cinco estados: Virginia, Wyoming, Dakota del Sur y Minnesota. Precisamente en Minnesota estaba Donald Trump dando un mitin cuando se anunció la muerte de Ginsburg. Un ejemplo de esa importancia: mientras los jóvenes se congregaban en el Supremo, el Comité de Acción Política -una organización que ayuda a las campañas electorales- Act Blue, vinculado al Partido Demócrata, recaudó 11,3 millones de dólares (9,5 millones de euros) para las elecciones al Senado en una hora y 48 minutos. En las 22 horas precedentes, no había llegado a los 100.000 euros. ¿La razón? El sucesor de Ginsburg debe ser propuesto por el presidente y confirmado por el Senado.

Y ahí entran las elecciones. En 2016, cuando falleció el conservador juez del Supremo Antonin Scalia -situado en las antípodas ideológicas de Ginsburg, a pesar de lo cual los dos eran grandes amigos e iban a la ópera al Kennedy juntos -, los republicanos del Senado se negaron a debatir sobre su sucesor, pese a que el presidente Barack Obama había nominado al moderado Merrick Garland. Los republicanos alegaron que no había tradición de nombrar jueces del Supremo en el último año de mandato de un presidente. Es una mentira gloriosa. Pero les funcionó. Desde entonces, Trump ha nombrado -y ha logrado la aprobación del Senado- a dos magistrados del Supremo: Neil Gorsuch, en sustitución de Alito, y Brett Kavanaugh, de Anthony Kennedy.

La cuestión es que, si se aplica el criterio de los republicanos en 2016, no se debería nombrar a un juez del Supremo. No es solo que éste sea año electoral, sino que solo faltan seis semanas para las elecciones. Pero aquí de lo que se trata es de conquistar el poder. No había pasado una hora desde el anuncio de la muerte de Ginsburg cuando el presidente del Senado, el republicano Mitch McConnell, anunció que espera nombrar un nuevo juez antes de que concluya el actual periodo de sesiones. En los próximos días, Donald Trump anunciará su candidato.

No está claro que todos los republicanos vayan a apoyar la idea de McConnell y Trump. Por de pronto, el centrista senador por Utah y candidato a la Casa Blanca en 2012, Mitt Romney, ya ha anunciado que se opone. Pero, para que el nominado de Trump no salga, deberían ser 4 de los 53 senadores republicanos los que se negaran a seguir el liderazgo de McConnell. Ésa es una cifra considerable. Y más teniendo en cuenta la tremenda popularidad de Trump entre las bases del partido. Si un republicano desafía al presidente, se expone a perder el apoyo de sus fieles.

Incluso aunque Trump y McConnell no lleguen a tiempo para nombrar a un candidato, el mero hecho de lanzar el debate puede movilizar a los votantes. La cuestión es que, evidentemente, también puede movilizar a la oposición demócrata. En 2016, el 21% de los estadounidenses dijeron que el nombramiento de jueces del Supremo era la principal razón que les había llevado a decidir su voto. En 2020, con la muerte de Ginsburg, el porcentaje va a ser mayor. Los comicios del 3 de noviembre no solo serán un referéndum sobre Donald Trump sino, también, sobre el legado de la "Notoria RGB", la juez que se convirtió en estrella sin haberlo pretendido nunca.