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Positivo balance de la cumbre del G20

Positivo balance de la cumbre del G20

Cuando tras la crisis financiera de 2008 dejó de ser un espacio de mera coordinación económica entre ministros de finanzas para convertirse en una instancia política que reunió a los jefes de Estado de las 19 mayores economías del planeta más la UE, el G20 despertó altas expectativas.

Aparecía como un espacio necesario y más representativo, acorde con el nuevo ordenamiento mundial. Diez años después, sin embargo, esa instancia ha perdido la relevancia que tuvo en sus inicios. Son las agendas personales y no los compromisos globales los que terminan motivando el actuar de los principales líderes mundiales en esos encuentros. Pero pese a ello, y al hecho de que había poca confianza de que la cita en Buenos Aires produjera algún resultado concreto, el balance final aparece más positivo de lo que se esperaba. No sólo fue un éxito para el presidente argentino Mauricio Macri, sino también ayudó a descomprimir la tensión generada por la escalada en la guerra comercial entre China y EE.UU.

El mandatario transandino confiaba que el evento lo ayudaría a presentar una Argentina dinámica, que dejaba atrás los años conflictivos del kirchnerismo para consolidar su regreso a la comunidad internacional. Pero en el último tiempo, el agravamiento de la crisis económica, por una parte, y el lamentable espectáculo exhibido en la fallida final de la Copa Libertadores encendieron las alertas sobre el resultado de la cumbre. Muchos temían hechos de violencia que empañaran la cita. Sin embargo, Mauricio Macri no sólo logró sortear con éxito esas amenazas, sino que además realizó activas gestiones para evitar otro de los temores que rondaban la cumbre: la incapacidad de los líderes mundiales de consensuar un documento final. No obstante, más allá de ello, el verdadero éxito de la cumbre no estuvo en el contenido de ese documento -que como es habitual, no pasa de ser una declaración de intenciones- ni en el desempeño del mandatario transandino, sino en la tregua de la guerra comercial alcanzada entre los presidentes de China y EE.UU. tras el fin del encuentro.

Pese a las escasas expectativas iniciales, Trump y Xi acordaron darse un plazo de 90 días para negociar los nuevos términos de la relación comercial, poniendo en pausa la escalada de los últimos meses. A cambio, Washington suspendió el alza de aranceles a las exportaciones chinas que comenzaba a regir el 1 de enero, a la espera de un acuerdo definitivo, y Beijing se comprometió a aumentar la compra de productos estadounidenses para reducir el desequilibrio comercial. Si bien hay dudas sobre las posibilidades reales de que China pueda cumplir, dentro de los próximos tres meses, algunos de los compromisos anunciados el fin de semana, el cambio de tono en las relaciones bilaterales entre ambas potencias despierta evidentemente un cauto optimismo, reflejado en la reacción de los mercados ayer. Washington y Beijing tienen por delante una compleja negociación, cuyos resultados son difíciles de prever y su éxito no está asegurado. Sin embargo, no cabe duda de que hoy se vislumbra un panorama futuro más alentador del que muchos preveían antes de la cita de Buenos Aires.

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