Por qué es importante la Antártida para Uruguay con miras al 2048

Por qué es importante la Antártida para Uruguay con miras al 2048

Tras una larga y azarosa historia, Uruguay logró mantener una presencia continua en el continente blanco e integra un exclusivo grupo de países que deciden sobre una región que no tiene fronteras ni dueños

A n de año y tras varias demoras, regresó al país una dotación de personal y cientícos que
habían viajado a la base antártica uruguaya en medio del protocolo sanitario más complejo de
la historia reciente en ese continente.

En setiembre, además, el Centro Universitario Regional del Este (CURE) fundó un espacio de
actividades antárticas desde el que se incentiva la investigación en el área y se ofrece
asistencia técnica al Programa Nacional Antártico. Estos hechos no son aislados sino que son
consecuencia de una política nacional sobre la única incursión extraterritorial de Uruguay.

Un futuro de minerales

Año tras año, Uruguay invierte dinero y recursos en ese continente que no pertenece a nadie y
sobre el que un exclusivo grupo de países puede decidir.
De la Antártida, por ahora, el país no saca un benecio económico, pero desde diciembre de
1984 mantiene una base abierta durante todo el año (solo se cerró durante un invierno en sus
primeros tiempos). Envía un barco y unos cuatro vuelos al año con equipos, alimentos,
personal cientíco, militar, políticos visitantes y periodistas. Miles de escolares tienen
videoconferencias con la dotación en la base y visitan el sector llamado “Viaje a la Antártida”
en el Espacio Ciencia del Latu, como forma de promover la actividad uruguaya en esa
inhóspita y remota zona del mundo.

“La motivación del país para mantener su presencia en el continente antártico tiene múltiples
facetas”, cuenta a Cromo el presidente del Instituto Antártico, contralmirante Manuel Burgos.
“Algunas de ellas son las que surgirán en el 2048, como negociar el acceso a recursos
minerales. Pero muchas, tal vez más importantes, son las que aparecen en el lapso que media
hasta ese momento”.

La fecha referida por Burgos, 2048, corresponde al vencimiento del Protocolo de Protección
del Medio Ambiente. Este acuerdo fue rmado por Uruguay como parte de los acuerdos a los
para participar del sistema del Tratado Antártico, que es el que regula la actividad en la región.
El protocolo fue consecuencia de una campaña de Greenpeace realizada entre 1987 y 1991, y
en su artículo 7 prohíbe cualquier actividad relativa a los recursos minerales que no sea
cientíca.

Recién en 2048 se revisará y, a partir de ahí, podría mantenerse, modicarse o caer. Las
visiones más optimistas arman que se mantendría, tal vez con alguna modicación.

“Hay petróleo, gas, cobre, posiblemente uranio, pero todo debajo de una capa de cuatro
kilómetros de hielo. Y como por ahora es muy difícil explotarlos, hay consenso en que eso se
mantendrá”, aclara el biólogo Álvaro Soutullo, ex director cientíco del Instituto Antártico e
integrante del espacio de actividades antárticas del CURE.

Un presente de biología y medio ambiente

El recurso antártico que se explota de forma industrial es la pesca, que también está regulada
por uno de los protocolos del Tratado. La merluza negra y el krill son dos de los principales
productos a los que podría acceder Uruguay si tuviera un barco preparado para trabajarlos y
procesarlos en altamar. Por ahora, solamente participa de la gestión y monitoreo de la
pesquería al integrar la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos
Antárticos

Soutullo menciona la explotación de recursos genéticos, como una posibilidad a raíz de la
investigación cientíca que generaría patentes de eventuales productos comercializables.

Por su parte, Burgos agrega que si bien se prohíbe la prospección mineral con nes
comerciales, se permite la biológica. “En los hechos se admite la posibilidad de patentar
microorganismos o procedimientos y realizar su publicación cientíca posterior. Uruguay tiene
una patente internacional en proceso ahora”.

Con respecto a los vínculos entre patentes y recursos pesqueros, la participación uruguaya es
más bien histórica a partir de las investigaciones realizadas por el doctor Bartolomé Grillo en
los 80, hechas en las primitivas instalaciones de la Base Artigas. Esos trabajos, relativos a los
efectos benécos del krill en la dieta de los pingüinos, llevaron a la producción nacional de
suplementos de Omega 3, aunque su consumo fue perdiendo impulso con los años y ya no se
lo asocia popularmente con Grillo ni con la Antártida.

El Tratado Antártico arma que se trata de un continente dedicado a la paz y a la ciencia. Se
prohíben maniobras militares y armas, a pesar de que muchas de las bases (la uruguaya y la
chilena entre otras) están bajo conducción militar. La ciencia es el gran paraguas que
armoniza la presencia pacíca y cooperación tanto de países que hicieron reclamos
territoriales como otros que no los hicieron.

El biólogo Juan Cristina, pro rector de la Udelar, integrante del Comité de Investigación
Cientíca Antártica, vincula la investigación y las patentes. “Hay que tener en cuenta la
importancia cientíca de estudiar ecosistemas únicos en el planeta”, arma. “Una vertiente de
esa oportunidad está en el descubrimiento y el patentamiento de microorganismos, como
algunas que ya tiene la Facultad de Ciencias. Hay, por ejemplo, un proyecto sobre formas de
protección ante la luz ultravioleta”. Agrega que otras investigaciones relativas a los cambios en
el clima y la oceanografía afectan el Atlántico sur. “Como nuestra región sudamericana es la
más afectada, esos cambios tienen que ver con el futuro de la pesca y los recursos marinos”.

La bióloga Ana Laura Machado está al frente de un proyecto relacionado al medio ambiente y
que se realiza en conjunto con institutos de España, Francia y Alemania. El objetivo es estudiar
cómo los pingüinos reejan el ecosistema marino y el impacto de la presencia humana. Hay
especies que se han reducido en un noventa por ciento y otra ha aumentado ochenta por
ciento en el área de islas en las que está la Base Artigas.

En este caso, el estudio consiste en colocar GPS para rastrear sus movimientos y monitorear
su alimentación y estado de salud. Los dispositivos son aportados por Francia y España
mientras que Uruguay facilita el acceso a la región y suma el trabajo de campo.

Por otro lado, el licenciado Carlos Serrentino, actual director cientíco del Instituto, hace una
acotación sobre esta clase de estudios: “Tenemos la mala percepción de considerar a la
Antártida lejana y poco interactiva con la realidad uruguaya. Está a 3.100 kilómetros de
Montevideo, menos distancia que el punto más alto de la hidrovía Parguay Paraná, o sea
Puerto Cáceres. La Antártida es una parte de la ecuación climática que debemos resolver”.

Otros dos elementos que se podrían explotar son el turismo y el agua, ya que la Antártida tiene
el ochenta por ciento del agua dulce del planeta. Esta segunda es regulada y protegida por el
protocolo ambiental y la primera solo es usufructuada con grandes limitaciones. De hecho,
Uruguay tuvo durante dos veranos un programa de turismo antártico que fue discontinuado.

La ciencia y su jerarquía
El acceso a la región es un tema no menor ya que de los 37 países que integran el Tratado,
solo 29 tienen bases establecidas allí. Una base establecida ofrece la posibilidad de una
actividad cientíca continua, requisito indispensable para permanecer en el Tratado. Hasta
hace algunos años se consideraba actividad cientíca incluso la medición de temperatura y el
simple conteo de aves, pero los requisitos y estándares para esto aumentaron.

En la base uruguaya, el laboratorio cientíco era poco más que un cuarto con una heladera
para conservar muestras. Esta realidad cambió en 2018 cuando se inauguraron tres
laboratorios y un depósito especíco para el trabajo de campo, gracias a la integración del
Ministerio de Vivienda al Instituto.

De acuerdo a datos que aporta el presidente del Instituto, el presupuesto nacional le otorga 51
millones de pesos al año, con lo que, entre otros rubros, se paga el combustible de los vuelos y
algunas compensaciones de salarios. “Eso no es el reejo de cuánto le cuesta a Uruguay el
esfuerzo antártico. Cuento, por ejemplo, con los salarios de los pilotos, que vienen por otro
sistema”, aclara.

Esa cifra tampoco abarca la investigación cientíca, aunque incluyen el mantenimiento del
espacio de laboratorio y la logística de traslado y alojamiento a los investigadores. Soutullo
aclara que el veinte por ciento de los cientícos nacionales han viajado en estos años a bases
y buques de otros países, aunque también Uruguay ha trasladado y alojado a cientícos
extranjeros en reciprocidad.

Por otro lado, Juan Cristina remarca que Uruguay no cuenta en ninguna institución con un
presupuesto dedicado especícamente a la ciencia antártica, sino que se nancian proyectos
de forma independiente. Pone por ejemplo el caso de Chile, que hasta el estallido de la
pandemia invertía US$ 5 millones al año solo en ese rubro.

El motivo menos visible

Hay una dimensión que parece ser mucho menos visible y, por lo tanto, menos relevante, que
es la política y la diplomática. Tal vez, su poca visibilidad se deba a que esa dimensión se
experimenta lejos de la Antártida. Sin embargo, para varios de los consultados, es la razón
decisiva para que Uruguay continúe invirtiendo dinero y trabajo en el continente.

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