Pedro Sánchez vende en EEUU que sus cesiones a Podemos serán mínimas

Pedro Sánchez vende en EEUU que sus cesiones a Podemos serán mínimas

Explica a los inversores que las reformas no alterarán los mercados laboral e inmobiliario

Los planes de transformación del Gobierno para la economía española no sólo dependen de la UE sino, en una proporción mucho mayor, del sector privado. Bruselas pondrá unos 140.000 millones de euros -entre ayudas directas y créditos-, pero el Ejecutivo quiere conseguir 600.000 millones más de inversores privados. Es decir, por cada euro de la UE, el sector privado deberá aportar más de cuatro. Si eso no sucede, la transformación económica que persigue Pedro Sánchez para combatir la crisis del Covid-19 no se logrará.

Pero la inversión privada viene con condiciones: seguridad jurídica, estabilidad política, y un sistema fiscal atractivo. Ésas fueron las ideas transmitidas por 12 grandes instituciones financieras estadounidenses en la reunión de dos horas que mantuvo Sánchez con ellas el miércoles. Los diez fondos y dos bancos -representados por sus números dos y por sus directores de inversiones- demostraron un conocimiento excelente de la realidad política y económica española, y preguntaron especialmente sobre la reforma laboral que el PSOE está negociando con sus socios de gobierno de Unidas Podemos y sobre la reforma del mercado de vivienda.

El examen fue exhaustivo, sector a sector y reforma a reforma, con preguntas del estilo de cómo puede afectar la reforma laboral al sector de la fabricación de automóviles en España. Hubo especial interés en saber más sobre cómo van a cambiar las políticas activas de empleo en España, es decir, los programas de formación de los parados.

Las respuestas del Ejecutivo español se centraron en afirmar que las reformas del mercado laboral y de la vivienda serán formuladas de una manera tal que acaben produciendo cambios muy poco significativos en ambos mercados. Es una respuesta que probablemente satisfaga a los inversores -aunque ninguno se comprometió a poner dinero en España-, pero que, también, deja sin despejar la tercera pregunta: la estabilidad política.

Eso es algo que el Gobierno admite que es imposible de garantizar. El único argumento del Ejecutivo es que, en este momento, pocos países occidentales son capaces de ofrecer una verdadera estabilidad política. En septiembre hay elecciones generales en Alemania; y en 2022, presidenciales en Francia y legislativas en Estados Unidos. En cuanto a Italia, la relativa estabilidad de Draghi podría saltar por los aires en cualquier momento.

El problema de ese argumento basado en la idea de "nosotros estamos mal, pero los demás también" es que, con la excepción de Italia, ninguno de los otros países corre el riesgo de verse abocado a una situación en la que, si hubiera elecciones, existe la posibilidad de que no saliera ningún gobierno viable. En este sentido, los grandes inversores sólo tienen como interlocutor a Sánchez y al PSOE, mientras ignoran absolutamente a Unidas Podemos. Igualmente, Wall Street demostró que está mucho menos nervioso en relación a la situación en Cataluña.

En otras cuestiones, Sánchez echó balones fuera. A ser interrogado acerca de la fiscalidad en España, situó el debate en el contexto europeo, con referencias a asuntos como el canon digital. El problema es que Wall Street sabe perfectamente que, con elecciones en Alemania este año y en Francia el que viene, cualquier acción sobre la ya de por sí espinosa reforma fiscal en la UE es políticamente inviable.

Los grandes inversores insisten en que les sobra el dinero. Pero es igualmente cierto que tampoco les faltan oportunidades de inversión en un momento en el que todas las economías del mundo están saliendo de la crisis del Covid-19. Así que no bastan los buenos deseos. Hay que poner en negro sobre blanco las propuestas y las condiciones. El Ejecutivo estima que mantienen una relación muy fluida con el gran capital internacional, pero la experiencia revela que esas percepciones pueden cambiar en cuestión de horas.

Eso es algo que España aprendió directamente durante la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero. En febrero de 2010, el entonces presidente estuvo en Washington, en el Desayuno de Oración que se celebra anualmente en esa ciudad, y prometió a los inversores una amplia panoplia de reformas económicas justo el mismo día en el que la Bolsa española empezó desplomarse como consecuencia de la crisis del euro.

Las palabras de Zapatero causaron una impresión extraordinariamente buena entre las empresas de la Cámara de Comercio -el equivalente, salvando las distancias, de CEOE en Estados Unidos- que asistieron a su conferencia. Pero la Bolsa siguió cayendo, la prima de riesgo disparándose, las cajas de ahorros en quiebra, y el paro en dos dígitos. Que los grandes inversores aplaudan no significa que pongan dinero. Para eso, necesitan hechos. Ese es el gran examen que afrontará España en la salida de la crisis.

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