Netanyahu, perseguido por los escándalos de corrupción, busca oxígeno en los brazos de Trump

Netanyahu, perseguido por los escándalos de corrupción, busca oxígeno en los brazos de Trump

05/03/18 - 15:37 - El primer ministro israelí presiona al presidente de EE UU para que ponga fin al pacto nuclear con Irán

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, encontró este lunes en Washington la tierra prometida. Vapuleado en Israel por las acusaciones de corrupción, la Casa Blanca le ha recibido con los brazos abiertos y le va a permitir sentirse, otra vez, como el estadista que en su país no reconocen. Con Trump, el mandatario israelí no va a tratar solo sobre uno de sus más sonados éxitos, el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, sino que intentará reforzar el frente anti-iraní y que Washington ponga fin al pacto nuclear. “Vamos a tratar sobre Irán, sobre sus aspiraciones nucleares y sus acciones agresivas en Oriente Próximo”, afirmó Netanyahu.

El primer ministro israelí es un líder erosionado. Después de 13 años acumulados en el poder, su sueño de alcanzar la estatura histórica de David Ben Gurion, el fundador del Estado de Israel, parece cada vez más lejano. Los escándalos de corrupción le persiguen, la policía ha recomendado al fiscal general imputarle por soborno y fraude, y el mismo viernes fue interrogado cinco horas.

Político forjado en las condiciones extremas del ecosistema israelí, su capacidad de resistencia ante este embate aún es grande, pero las flechas no dejan de multiplicarse. Favores gubernamentales a cambio de suntuosos regalos, tráfico de influencias, coberturas mediáticas bajo cohecho… hasta su esposa ha sido acusada de cargar al Estado más de 100.000 euros en comidas servidas por los mejores restaurantes de Jerusalén.

Bajo este cerco, Netanyahu ha buscado un respiro momentáneo en el país que mejor le trata. Trump le escucha y le respeta, y ha materializado uno de sus mayores sueños: el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. Un paso diplomático de alto voltaje que Netanyahu ha querido completar con una petición personal al presidente para que acuda a la inauguración de la embajada el próximo 14 de mayo. Un golpe de efecto que, coincidiendo con el aniversario de la independencia de Israel, le daría nuevos bríos a Netanyahu.

Esta excepcional sintonía tiene múltiples raíces. No es solo que ambos se consideren injustamente perseguidos o que vivan la química de los odios compartidos. El presidente, descrito por quienes le han tratado como un ser básicamente transaccional, busca el apoyo de la poderosa comunidad proisraelí de Estados Unidos. Son fondos para la campaña y una influencia que, en un candidato que ganó los comicios con menos votos que su rival, se tornan esenciales para una posible reelección.

Desde esta posición, Trump ha mantenido una clarísima estrategia proisraelí. Ha abandonado la doctrina de los dos Estados, ha recortado fondos a los palestinos y ha nombrado como enviado especial a Oriente Próximo a su yerno, Jared Kushner, un judío ortodoxo, cuyo padre es amigo íntimo y financiador de Netanyahu.

La cuestión iraní no ha escapado a esta luna de miel. Trump ha manifestado tantas veces como ha podido su deseo de acabar con el pacto nuclear que suscribió Barack Obama en 2015 y en el que participaron China, Rusia, Reino Unido, Francia y Alemania. La presión de sus colaboradores, especialmente del secretario de Defensa, Jim Mattis, y del secretario de Estado, Rex Tillerson, le ha frenado de hacerlo. Pero en su narrativa no ha dejado nunca de execrar a Teherán, al que considera un vector de inestabilidad, un peligro zonal que igual apoya a organizaciones terroristas como Hamás o Hezbolá que participa en las matanzas del régimen sirio.

Para frenar a Irán, Trump quiere imponer nuevas cláusulas al acuerdo que limiten aún más su capacidad de desarrollar una bomba atómica y que impidan cualquier avance balístico de calado. En caso de no conseguirlo, ha amenazado con romper unilateralmente el pacto si no recibe apoyo de sus socios occidentales. El plazo para tomar una decisión vence en abril y Netanyahu no ha querido dejar pasar la ocasión de presionar a favor de la ruptura.

El líder del Likud mantiene un discurso simétrico a Trump. Irán, a sus ojos, representa el gran peligro, el enemigo que solo desea la aniquilación de Israel y que firmó el acuerdo con la sola intención de librarse de la carga económica de las sanciones.

Son muchas las coincidencias entre Trump y Netanyahu. Pueden ser amistad, interés o ambas cosas. Pero el resultado de esta alquimia salta a la vista. En su peor momento, el primer ministro ha corrido a visitar al presidente de Estados Unidos para recibir el trato de estadista que tanto desea y que en su tierra le niegan. A cambio de este balón de oxígeno, Netanyahu está dispuesto a multiplicar su apoyo al republicano y mostrarlo públicamente.

El motivo fáctico de su visita a Washington es su asistencia a la reunión del Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelíes (AIPAC, en sus siglas en inglés), un vertebrador clave de las relaciones entre ambos estados. El año pasado participó con un vídeo, ahora ha querido enfatizar la buena marcha del vínculo con su presencia. Un gesto al que Trump ha correspondido abriendo la Casa Blanca y enviando a los actos a su vicepresidente, Mike Pence, y la embajadora ante la ONU, Nikki Haley.

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