Masacres en Colombia, la otra pandemia

Masacres en Colombia, la otra pandemia

El año pasado fueron 91 las masacres: en total, quitaron la vida a 381 personas, lo que supone una media de cuatro muertos en cada una. En lo que va de 2021, Colombia ya registra otras cinco

La última masacre en Colombia ocurrió en un jacuzzi. La cámara del dron de la Fiscalía, que sobrevoló el chalet donde cometieron la carnicería, muestra el agua teñida de rojo. Siete jovencitos se divertían en la casa de un amigo, situada en una zona campestre, cuando irrumpió un grupo de pistoleros. Comenzaron a disparar, mataron a cuatro e hirieron a dos más. Uno falleció dos días más tarde en el hospital. Todos tenían entre 17 y 18 años y la mayoría habían sido compañeros de colegio.

En un primer momento, las autoridades hablaron de un fallido intento de secuestro del hijo del dueño del chalet. Autoridades locales y amigos de las familias de las víctimas aseguraron que los padres de los fallecidos son personas reconocidas, sin tacha, pero una alta fuente de la policía le dijo a EL MUNDO que les está investigando a todos, no pueden descartar ninguna hipótesis.

La matanza sucedió en la madrugada del pasado sábado 23, a una media hora de Buga, próspero municipio del departamento del Valle del Cauca. Y aunque no hay claridad sobre la autoría y sobre si pueden estar involucrados las disidencias de las FARC, el ELN o bandas mafiosas que operan en la región, la JEP (Justicia Especial para la Paz), en un comunicado emitido el martes sobre hechos delictivos de guerrillas y herederos de los paramilitares, la contabiliza como una masacre más y la suma a las otras cinco registradas en lo que va de 2021. "Ha sido el inicio de año más violento en términos de masacres, enfrentamientos armados y amenazas de muerte a líderes sociales, desde la firma del Acuerdo de Paz (2016)", afirma la JEP.

CASI 400 MUERTOS EN UN AÑO
El año pasado fueron 91 las masacres, según la Fundación Ideas para la Paz. La lista la encabezó Antoquia con 21; le siguió Cauca con 14, Nariño con 9 y luego aparecen otros 20 departamentos con cifras bajas. En total, quitaron la vida a 381 personas, lo que supone una media de cuatro muertos en cada una.

Cabe anotar que diferentes entidades consideran "masacre" cuando los asesinos causan el "homicidio intencional o simultáneo de tres o más personas". Y aunque la denominación parezca una cuestión intrascendente, la reciente decisión del Gobierno de Iván Duque de sustituir esa palabra por "homicidio colectivo" generó controversia. Sus opositores le acusaron de pretender encubrir con eufemismos su fracaso para detenerlas.

Tampoco hay consenso sobre el motivo de las masacres, que la oposición utiliza como arma arrojadiza contra el Gobierno. Estiman que obedecen a su falta de voluntad para desarrollar los acuerdos con las FARC, sellados en 2016 por el Ejecutivo anterior. Duque responde que el proceso de paz permitió la expansión como nunca antes del narcotráfico, principal alimento de las bandas criminales, y que su Administración recibió programas sociales para ex guerrilleros que sólo figuraban en el papel; ni habían arrancado ni tenían presupuesto para financiarlos.

DISPUTAS DEL CRIMEN ORGANIZADO
Para Gustavo Duncan, reputado analista del conflicto armado colombiano, no son comparables las matanzas de los años recientes con las que cometían las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia) y las viejas FARC en los años del apogeo de su barbarie. "Antes mataban en una sola masacre a treinta y tantas, a cuarenta, a cincuenta personas. Eran mucho peores", le dice a EL MUNDO. "Ahora, aunque sea terrible, a los que están en una fiesta".

A su juicio, el Gobierno Duque en parte tiene razón: "Santos no cumplió con la parte social, dejó que creciera la producción de coca y no tenía un Plan B. Pero ahora esas muertes no tienen que ver con el proceso de paz como tal". Señala en la raíz del problema al crimen organizado, "que se disputa el narcotráfico y el poder local en las zonas más periféricas. Pero hay una deficiencia del Gobierno actual, no tiene una política clara de la nueva realidad y no ha cambiado la naturaleza operativa de las Fuerzas Militares".

AUGE DEL CONSUMO DE DROGAS
A la guerra territorial que protagonizan el ELN, las dos nuevas FARC-EP, los Caparros, Gaitanistas, EPL, entre otros, que a veces actúan solos y en ocasiones establecen alianzas con antiguos enemigos, cabe añadir la urbana que libran tanto los grupos citados como bandas locales por el control del microtráfico (expendios de drogas en pueblos y ciudades). Cada día adquieren mayor relevancia dado el creciente consumo de estupefacientes en el país y las jugosas ganancias que dejan.

"La radiografía que vemos es que no existe un patrón en las masacres", indica a este diario Juan Carlos Garzón, Director Temático de la Fundación Ideas para la Paz. "Antes tenían autorías claras y al cometerlas enviaban un mensaje (de terror) que las poblaciones recocían. Ahora no siempre es evidente quién y qué hay detrás, los grupos están fragmentados y ya no estamos hablando de una violencia estratégica. Todos quieren tener el poder y se enzarzan en disputas permanentes, pero sin la disciplina y cohesión necesaria para que la violencia tenga un orden, un propósito claro. Y hay cambios constantes en los mandos, por lo que son liderazgos débiles, sin la capacidad de imponer disciplina en el grupo".

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