Lula, entre la bonanza y la corrupción

Lula, entre la bonanza y la corrupción

Pendiente de la justicia que podría impedirle volver a presentarse, el expresidente inicia la precampaña

La caravana preelectoral de Luiz Inácio Lula da Silva llegó a Río de Janeiro hace unos días tras recorrer los últimos feudos de la desgastada izquierda brasileña en el noreste rural. Lula hizo su primera parada en Itaborai, para un mitin celebrado en medio de las obras inacabadas de una megarrefinería de la gigante petrolera Petrobras.

La construcción del complejo petrolífero de Río de Janeiro, conocida como Comperj, permanece paralizada desde hace cuatro años debido a la crisis de endeudamiento de la compañía semiestatal y la investigación de los jueces del caso Lava Jato (lavacoches) sobre una red de sobornos cobrados a empresas constructoras a cambio de adjudicarles obras, muchas de ellas en el sector de los hidrocarburos. La visita de Lula a la refinería pone de ­manifiesto la fuerza y, al mismo tiempo, la extrema debilidad de la campaña que ha lanzado el expresidente a diez meses de las elecciones presidenciales del 2018.

“Cuando llegó Lava Jato todo se paralizó y todo perdió valor”, recuerda en declaraciones a La Vanguardia Sérgio Gabrielli

Para el amargado votante brasileño cuyo poder adquisitivo ha caído en picado en los últimos años, Comperj es un símbolo de aquellos tiempos de bonanza petrolera durante los dos mandatos de Lula (2003-2011), cuando la economía crecía robustamente, creaba 16 millones de empleos netos y el gobierno del Partido del Trabajo sacó a 30 millones de personas de la pobreza.

El descubrimiento de las gigantescas reservas petrolíferas Presal, que se hallan en el Atlántico por debajo de una capa de sal a 2.000 metros de profundidad, convirtió a Brasil en un favorito de inversores y medios de comunicación globales: “¡Dios es brasileño!”, anunció Lula en referencia al hallazgo. Para el estado de Río de Janeiro, muy dependiente de los impuestos sobre la explotación petrolera, nombrado país anfitrión del Mundial y los Juegos, todo parecía ir sobre ruedas. Petrobras efectuó gigantescas inversiones –llegaron a 46.000 millones de dólares en el 2011– en infraestructura para poder sacar el petróleo y refinarlo. Convertida en la petrolera predilecta de los bancos y los mercados internacionales, la compañía acumuló la deuda más grande de la historia para una cotizada.

Para la construcción de Comperj, Petrobras invirtió 13.000 millones de dólares, y más de 10.000 personas encontraron empleo en la construcción del megacomplejo petroquímico, en una zona de Río muy deprimida. Pero la crisis económica, el colapso del precio del petróleo y la operación anticorrupción en Petrobras lo pararon todo. “Cuando llegó Lava Jato todo se paralizó y todo perdió valor”, recuerda en declaraciones a La Vanguardia Sérgio Gabrielli, ex consejero delegado de Petrobras que ayudó a Lula a colocar la primer piedra de Comperj en el 2006. Privado de sus ingresos petroleros, el estado de Río quebró.

Ahora, Comperj sólo podrá seguir adelante mediante un acuerdo con dos empresas chinas, Shandong Kerui y CNPC, que forman parte de una oleada de inversiones de ese país –más de 9.000 millones de euros en un año– en activos brasileños vendidos a precios atractivos por la crisis y la caída del real. Lula se opone a estas ventas. “Cuando ideamos Comperj, visualizamos una refinería en colaboración con el sector petroquímico en una región muy necesitada”, dijo en su mitin en Itaborai. Ahora “está siendo entregado a los chinos”, añadió.

En busca de inversión extranjera, el presidente Michel Temer ha eliminado el requisito de que Petrobras sea la principal operadora en la explotación de las lucrativas reservas de petróleo Presal y ha condonado impuestos por más de 300 millones de euros para empresas como Total, Shell, la china Cnooc y Repsol. “Las compañías más ricas del mundo van a explotar el Presal con subsidio del Estado”, advierte el analista André Trigueiro. El ministro de Energía Fernando Coelho Filho reconoció en octubre que la privatización definitiva de Petrobras “puede ocurrir”. “Están aplicando la política de Jack el Destripador”, ironiza Sérgio Gabrielli.

Lula parece estar bien posicionado para cosechar los votos de la mayoría de los brasileños que recuerdan los años de vacas gordas y, según los sondeos, se oponen a la privatización de una empresa que antes se consideraba la joya del Estado brasileño.

Pero Comperj es también la prueba innegable de la cultura de corrupción que reinaba en Petrobras durante esos años y que ha salpicado a Lula. Se sabe ya que la constructora Andrade Gutierrez sobrefacturó por la obra de Comperj con el fin de pagar sobornos de millones de euros a diversos políticos. El conglomerado industrial Odebrecht, que se hizo con el monopolio de la instalación petroquímica, es el epicentro del megaescándalo de corrupción que ya se extiende por toda América Latina.

En el caso de Comperj, el beneficiario principal era el entonces gobernador del estado de Río, Sérgio Cabral Filho, ahora encarcelado. El juez principal del caso Lava Jato, Sérgio Moro, concluyó que la constructora de la refinería había pagado sobornos superiores a los 100 millones de reales a Cabral, miembro del partido del actual presidente Michel Temer, por su apoyo en la adjudicación de la obra.

Aunque Lula no estuvo directamente involucrado en este escándalo, las fotos del expresidente con Cabral en la inauguración de la planta petrolífera confirman la idea de que los tiempos de bonanza lulista fueron también tiempos de despilfarro y de corrupción endémica.

¿Qué cara de la refinería en Itaborai resultará decisiva para la candidatura de Lula? ¿El proyecto estratégico que creó empleo y fue orgullo nacional, o el símbolo de la corrupción? La respuesta depende del votante. En varias entrevistas con brasileños de baja renta, los recuerdos de la buena coyuntura económica y los programas sociales de Lula parecen más decisivos que las acusaciones de corrupción. “Si Lula es candidato, yo creo que ganará, porque hizo mucho por los pobres“, dijo Teresinha, dueña de un bar en un pueblo remoto del interior de Minas Gerãis. Lula cuenta con el 30% de la intención de voto en los sondeos frente al 18% del candidato de ultraderecha Jair Bolsonaro.

Sin embargo, es probable que la entrada de Geraldo Alckmin, actual gobernador de São Paulo, como nuevo candidato del principal partido de la oposición, empiece a cerrar esa brecha. Para un amplio segmento del electorado en las grandes ciudades, Lula es el máximo responsable de la corrupción. Alckmin –que apoya la privatización parcial de Petrobras– acusó a Lula de ser un ladrón que “vuelve a la escena del crimen”, tras la visita del expresidente a Itaborai la semana pasada.

Dicho todo esto, es más que posible que Lula ni tan siquiera pueda presentarse. El juez Sergio Moro ya ha inculpado al expresidente por beneficiarse de reformas en un apartamento de playa cerca de São Paulo realizadas por la constructora OAS a cambio de adjudicar contratos a Petrobras. Si un tribunal en Porto Alegre rechaza el recurso de los abogados de Lula, el expresidente tendrá que retirarse de las elecciones. Lula y sus abogados han denunciado el fallo de Moro como un caso de lawfare, en el cual se utiliza un poder judicial para lograr fines políticos. La decisión –de repercusiones sísmicas para la democracia brasileña– se dará a conocer el próximo 24 de enero.

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