Los Donald Trump de África

Los Donald Trump de África

Diez países africanos celebran comicios en los próximos cinco meses y en nueve de ellos los presidentes aspirar a mantenerse en el poder.

Guinea dio ayer el pistoletazo de salida. Las elecciones presidenciales en el pequeño país del oeste africano, emborronadas por la violencia preelectoral y el temor al pucherazo, marcan el punto de partida de una intensa temporada de urnas en el continente. Mientras la atención del planeta gira alrededor de la disputa Biden-Trump, el continente africano pone a prueba su músculo demo-crático en tan solo cinco meses. Además de Guinea otros nueve países africanos, de un total de 55, celebran comicios presidenciales. En todos los casos menos uno, el presidente en el cargo aspira a lo mismo que Donald Trump: la reelección.

Tras Guinea, también en este mes de octubre celebrarán elecciones Tanzania y Costa de Marfil y más tarde llegará el turno de Benín, Burkina Faso, Níger, Uganda, República Centroafricana, Ghana o las Seychelles. Solo en el caso nigerino el presidente no aspira a continuar su mandato.

La maratón de comicios determinará la actual salud democrática del continente. Aunque el golpe de estado de Mali en agosto pueda llevar al engaño, el tsunami de coup d’état africanos de las décadas de los 70 y 80 quedó atrás y el sur del Sáhara ha visto en el último lustro más de 30 transiciones pacíficas, además de revoluciones sociales para enfrentarse a regímenes autoritarios en Sudan, Gambia o Burkina Faso. Pero el ansia de poder ha sabido adaptarse desde dentro: en los últimos años varios gobiernos han modificado las reglas para conservar el mando, ya sea manipulando las cortes, alterando los criterios para presentarse a las elecciones y cerrar el paso a rivales o cambiado la Constitución. La treta funciona. En los últimos quince años, 13 países africanos han obviado o ignorado la limitación en el número de mandatos.

Guinea, que vivió ayer una jornada electoral convulsa tras una campaña que deja 200 muertos según la oposición —50 según Amnistía Internacional—, es un caso modelo de este nuevo escenario. Alpha Condé, de 82 años, aspira a ser reelegido en un tercer mandato aunque la Constitución establece un máximo de dos, después de un cambio de las reglas: modificó la Constitución mediante un referéndum boicoteado por la oposición, hizo oídos sordos a las protestas y estableció que tras el cambio de la Carta Magna su contador de mandatos se ponía
a cero.

Guinea votó ayer en un clima enrarecido: Condé, de 82 años, aspira a otro mandato pese a la Constitución

Más allá de la desfachatez antidemocrática de Condé, quien ha cortado internet, cerrado fronteras, alentado el odio étnico y recortado el censo a su antojo, hay un elemento que ayuda a entender el comportamiento de los líderes africanos que se resisten a ceder el trono: la sensación de impunidad. Durante la campaña, el líder del principal partido opositor guineano, Cellou Diallo, subrayó la negligencia europea y criticó a una administración Trump “menos exigente en materia de democracia y derechos humanos”. En un artículo en The Continent , el político denunciaba el impacto democrático de esa desidia internacional: “En un mundo preocupado hoy por una pandemia global y con un retroceso democrático por todo el planeta, difícilmente los sucesos en nuestro pequeño país causen alarma. Aquellos que nos han gobernado en Guinea, a menudo violenta e impunemente, se han hecho fuertes gracias esa falta de supervisión. Se han envalentonado en la oscuridad”.

El tibio comunicado de Estados Unidos de hace diez días, titulado genéricamente “Próximas elecciones en África”, donde el secretario de estado estadounidense, Michel Pompeo, advertía que “la represión y la intimidación no tienen sitio en las democracias”, ahonda en esa sensación. El texto de apenas dos párrafos, lleno de generalidades y sin citar a ningún país, está en la línea del desdén de Trump, quien en 2018 calificó de shitholes (agujeros de mierda) a algunos países africanos.

En su análisis de las elecciones guineanas para el Africa Risk Consulting, el camerunés Mbulle Nziege Leonard, quien preveía una victoria disputada de Condé que derivarían en protestas, ponía el acento en otro aspecto determinante: la entrada de nuevos actores ha modificado los equilibrios del tablero africano. “La influencia de los donantes occidentales —señaló— ha disminuido durante la presidencia de Condé. Con China, Rusia, Turquía y los estados del Golfo convirtiéndose en actores políticos y económicos cada vez más importantes, es poco probable que Condé se vea presionar para cambiar su forma de actuar”.

Aunque Mbulle Nziege se refería a Guinea, sus palabras sirven para otros países africanos.

Costa de Marfil y Tanzania celebran comicios en días con sus líderes avivando la confrontación

Costa de Marfil se dirige a un polvorín similar o peor en las elecciones del 31 de octubre. Pese a que había anunciado su retirada, el presidente marfileño Alassane Ouattara, de 78 años, se desdijo después del súbito fallecimiento de su delfín y anunció que haciendo un “verdadero sacrificio” se presentará a la reelección pese a la limitación de dos mandatos en la Constitución. El truco suena familiar: una enmienda constitucional hizo desaparecer sus dos primeros mandatos e impidió que se pudieran presentar sus principales rivales, el ex presidente Laurent Gbagbo y el ex primer ministro Guillaume Soro. Esta semana, en un clima irrespirable en las calles, los dos principales opositores en liza llamaron al boicot de las elecciones.

Si en Tanzania, que celebra comicios el 28 de este mes, el partido en el poder ha usado una táctica antigua para acallar a su rival –emplear la maquinaria estatal a su favor, control de medios y poner trabas a la campaña opositora—, en Uganda también se han modificado las reglas: ante la limitación constitucional de 75 años como máximo para presentarse a unas elecciones, el presidente Yoweri Museveni, de 76 años y en el poder desde 1986, cambió la Constitución. Ahora ya no hay límite de edad.

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