Las horas más bajas de Angela Merkel en Bruselas

Las horas más bajas de Angela Merkel en Bruselas

14:25 - El Consejo Europeo de esta semana en Bruselas ha sido uno de los más broncos y "emocionales" de los últimos años.

El protagonismo no fue para una negociación política, como la del Brexit, o económica, como la de los fondos europeos. Ni se trataba de elegir a líderes institucionales, como en julio de 2019. Ni de coordinar medidas sanitarias o fronterizas frente al Covid, que ha sido el tema principal desde marzo del año pasado. Los ojos no estaban tampoco en el documento de conclusiones, en un acuerdo escrito, si se esperaba un veto o un bloqueo. Y aun así hubo intervenciones muy personales, reproches de los más duros que se han visto en lustros en la UE, invitaciones a dejar la Unión y cuchillos volando de espalda a espalda.

Una de las razones es Viktor Orban, el primer ministro húngaro y antihéroe de esta Unión Europea desde hace varios años. La otra, la canciller Angela Merkel, la figura más importante de las últimas décadas en el continente y el centro neurálgico de todas las cumbres, pero que está en sus últimos compases, en las horas más bajas, y que este viernes quizás ocupó una silla en la sala principal del edificio Europa por última vez.

Alemania celebra elecciones en septiembre, y aunque ahora mismo parece muy complicado que haya nuevo Gobierno en Berlín enseguida (da igual de qué colores), es posible que Merkel haya dicho adiós por la puerta de atrás. Se verá con sus colegas después de verano en Eslovenia, y casi todo el mundo asume que volverá en funciones en octubre también, pero algo ha cambiado, y no precisamente para bien. Esta última Cumbre ha tenido a Merkel de protagonista, pero por las razones 'equivocadas', por todo lo contrario que ha caracterizado su larguísimo mandato. Ha sido una reunión tensa, desorganizada, llena de sorpresas de última hora precisamente por culpa de Merkel. Y su equipo ha tenido en la última semana choques de una manera u otra con los países bálticos, Polonia, Italia, España y Portugal e incluso Grecia. Cada uno, por una cuestión diferente.

A los presidentes norteamericanos se les califica como 'patos cojos' en cuanto logran la reelección. Tienen todavía cuatro años por delante, pero serán los últimos, y eso tiene repercusiones inmediatas y enormes. Merkel está apurando su legislatura y sabe que una parte muy relevante de lo que ha ocurrido en los últimos 12 meses a su alrededor ha sido un desastre. Primero, su salud, con una serie temblores en público que dieron mucho que hablar. Después, su partido escogió una sucesora, Annegret Kramp-Karrenbauer, pero poco después ella dio un paso atrás muy extraño. La elección del siguiente candidato fue sucia, con nombres que no satisfacían a nadie, y cuando parecía claro quién tomaría el mando del partido (y con ello, probablemente, de la Cancillería) se organizó una rebelión interna más que a punto estuvo de aupar a un bávaro ambicioso y rebelde. Además, Merkel cometió errores sin precedentes en la gestión de la pandemia, ordenando medidas y retirándolas dos días después entre disculpas. Ese liderazgo errático (que sin embargo no interfirió en el diseño del plan de recuperación europeo y en una Presidencia temporal de la UE más que eficiente) ha hecho sonar alarmas en Berlín, pero también en Bruselas. Y ha animado a críticos en lugares tan distantes como Washington, Pekín o Moscú.

Europa queda huérfana. Se va la líder principal, por carisma, por auctorita, por potestas y por el 'método' que ha ido perfilando durante 15 años. Una forma de gestionar egos e intereses, influencias y prioridades. De adormecer temas que resultan incómodos (como la Unión Bancaria) pero acelerar los que considera cuestión de vida o muerte, como la emisión conjunta de deuda que permitirá financiar los planes de recuperación.

De Merkel dicen en Bruselas que siempre hace lo correcto, después de haber intentado antes todo lo demás. La crisis política por la llegada de migrantes es uno de los ejemplos más citados. Y ahora, sin ella y con las dudas de qué pasará en las elecciones de abril en París, las dudas son enormes. Armin Laschet no gusta, no convence, es una figura gris y sin atractivo alguno, y si 2021 será un año perdido por las elecciones y la espera sobre qué coalición saldrá de las urnas en Berlín, no está claro que 2022 no vaya a ser igual.

La Cumbre de esta semana ha puesto de manifiesto tres de los principales problemas sobre la mesa. El primero, el liderazgo y la visión a largo plazo. Merkel, poco de improvisar y mucho de esperar, descolocó a todo el mundo el miércoles cuando su embajador pidió cambiar las conclusiones de la reunión para incluir una idea bomba: recuperar las cumbres europeas al máximo nivel con Putin. Tras años de choques, amenazas, agresiones, represalias y sanciones, poco después del caso Navalny y la gran bronca por el viaje fallido de Josep Borrell a Moscú, Alemania y Francia quieren un cambio de estrategia y seguir los pasos de Joe Biden. Si EEUU se entiende con su principal rival, sostienen, la UE no puede esconderse detrás de sanciones económicas y tiene que hacer lo mismo, discutir en persona los temas más preocupantes.

La noticia descolocó a casi todos e indignó a Bálticos o polacos, que no ven razón alguna para tender la mano a Putin sin que haya hecho absolutamente nada para merecerlo. En el Kremlin se están frotando las manos ante la enésima pelea, cambio de idea, giro copernicano de la política exterior. Pero sobre todo ante la división entre los 27: ni los encierros, ni los envenenamientos, ni las invasiones parecen ser causa suficiente para una posición firme y constante. Su jugada no salió del todo bien y el acuerdo entre todos los socios no llegó donde aspira al eje franco-alemán.

El segundo problema está vinculado a esta última idea. Merkel, normalmente cauta y experta en evitar combatir en varios frentes a la vez, tuvo piques o roces con demasiados colegas a la vez. Bálticos aparte, recriminó en la previa y en la reunión a países como España y Portugal (que además ha presidido la UE este semestre) que hayan abierto la puerta a los turistas británicos a pesar de las últimas variantes contagiosas de Covid. Cree que es un error, peligroso y que la apuesta por la movilidad saldrá mal. Además, se las ha visto con Mario Draghi, pues Berlín no quiere ni oír hablar del tema migratorio que tanto obsesiona en Roma. Una cosa es la dimensión exterior, dar dinero a socios mediterráneos para que frenen flujos, y otra lo que pide Draghi, ayuda para reubicar a los que van llegando. En año de elecciones, y tras el mazazo electoral de 2016 y 2017, Alemania no quiere ni que se mencione en voz alta. Lo que indigna en el sur.

Por si fuera poco, y precisamente a tres meses de las elecciones. Merkel ha conseguido, a través de la Comisión Europea (presidida por una alemana) un plan para dar hasta 3.500 millones de euros a Turquía hasta 2024, para disgusto griego y chipriota, como pago por la gestión de los flujos y, al final, por repatriaciones en caliente. Cualquier cosa para suavizar las relaciones con Erdogan, pues la comunidad turca es una de las más importantes en Alemania y no quiere movimiento. Pero en Atenas y Nicosia llevan tiempo sintiéndose traicionados, con niveles de crítica y rabia superiores incluso a los registrados en 2014 o 2015, durante los años duros de Syriza y el rescate heleno.

Esa no es la Merkel de siempre, y eso lleva al tercer punto: el vacío de poder con su marcha. La canciller es la más veterana del Consejo Europeo, pero detrás vienen el holandés Mark Rutte y el húngaro Viktor Orban. Uno encabeza la defensa liberal de la UE como comunidad de valores. Es el más ortodoxo o frugal en temas económicos, nada empático a menudo, pero también el más claro cuando se trata de decir las cosas a Putin, a Erdogan o al húngaro, al que el jueves invitó a irse de la UE si tan insoportables le parecen sus principios. Orban, cabecilla iliberal, encabeza la visión opuesta. Y con Merkel saliendo no dudan en chocar una y otra vez, tratando de dar forma a una UE en fase de transformación y sin destino claro. Merkel lideró, pero no deja más unión, mejores métodos, confianza entre socios.

Su modelo ha funcionado a veces, o a menudo, pero por su personalidad, su influencia y su presencia. El uso de las instituciones, el saber colocar a piezas y asesores muy próximos en puestos clave de todo Bruselas. El dominio de las reuniones de embajadores y los consejos de ministros, además de la hiperpresencia germana en la Eurocámara. Por no hablar del golpe final colocando a su ministra de Defensa al frente de la Comisión. Sin ella no hay ninguna garantía de que la casa se mantenga igual y es posible que las vías de agua se multipliquen enseguida. Caída la emperatriz, todos quieren ser reyes.

Es improbable que estas semanas o meses empañen un legado tan importante, pero en los próximos meses y años la figura de Merkel va a ser muy cuestionada. En política se reprocha siempre el pasado y se critica el presente, y aunque todos miran constantemente al futuro, éste rara vez se mide más que en días o semanas. Sin ella no se entiende Europa, no se pueden comprender muchos avances y hasta sus críticos más duros dentro de la sala reconocen el peso de su figura y su talento. Las decisiones finales con los refugiados o apostando por la vacunación a nivel europeo son de una talla casi única. Pero la columna de temas pendientes es cada vez más larga.

Merkel siempre ha sido muy criticada, odiada en determinadas latitudes, pero nunca le afectó. Tenía una idea, una muy clara de qué es Europa, qué puede ser y la mejor forma de aproximarse a ese diseño, algo que casi ningún político relevante de los últimos 50 años puede decir. Y fue a por ello. Todo lo que no dudó entonces lo ha hecho ahora, con Pekín, con Moscú, con Budapest, con sus socios.

La crisis política es fuerte, la económica sigue abierta, la Eurozona no se ha completado como se prometió y la cuestión de asilo y refugio y los problemas identitarios llevan un lustro enquistados. Merkel aceleró durante su Presidencia de 2020 para cerrar todo lo que pudo, logró un acuerdo sin precedentes que quizás en dos décadas sea visto como el embrión de una Unión mucho más ambiciosa, pero deja muchísimas sombras. Y si ésta ha sido su última cumbre, el sabor final va a ser bastante amargo. Para ella y para todos los demás.

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