La UE, Rusia y China ven frustrado su plan de salvar el acuerdo nuclear

La UE, Rusia y China ven frustrado su plan de salvar el acuerdo nuclear

Macron ha hecho un gran esfuerzo de mediación entre Washington y Teherán.

El brusco enconamiento del conflicto entre Estados Unidos e Irán tras la muerte del general Soleimani amenaza con provocar efectos colaterales de gran envergadura. Una de las consecuencias potencialmente más graves sería que se frustrara de manera definitiva el intento de la Unión Europea, Rusia y China de salvar el acuerdo nuclear con Teherán –firmado en el 2015 y auspiciado por la Administración Obama– y de evitar que el régimen islámico se dote de armas atómicas.

El certero dron estadounidense sobre Bagdad ha sacudido una situación geopolítica ya de por sí muy compleja y peligrosa. Teherán tiene ahora menos incentivos para respetar el acuerdo nuclear. Su retórica de país acosado y forzado a la autodefensa se ve confirmada por los hechos.

Durante un mes, entre el 25 de agosto y el 24 de septiembre del año pasado, se abrió una inusual ventana de esperanza, gracias en buena medida al tozudo esfuerzo diplomático de Emmanuel Macron, pero el nudo no llegó a desenredarse. El presidente francés, anfitrión de la cumbre del G-7 en Biarritz, orquestó una audaz maniobra. Mientras los líderes de las siete democracias más industrializadas se reunían, Macron hizo ir a la ciudad vascofrancesa, el 25 de agosto, al ministro iraní de Asuntos Exteriores, Mohamed Yavad Zarif. Este se entrevistó con su homólogo francés, Jean-Yves Le Drian, y con el propio titular del Elíseo.

No fue un mero golpe de efecto de Macron. Al día siguiente, en las ruedas de prensa finales, se anunció un posible encuentro en un plazo de varias semanas entre Donald Trump y el presidente iraní, Hasan Rohani. El líder estadounidense pareció aceptar el reto. Insistió en que una entente con Teherán sería alcanzable si los iraníes renunciaban de verdad al programa nuclear, a la producción de misiles balísticos y a su influencia perturbadora en Oriente Medio. Trump tuvo palabras amables hacia el pueblo iraní, reconoció las penurias económicas que padece e incluso evocó un hipotético préstamo internacional con la garantía del petróleo.

Un mes después, en Nueva York, durante la Asamblea General de las Naciones Unidas, llegó el momento de la verdad. Trump, Rohani y Macron estaban en la misma ciudad. Los tanteos no habían madurado lo suficiente para una cita en persona. Sí había la alternativa de una llamada telefónica, de un gesto apaciguador, de aproximación.

Según reveló en su momento The New York Times, se llegó a establecer una línea telefónica segura entre los hoteles donde se hospedaban Trump y Rohani. Alertado sobre la inminente llamada, Macron y varios de sus ministros, que estaban cenando, abandonaron el restaurante para dirigirse al hotel Millenium, donde se hallaba el presidente iraní. Era una gestión final para lograr un hito diplomático. Había que cuidar los detalles. Trump estaba dispuesto a hablar. Los iraníes, en principio, también. Sin embargo, estos últimos optaron por un regateo de bazar, muy de última hora. No era un detalle baladí. Exigían, como condición previa a la llamada, nada menos que el anuncio público por Estados Unidos de que levantaban las sanciones impuestas a Irán. Macron llamó a Trump, sabiendo de antemano que este se negaría a tal concesión. Ahí terminaría ese espejismo de deshielo.

Desde que Trump decidió abandonar el acuerdo nuclear con Irán, por considerar que era insuficiente y contenía demasiadas lagunas, la diplomacia francesa ha admitido el principio de una renegociación. Sin Washington, el pacto carece de fuerza real para aplicarse en un escenario en el que pugnan intereses tan diversos como los de IsraelArabia SaudíTurquía o Rusia, además del enfrentamiento secular entre los bloques del islam suní y chií.

La mediación de Macron en el caso iraní obedece a su deseo personal de liderazgo en Europa y se inscribe asimismo en una vieja tradición francesa, heredada de De GaulleParís –según palabras del propio Macron– aspira a ser una “potencia de equilibrio”, capaz de ser fiel a sus aliados, pero con mucha autonomía de movimientos en el tablero internacional.

La relación histórica entre Francia e Irán no ha sido nada lineal. De Gaulle estuvo muy próximo al último sha, Reza Pahlevi, quien en 1975 firmó un acuerdo con Francia para la construcción de cinco centrales nucleares. Sin embargo, tres años después, en 1978, Francia acogía como exiliado al ayatolá Jomeini. Este se instaló en una localidad próxima a París, Neauphle-le-Château, que se convirtió en lugar de peregrinación. Desde allí Jomeini organizó su regreso triunfal a Teherán, en enero de 1979, tras el triunfo de la revolución islámica.

El nuevo régimen teocrático iraní, con su visceralidad antiestadounidense y su furor antiimperialista, fascinó al inicio a intelectuales de izquierda franceses como Simone de Beauvoir Jean-Paul Sartre. Luego vino el reflujo, el choque con la realidad. En Suresnes, al oeste de París, fue asesinado Shapur Bajtiar, ex primer ministro del sha. En Francia también se refugiaría –hasta hoy– el primer presidente de la República IslámicaAbolhasan Bani Sadr, tras caer en desgracia.

La fase peor de las relaciones entre París y Teherán fue durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), mientras ocupaba el Elíseo el socialista François Mitterrand. Francia, suministradora de armas a Irak –cazabombarderos y misiles que causaron mucho daño a Irán–, tomó partido por Sadam Husein, entonces aliado de Occidente. Fueron años aciagos, de oscuros atentados terroristas en París y en Beirut y tomas de rehenes.

El acuerdo del 2015 quiso ser una operación de realpolitik, multilateral, para conjurar el peligro de una escalada nuclear en la región y contribuir a la coexistencia pacífica, a la vez que aliviaba a Irán de las duras sanciones y permitía la apertura de su atractivo mercado de 83 millones de personas. La muerte de Soleimani lastra ahora este proyecto con una hipoteca muy pesada, tal vez impagable.

 

 

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