La paradoja de que China defienda el libre comercio y Europa no

La paradoja de que China defienda el libre comercio y Europa no

La tendencia conduce a una China que construye su propio mercado libre de tamaño casi mundial y a una Europa con fronteras abiertas, pero constreñida a su mercado interior

¿Cómo China, que es un país comunista, gana la batalla del libre comercio a Europa, que es donde se inventaron el capitalismo y el liberalismo? Esta es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo que explicarán los historiadores del futuro. Si nadie lo remedia, la tendencia política internacional conduce a una China que en una década habrá construido su propio mercado libre de tamaño casi mundial y a una Europa con sus fronteras abiertas, pero constreñida a su mercado interior. Lo primero que debo apuntar es una obviedad en la que los ideólogos no suelen fijarse: no existe mercado intervenido internacional. El mercado global es absolutamente franco, se rige por la libertad, el derecho y los acuerdos comerciales entre países o bloques de países. Por ejemplo, el comunismo económico, donde realmente existe, se ve restringido por sus límites nacionales, fuera de esas fronteras debe someterse a las leyes internacionales del comercio, al eterno debate capitalista entre liberalismo y proteccionismo. Esto lo ha entendido China, que actúa como líder del capitalismo salvaje en la globalidad, pero no lo ha entendido la Unión Europea, que sigue pretendiendo que la globalidad se avenga a sus exigencias eurocentristas.

Lo segundo que quiero señalar es que, respecto al comercio internacional, la UE cada vez muestra más debilidad, autolimitación y falta de aptitud. Vayamos por partes. Una muestra de esa debilidad a la que me refiero es la puerta abierta al mercado interior que el Tratado del Brexit dejó en Irlanda del Norte y Gibraltar. Es más, las concesiones hechas en ese Tratado del Brexit han conducido a Suiza, ¡a Suiza!, a romper la negociación de su propio acuerdo con la UE, exigiendo los suizos disfrutar de las mismas condiciones ventajosas que los británicos. El pasado 26 de mayo, Suiza anunció que daba por terminadas las negociaciones con la UE para la reforma de nuestras relaciones bilaterales, que se había iniciado en 2014, esto es, hace siete años. Para la Comisión, lo que pretende el país helvético es jugar la misma baza que Johnson con el Brexit, mantener un acceso privilegiado y selectivo al mercado único sometiéndose solo a las reglas que considere oportuno. Se da la casualidad de que Suiza es uno de los países más beneficiados por el mercado único en términos per cápita: la relación comercial con la UE le reporta entre 18.000 y 27.000 millones de euros al año. Los suizos han tirado por la borda seis años de negociación porque nos ven débiles y piensan que al final siempre cedemos Con Suiza, mantenemos más de 120 acuerdos sectoriales. Esta red de normas compone una regulación compleja, inestable y llena de incoherencias, que a ambas partes interesaba simplificar con un acuerdo omnicomprensivo, pero los suizos han tirado por la borda siete años de negociación porque nos ven débiles y piensan que al final siempre cedemos. De momento, la parte europea ha respondido amenazando con no renovar esos más de 120 pequeños convenios, pero ya veremos. Prueba de cómo nos autolimitamos son, por ejemplo, las sanciones económicas que solemos imponer por razones políticas y morales a terceros Estados, y que siempre pagan nuestros propios productores. El sector citrícola español, por mencionar uno, perdió su excelente mercado de invierno ruso a consecuencia de una sanción diplomática de la UE a Putin, que ya casi nadie recuerda por qué fue, y que a Putin le dio igual. O la decisión adoptada por el Parlamento Europeo de congelar la negociación y aprobación del Acuerdo sobre Inversiones con China (CAI, por sus siglas en inglés) como represalia por la prohibición de pisar territorio chino a cinco miembros de la Eurocámara. Está claro que muy llamativa no fue esa reacción del Parlamento, ya que no recuerdo que ningún periódico la publicase. A los únicos que dañó de verdad fue a nuestros propios inversores en China. Hace años que los inversores chinos se pasean por Europa como Pedro por su casa sin que nadie les tenga que dar permiso y tal libertad no es recíproca, y seguirá sin serlo.

Recuerdo que, a principios de los noventa, los presidentes autonómicos organizaban viajes con empresarios a China para invertir. Menos de 30 años después, a todos esos empresarios, o a la mayoría de ellos, los chinos les han comprado la empresa. Desde los tiempos de la visita de Napoleón a Rusia, no ha habido una expedición que se haya vuelto más rápidamente en contra del expedicionario. Y como colofón, ahora nos enfadamos con China y congelamos la negociación del acuerdo por el cual nuestros inversores iban a volver allí. Pues bueno, así nos va. He mencionado también nuestra falta de aptitud, y plantearé también un caso para explicarme. Si preguntásemos a los lectores de El Confidencial por el Tratado de Libre Comercio entre la UE y Canadá (CETA, nombre reglamentario del acuerdo), creo que el 100% me respondería que ya se aplica plenamente. Pues no es verdad y, pese a que el Parlamento lo aprobó en febrero de 2017, queda mucho para que se aplique plenamente. Por tratarse de un tratado de los llamados mixtos (o sea, que afecta al mismo tiempo competencias europeas y nacionales), su entrada en vigor exige que sea ratificado por las instituciones europeas, por un lado, y por todos y cada uno de los Estados miembros, por el otro. Pues bien, a día de hoy, cuatro años después de su paso por el Parlamento Europeo, 12 países siguen sin ratificarlo (entre ellos, Alemania, Francia, Polonia, Países Bajos o Bélgica). Unos argumentan que defienden a sus ganaderos, otros que a sus agricultores y otros que a su industria tradicional… Yo qué sé, el caso es que el CETA tiene pinta de que jamás se ratificará.

De momento, ha entrado en vigor de forma provisional y solo, ¡solo!, en lo que afecta a las competencias comunitarias, nada por lo que respecta a inversiones, ya que son competencia nacional. El de los tratados mixtos es un gran escollo que nadie sabe cómo vamos a sortear. Si la UE negocia por todos los Estados miembros, lo cual parece lógico si constituimos un mercado único, es obvio que tendrá que ceder en algunas cosas para obtener otras y que esas cesiones unas veces afectarán los intereses de algún sector económico de un Estado miembro y otras los de otro. Si adoptamos la costumbre de que el Estado miembro que ve comprometido algún interés particular de alguno de sus sectores (industrial, agrícola, ganadero, pesquero…) bloquea el tratado, por el simple mecanismo de no ratificarlo, sencillamente jamás, digo bien, jamás, la UE volverá a firmar un tratado de libre comercio mixto con nadie, ya que siempre habrá un Estado miembro insatisfecho.

Pero hay más. En la medida en que, por lo que respecta a las competencias europeas o a las competencias remotamente compartidas entre la UE y los Estados miembros, estos últimos no pueden negociar tratados de comercio bilaterales con terceros países, el bloqueo será absoluto: por una parte, lo que negocie la UE estará condenado a no aprobarse por los parlamentos nacionales, ya que siempre contará con la oposición de algún poderoso sector local. Y por otra parte, los países europeos no pueden separarse y negociar de forma bilateral. Conque ni Corea del Norte presenta tal grado de ineptitud funcional para abrirse al exterior si así lo decidiera. En la Unión Europea, crecen de nuevo dos infecciones de etiología antigua: el eurocentrismo y el proteccionismo

Para que se hagan una idea de la situación en que nos encontramos por los intereses nacionales de unos u otros, cuando no por razones ideológicas, en este momento están bloqueadas las negociaciones comerciales con EEUU, India y China, algo más de las tres terceras partes del mercado mundial. Y dormidas las negociaciones con Mercosur, Australia, Indonesia, Filipinas, Chile y México.

Por lo que afecta al futuro del comercio, en la UE crecen de nuevo dos infecciones de etiología antigua. Una, el eurocentrismo, que nos lleva a imponer nuestros valores políticos a aquellos que quieren negociar con nosotros. Comparto que debemos defender la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos y la ecología en todo el mundo, pero convendría que supiésemos que condicionar el respeto a esos valores al comercio mundial conlleva un coste (para nosotros). Somos tan ingenuos que creemos que perjudicamos a Jair Bolsonaro, por mencionar a un malvado conocido, si le decimos que no vamos a negociar con Brasil hasta que él no se vaya; no somos conscientes de que por la puerta por la que nos vamos de la negociación entra luego China, con su política de Nueva Ruta de la Seda, y firma el mismo acuerdo sin exigirle ninguna contraprestación política a cambio. Nosotros perdemos Brasil (Mercosur, en realidad), mientras que Bolsonaro y China se ganan mutuamente.

También Reino Unido se ha acercado ya a Mercosur sin miramientos ideológicos. No digo que no impongamos cláusulas éticas a los tratados de comercio, digo que seamos conscientes de que, desde que existe el modelo alternativo chino, esas disposiciones morales las paga el bolsillo del contribuyente europeo. Y dos, el proteccionismo, que hace que prácticamente todos los gobiernos europeos (ni Alemania ni Francia se libran de esto) prefieran no tener que soportar una manifestación de tractores en sus capitales o una huelga de trabajadores del sector del automóvil antes que abrir nuevos mercados a nuestra economía.

Ningún Gobierno de Europa es hoy más partidario del libre comercio mundial que China, lo que no deja de ser una exhibición de nuestra actitud defensiva, es decir, derrotista. El mercado único europeo debería cuidarse de no acabar siendo también nuestro único mercado. La UE padece un síndrome de Robinson Crusoe comercial, no sé si ya incurable.

www.prensa.cancilleria.gob.ar es un sitio web oficial del Gobierno Argentino