La Marea Verde de la Argentina recorrerá toda América Latina

La Marea Verde de la Argentina recorrerá toda América Latina

El movimiento feminista corrió los límites del sistema político argentino. Su apuesta por la movilización puede ser una inspiración para el continente, una de las regiones más peligrosas para ser mujer.

El presidente de la Argentina, Alberto Fernández, inauguró el año legislativo con un anuncio inédito en nuestra historia: en los próximos días enviará al congreso un proyecto de ley para legalizar el aborto.

Desde su campaña, Fernández anunció que estaba a favor de la interrupción voluntaria del embarazo, pero ahora, como presidente, sus palabras cobraron una importancia mayor: es el primer mandatario de este país al sur de América Latina —una de las regiones del mundo más peligrosa para ser mujer— en impulsar una ley que durante décadas ha sido un tema tabú en la política y en buena parte de la sociedad. Lo que todavía está relegado a la clandestinidad, con enormes riesgos para la vida de las mujeres, ahora se volverá a discutir en el congreso y es una de las prioridades del nuevo gobierno.

Así que ahora estamos en este momento: el presidente de un país con una Iglesia católica influyente y una sociedad con algunos sectores conservadores está a favor de la legalización del aborto.

Es una victoria del incansable activismo feminista argentino. Y ya que estamos cerca de una conquista legal indiscutible, es también momento de que el resto de la región tome nota de lo que hemos aprendido en las últimas tres décadas de movilización, protesta y debates públicos.

Estar en la calle es una apuesta política. En la Argentina hemos entendido que salir y marchar y exigirles a nuestros políticos ha logrado que un jefe de Estado tenga en su agenda pasar una ley que permita la interrupción del embarazo en todas las circunstancias.

Esa misma apuesta de presión social puede servir para el resto de América Latina, en donde hay países —como El Salvador, Honduras, Nicaragua y Haití— que prohíben el aborto en cualquier caso y hay mujeres en prisión por tener abortos espontáneos. Al día siguiente del discurso de Fernández, la Corte Constitucional de Colombia dictaminó en contra de legalizar el aborto en todas sus circunstancias. Falta mucho por hacer en nuestro continente.

Todavía recuerdo las clases de educación sexual que nos daba un sacerdote en la escuela católica a la que fui: nos pasaban escenas de fetos despedazados como argumento principal de adoctrinamiento. Una verdadera usina de mentiras sin base científica, verdades incompletas y terrorismo argumental para sentar las bases de una postura irracional en contra del derecho a decir sobre nuestros cuerpos. Mientras tanto, desde mediados de los años ochenta, 3030 mujeres han muerto como consecuencia de la clandestinidad del aborto.

Ya era hora de que un mandatario tomara cartas en asunto.

“En el siglo XXI toda sociedad necesita respetar la decisión individual de sus miembros a disponer libremente de sus cuerpos”, dijo Fernández el primero de marzo. Debo de confesar que lloré de la emoción. Cuando el presidente decía esto, pensaba en las protestas de 2015 de Ni Una Menos y en los miles de manifestantes que, como yo, salimos a las calles en 2018 para exigir nuestros derechos. He visto cómo a fuerza de marchas y de la decisión de alzar la voz colectivamente, el aborto salió de la clandestinidad y se instauró en la agenda pública. El movimiento feminista corrió los límites del sistema político argentino y de lo que se discute en la esfera pública.

Después de tantos casos graves, como el de una niña de once años que fue forzada a dar a luz, desilusiones y frustraciones colectivas, ahora estamos cerca de que la decisión de las mujeres de abortar sea legal. Nuestras gargantas quedarán lastimadas, raspadas y ásperas por el grito de la victoria. Pero eso no implica que el movimiento debe extinguirse: tenemos que seguir firmes y activas. No podemos dejar las calles ni dejar de decirles a nuestros representantes que queremos igualdad y políticas incluyentes.

 

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