La era del expansionismo neo otomano de Erdogan

La era del expansionismo neo otomano de Erdogan

El conflicto del Alto Karabaj ilustra la nueva estrategia de Ankara para ganar influencia política en Oriente Próximo. Con el despliegue de drones y tropas sobre el terreno ya está presente en Siria, Libia, Afganistán, Irak y Kosovo.

El vídeo no permite dobles interpretaciones. Con marchas otomanas y discursos enfervorecidos del presidente Erdogan como base sonora, un videoclip propagandístico, que el director de Comunicaciones difundió recientemente por Twitter, entremezcla imágenes épicas de la Marina turca con secuencias de una recreación de la batalla de Préveza. En aquel lance, ocurrido el 28 de septiembre de 1538, las fuerzas del almirante otomano Barbarroja aplastaron a la flota española de la Liga Santa.

Nada nuevo. El Gobierno, una coalición de islamistas y nacionalistas, inocula en el Volksgeist turco, en dosis de nostalgia cada vez más altas, la idea de un imperio brillante al que sólo las conspiraciones occidentales convirtieron en el "enfermo de Europa". En propaganda y celebraciones se equipara constantemente a los soldados turcos con quienes abatieron al enemigo -a menudo identificado como el Occidente cristiano- en los campos de batalla de Manzikert, Constantinopla o Galípoli.

Los recientes retrocesos electorales que las fuerzas gobernantes han sufrido en los últimos tiempos dan a entender que toda esta fanfarria otomana no basta para fidelizar al votante. Pero no es menos cierto que las aventuras militares turcas en Siria e Irak contra la guerrilla kurda PKK, su confrontación marítima con Grecia o la decisión de reconvertir Santa Sofía en mezquita han propulsado la popularidad del presidente, Recep Tayyip Erdogan, sin que la oposición haya esbozado un atisbo de crítica.

El Partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Erdogan es una formación que antaño llegó a recibir el apoyo de sectores liberales por sus iniciativas para poner el ejército bajo control civil, reconocer a las minorías u ordenar la economía. La Unión Europea premió tales esfuerzos inaugurando el proceso de integración turco en 2005. Ya entonces, quienes se oponían apuntaban a la influencia que un país con tamaño peso demográfico podría ejercer en la política europea. En particular su política exterior.

Tres lustros después, aquel proceso está en punto muerto. Una concatenación de agravios a ojos turcos, como la admisión de Chipre en la UE pese al enquistamiento de su conflicto, la pasividad europea en su lucha antiterrorista o su falta de apoyo en la crisis de refugiados sirios han sembrado la discordia. Como lo han hecho, en opinión de Bruselas, la creciente intransigencia de su máximo dirigente, su persecución a la oposición política o su marcha atrás democrática, en aspectos que incluso propugnó en el pasado.

RELACIONES CON LA UE
"Turquía ha concluido que el proceso de adhesión ni mejora ni tiene perspectivas de mejora en los años venideros, lo que repercute en sus relaciones con la UE", opina Ilke Toygür, analista del Real Instituto Elcano especializada en política turca, reconociendo que uno de los factores del incipiente unilateralismo de Ankara es su frustración con el proceso. Otro, indica, es su percepción de declive occidental, lo que les lleva a concluir que el mundo es cada vez más multipolar y que "Turquía también puede colaborar con otros actores en función de sus intereses dejando a un lado, aunque sin abandonarla completamente, su relación con Occidente".

El último ejemplo está en el Cáucaso sur. "Turquía se solidariza plenamente con Azerbaiyán y apoya sin reservas su derecho a la defensa propia", proclamó el portavoz presidencial turco, Ibrahim Kalin, sobre las últimas escaramuzas con Armenia que, todo apunta, no se desataron por accidente, sino que azerbaiyanos y turcos planearon meticulosamente. A diferencia de choques anteriores, convertidas en sangrientas guerras de trincheras, Bakú cuenta, esta vez, con una ventaja diferencial: los drones.

Noticias de este verano confirmaron el interés de la nación bañada por el Caspio en adquirir naves no tripuladas tipo Bayraktar, una de las perlas de su floreciente industria de defensa que ya han demostrado su eficacia en Irak, Siria o Libia. Un análisis de las imágenes de uno de los aparatos derribados permiten identificarlo como un Bayraktar TB2 turco que, junto con drones suicidas israelíes, están golpeando duramente bases, tanques y antiaéreos de las fuerzas que controlan la región del Alto Karabaj.

Algunos analistas han acuñado el término diplomacia Bayraktar para referirse a cómo el éxito de estos drones está espoleando la influencia turca en la región, pero también lejos de sus fronteras. "Los drones reducen el costo de la guerra para Turquía, pero creo que el principal impulsor es la decisión política que Erdogan tomó hace unos años de usar la fuerza para lograr los intereses de seguridad nacional turcos", matiza Aaron Stein, investigador del Foreign Policy Research Institute.

IMAGEN GLOBAL
Stein opina que a los turcos "no les importa mucho su imagen global y, en cambio, piensan que pueden usar la fuerza para establecer hechos sobre el terreno". Esta actitud, que reflejan bien los mensajes desafiantes que Erdogan se ha acostumbrado a dirigir a sus aliados occidentales en la Unión Europea y la OTAN, es síntoma de un giro en política exterior que, según el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Navarra Michaël Tanchum, no ha ocurrido de repente.

En un artículo para la revista Insight Turkey, Tanchum escribe que "la nueva capacidad expedicionaria de Turquía, basada en los avances parejos del aumento de la capacidad en aguas azules y el establecimiento de bases avanzadas, se originó como el resultado lógico de la reorientación estratégica de Turquía resultante de la conclusión de la Guerra Fría. Al ir más allá del marco de la Guerra Fría", el AKP "se ha guiado por el objetivo estratégico de transformar Turquía en una potencia interregional".

Hoy, Turquía tiene presencia militar integrando misiones internacionales en Afganistán, Kosovo o Rumanía. En otros sitios ésta responde a intereses propios. En Qatar, cuyos lazos cultivó durante el aislamiento que la rica monarquía sufrió en 2017, Ankara ha planeado establecer 5.000 uniformados en una base propia. En el norte de Irak hay estacionados 2.000, además de múltiples puestos en zona montañosa, cerca de las bases del PKK. En el continente africano, donde proliferan sus intereses económicos, Libia y Somalia ya albergan contingentes turcos. No en vano, de acuerdo con el Stockholm International Peace Research Institute, el gasto militar de Turquía se incrementó en un 86% durante la última década, justo al ritmo en que se han multiplicado sus aventuras en traje de camuflaje.

La mayoría de analistas apuntan a una fase transitoria entre la Turquía de la mayor parte del siglo pasado, consolidada con el Tratado de Lausana de 1923 y, salvo la intervención militar en Chipre, más preocupada por preservar la integridad territorial, y la actual asertividad manu militari: la impulsada por el académico, ex ministro de Exteriores y ex primer ministro Ahmet Davutoglu. Su doctrina, denominada Profundidad estratégica, apostaba por interconectar Turquía con el entorno, ejerciendo influencia.

La premisa básica de su propuesta era «"ero problemas con los vecinos". Se trataba de "crear una zona de paz y estabilidad, comenzando por el vecindario". Unas intenciones que comenzaron a tambalearse con el fracaso de las Primaveras Árabes, en especial la egipcia, que se resquebrajaron con el estallido de la guerra siria y el surgimiento de un protoestado kurdo en el norte de ese país, y que se vino abajo la noche de 2016 en que Turquía sufrió un golpe de Estado fallido.

La pompa nostálgica turca, aun tratándose de un producto mayormente de consumo interno, ha servido a los críticos para llamar jocosamente "Sultán" al presidente turco, y a muchos para tildar de "neo otomanista" esta nueva política exterior. Un término con el que discrepa Daria Isachenko, investigadora del Center for Applied Turkish Studies. "No lo usaría en el sentido de 'reconquistar el territorio' de las antaño tierras otomanas, sino en términos de 'recuperar el estatus' en la arena internacional", apostilla.

"Esto se hace patente por declaraciones de Erdogan como 'el mundo son más de cinco', llamando a reformas en la estructura de la ONU. Así que lo que persigue Turquía es tener un papel mayor en la política mundial, lo que significa que quiere establecer la agenda, en vez de simplemente seguirla", añade Isachenko, que lo ejemplifica con Libia. Según la analista, su presencia allí, en apoyo del Gobierno reconocido por la ONU, tiene que ver con el aislamiento turco en el Mediterráneo Oriental.

Ankara agita el acuerdo de delimitación de aguas que firmó el pasado noviembre con Trípoli para reivindicar su derecho a buscar gas en una zona que Grecia reclama, en una compleja disputa que enfrenta a varios países del Mare Nostrum.

Isachenko cree que esta "se relaciona estrechamente con la cuestión irresuelta de Chipre, un conflicto entre las comunidades griega y turcochipriota. Asi que", sentencia, "la política turca es más reaccionaria que expansiva. La misma lógica se aplica en Siria".

LA IZQUIERDA NACIONALISTA
Paradójicamente, Erdogan ha allado argumentos extra para sus acciones en la orilla política opuesta: los eurasianistas constituyen una facción de la izquierda nacionalista turca cuyo brazo político, el Partido Patriótico, ni siquiera logra representación parlamentaria, pero goza de un apoyo notable entre los uniformados. Se cree que esta facción de corte maoista, crítica con la presencia turca en la OTAN y favorable a reforzar lazos con Rusia y su órbita, ha ganado enteros desde la infructuosa asonada.

Aunque su líder, Dogu Perinçek, está en las antípodas ideológicas del presidente, sus posiciones en política exterior confluyen hasta tal punto que la doctrina llamada Mavi Vatan (Patria Azul) ha saltado de los dosieres eurasianistas a los pasillos de Palacio. Según esta, defender las aguas turcas, en su delineación más maximalista, equivale a defender el mismo suelo. Lo que se traduce en convertir el Mediterráneo, con sus potenciales bolsas de gas natural, en un temido polvorín en el que, para colmo, las voces conciliadoras europeas deben desgañitarse como nunca para ser escuchadas.

www.prensa.cancilleria.gob.ar es un sitio web oficial del Gobierno Argentino