La anexión israelí es echarle gasolina al fuego

La anexión israelí es echarle gasolina al fuego

Se debe respetar el derecho internacional y el anuncio de Israel sobre Cisjordania, no lo hace.

El conflicto israelí-palestino ha golpeado al Medio Oriente por más de 70 años. Colombia también padeció un conflicto casi tan prolongado y amargo que muchos consideraban imposible de acabar.

El camino a la paz requiere coraje y magnanimidad. Como amigos de Israel, nos preocupa mucho que estos valores estén ausentes en los planes de su gobierno de querer anexar partes de Cisjordania.

Cuando Hugo Chávez –para insultarnos– se refirió a mi país como “el Israel de América Latina”, ¡lo tomé como un cumplido! La resiliencia, el espíritu emprendedor o la innovación tecnológica, para solo mencionar algunas de las virtudes de los israelitas, son dignas de admirar.

No sobra tampoco resaltar los valores de los fundadores del Estado de Israel y el compromiso proclamado en su Declaración de independencia: “Garantizar la plena igualdad de derechos sociales y políticos para todos sus habitantes, sin distinción de religión, raza o sexo”.

Pero hoy, infortunadamente, esta visión está amenazada por un gobierno ultranacionalista y populista, que parece no importarle ni los derechos humanos ni el derecho internacional.

Con la amenaza de anexión se corre el riesgo de crear un régimen al estilo del apartheid sudafricano, en el que se aplican leyes distintas y discriminatorias a poblaciones distintas que comparten y viven en un mismo territorio.

En Colombia fue bien difícil negociar un acuerdo de paz con la extinta guerrilla de las Farc, para acabar por fin con esa maldita guerra de más de medio siglo.

Pero se logró porque el acuerdo se construyó sobre el respeto de los derechos de las víctimas del conflicto, tal como se estipula en el Estatuto de Roma, el que dio origen a la Corte Penal Internacional.

Esta fundamentación en el derecho internacional y en nuestra propia Constitución consolidó el acuerdo y le otorgó credibilidad y legitimidad en el país y en el extranjero.

Hoy, el pueblo colombiano no solo enfrenta el proceso doloroso de sanar las heridas sino el siempre complicado camino de implementar el acuerdo para traducir su visión de paz en realidad.

Muchos lo rechazaron por considerarlo una traición (la misma acusación que la ultraderecha hoy en el poder le hizo al primer ministro israelí Rabin cuando le dio la mano de la paz a Arafat, gesto magnánimo que le costó la vida); hay quienes todavía lo siguen rechazando.

Muchos preferían continuar la guerra hasta aniquilar al enemigo; hay quienes todavía lo siguen prefiriendo. Pero la inmensa mayoría reclama la paz y la reconciliación.

Se logró porque el acuerdo se construyó sobre el respeto de los derechos de las víctimas del conflicto

El acuerdo, con todas sus dificultades, es irreversible. Por eso lo señalan como un proceso esperanzador, no solo para Colombia y América Latina, sino para el mundo entero, incluso para Israel y Palestina, porque se hizo posible lo que se consideraba imposible.

La esperanza es un bien bastante escaso cuando el mundo se enfrenta no solo a la amenaza mortal del covid-19, sino también a la embestida constante contra el sistema internacional de derechos y normas —cuyas reglas deben ser acatadas por todos— por parte de líderes populistas y aislacionistas.

Uno de los más claros exponentes del poder de la esperanza fue Nelson Mandela, en su largo camino hacia la libertad. Para que precisamente no se perdiera nunca la esperanza fundó The Elders, un grupo de líderes globales dedicados a trabajar por la paz, la justicia y los derechos humanos en el mundo.

La paz en el Medio Oriente, y la justicia y la libertad para los palestinos, ha sido desde su creación un tema prioritario para The Elders, y aún lo es.

Es por eso por lo que decidimos denunciar y condenar la anexión anunciada recientemente, a la vez que pedimos una respuesta firme y unificada de los líderes mundiales para parar este atropello.

Los planes de anexión de Benjamin Netanyahu son un repudio unilateral a la solución de los dos Estados (que Colombia siempre ha defendido), y son rechazados por la mayoría de los países de la región y el mundo.

La anexión amenaza con profundizar aún más la conflictividad de la región, genera más amargura y alienación entre los palestinos y es una provocación a los países vecinos de Israel, lo que a su vez debilitará el marco democrático y constitucional del Estado judío.

Si la comunidad internacional accede a la adquisición de tierras de jure y a la fuerza por parte de Israel, los únicos ganadores serán los autócratas y agresores con pretensiones sobre tierras vecinas.

El mundo se mantuvo firme cuando Rusia le arrebató el control de Crimea a Ucrania en 2014. Hoy hace falta una actitud igualmente decidida de toda la comunidad internacional, incluida América Latina, que ha brillado por su silencio.

Los mecanismos multilaterales existentes como el Cuarteto se deben robustecer y tal vez ampliar para otorgarles un papel más protagónico a los países árabes claves.

Su apoyo será vital para el éxito de cualquier acuerdo negociado, y están preocupados, lógicamente, por la amenaza que representa la anexión para la seguridad regional, en especial para la estabilidad de una Jordania moderada.

Los únicos ganadores serán los autócratas y agresores con pretensiones sobre tierras vecinas.

El proceso de paz en Colombia nos ha enseñado que no se puede prescindir del Estado de derecho, ni tampoco del respeto por los derechos humanos universales.

Cualquier triunfo político de corto plazo que pueda obtenerse con la indulgencia, o con atizar tensiones sectarias o ideológicas, se convertirá a la larga en un gran costo.

El año 2020 marca el 75.° aniversario de las Naciones Unidas. En un momento en que el covid-19 ha paralizado los ritmos y plazos normales de la diplomacia, incluidos los de la Asamblea General de la ONU, y cuando el multilateralismo está bajo fuego, se deben escuchar con especial atención las voces que defienden los valores de la paz, la justicia y la igualdad ante la ley, tal como se consagran en la Carta de las Naciones Unidas.

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