Impasse’ político en Líbano en el día 41 de protestas

Impasse’ político en Líbano en el día 41 de protestas

El dimitido primer ministro, Saad Hariri, anunció este martes que no se presentará de nuevo al cargo después de que el país viviera una noche de violencia

El dimitido primer ministro libanés, Saad Hariri, retiró a principios de semana su candidatura para reocupar el cargo en respuesta a las “prácticas irresponsables” de los líderes políticos. Igualmente, expresó su deseo de que el presidente Michel Aoun “llame inmediatamente a consultas parlamentarias vinculantes para nombrar un nuevo primer ministro”. Estas declaraciones llegan después de que el país viviera durante la noche del lunes el episodio más violento de los 41 días de protestas en las que los manifestantes piden la caída en bloque de la clase política.

Tan solo el masivo despliegue del Ejército libanés en varios puntos de la capital, Beirut, y en el sur del país logró poner fin ya de madrugada a la batalla campal desatada por docenas de jóvenes seguidores de los partidos chiíes de Amal (que lidera Nabih Berri y portavoz del Parlamento) y Hezbolá (liderado por Hasán Nasralá). Rondaron la ciudad después de salir de Dahie —arrabales sur de la ciudad— y subidos en sus motocicletas tras rendir homenaje al cuerpo de Hussein Chalhoub, de cuya muerte —y la de su cuñada— en un accidente de tráfico este lunes al cruzar un reten levantado en la carretera sur de la capital han culpado a los manifestantes. En la otra periferia de Beirut se toparon con jóvenes suníes seguidores del partido El Futuro —que dirige el recién depuesto primer ministro Hariri— con los que se liaron a pedradas e incluso tiroteos sin que hubiera que lamentar victimas mortales. A su paso dejaron un reguero de coches y contendores de basura calcinados.

Una tasa de 20 céntimos de euro sobre WhatApps fue la chispa que el pasado 17 de octubre desató la ira popular con miles de manifestantes ocupando las principales plazas del país. El descontento se ha ido labrando durante más de 18 meses de deterioro económico sin que el Ejecutivo tomara medidas de contención, lo que ha llevado al país al borde del colapso financiero. Los expertos acusan a la clase política de haber acaparado los recursos estatales durante las tres últimas décadas desde que el fin de la guerra civil libanesa (1975-1990) estableciera el reparto del poder político y económico en base a cuotas confesionales -y en no en base a sus capacidades profesionales- con un presidente cristiano, un primer ministro musulmán suní, y un portavoz del parlamento musulmán chií.

Sin un liderazgo claro entre las filas del descontento, es la generación de veinteañeros nacidos en la posguerra quien lidera las protestas e, irónicamente, se organiza a través de grupos de WhatsApp coordinados a nivel nacional. Rechazan de pleno el sistema sectario y por primera vez se manifiestan de norte a sur del país bajo unas mismas consignas aconfesionales ondeando la bandera nacional y al grito de “revolución” y “abajo todos los líderes políticos”.

Hasta la fecha, han logrado tumbar al Gobierno de unidad tras la dimisión del primer ministro, Saad Hariri, el pasado 29 de octubre. También han conseguido boicotear en dos ocasiones una sesión parlamentaria en la que los diputados tenían previsto votar una controvertida ley de amnistía general que los manifestantes interpretan como una carta de inmunidad de cara a una futura rendición de cuentas de casos de corrupción. Sin embargo, en su segundo mes de movilizaciones no han logrado demandas clave como el nombramiento de un nuevo primer ministro ni la formación de un gabinete de tecnócratas.

El impasse político agrava unos indicadores cada día más alarmantes: los precios de productos básicos han subido entre un 15 y un 20% en un mes en un país donde, según el Banco Mundial, el 30% de los 4,5 millones de habitantes vive bajo el umbral de la pobreza. Líbano acumula una deuda externa de las más altas del mundo que representa el 150% del PIB (76.000 millones de euros).

Crisis económica

“El mayor riesgo actual es la falta de confianza de la ciudadanía no solo en sus dirigentes sino también en el sistema bancario”, valora en Beirut el economista Jad Chahban. De no emprender las recetas económicas apropiadas, advierte este experto, una hiperinflación puede sumir de la noche a la mañana a la mitad de la población en la pobreza, mientras que más de 300.000 funcionarios reciben sus salarios en moneda local. Y es que la paridad de la libra libanesa respecto al dólar ha sido devaluada por primera vez en 20 años hasta en un 25% en las casas de cambio. Los bancos han cerrado sus puertas durante más de tres semanas contagiando al pánico y han impuesto un control informal de capital estableciendo un tope en la retirada de dólares para paliar la falta de liquidez. Aumenta el número de comercios que dejan de aceptar el pago con tarjetas de crédito y tanto los hospitales como las empresas importadoras han advertido esta semana que pronto empezaran a escasear medicamentos y productos alimenticios por no poder hacer frente al pago en divisas.

El Gobierno parece dar palos de ciego incendiando el ánimo en las calles con cada nuevo discurso oficial al tiempo que llaman a los manifestantes a dejar las calles enarbolando el temor de una guerra civil. En su última intervención, Aoun se dirigió a los manifestantes para advertirles de que “si no veían gente decente en el Estado, podían emigrar”. Y ello en un país donde la mayoría de universitarios ha buscado mejor futuro en el extranjero por falta de opciones en su tierra. “La clase política piensa en un juego de suma cero y creen que, aunque hay muchos manifestantes en las calles, son más los ciudadanos que han decidido no sumarse [a las protestas]”, explica en una entrevista a través de correo electrónico Mona Sukkarieh, analista política y cofundadora del centro Middle East Strategic Perspectives. “Piensan que los resultados de las últimas elecciones [parlamentarias] de hace año y medio siguen reflejando la voluntad del pueblo y por ende les legitima”, acota.

El Gobierno de unidad actual necesitó de nueve meses de arduas negociaciones entre los dos bloques políticos para ver la luz. La entente en vigor desde entonces entre el grupo mayoritario liderado por el tándem chií Amal-Hezbolá y el partido cristiano Movimiento Patriótico Libre —que encabeza el yerno del presidente Aoun, Yibran Basil— y el bloque liderado por el depuesto Hariri junto con los partidos Socialista Progresista, del druso Walid Yumblat, y Fuerzas Libanesas, del cristiano Samir Geagea, se resquebraja. Los primeros defienden sus intereses en el statu quo actual y han llamado a los manifestantes a dejar de bloquear las calles. Los segundos, a excepción de Hariri que se dice neutral, apoyan a los manifestantes buscando un nuevo acuerdo más beneficioso. En paralelo, crece la tensión en las calles entre sus seguidores partidistas y los manifestantes anticorrupción, haciendo temer que Líbano vuelva a convertirse en el tablero de pullas regionales que fue antes de que Siria le tomara el relevo con el estallido de la guerra en marzo de 2011.

 

 

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