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Grecia frena a cuatro mil migrantes a los que Turquía abrió la frontera

Grecia frena a cuatro mil migrantes a los que Turquía abrió la frontera

Frustración entre afganos, sirios o iraquíes atrapados en tierra de nadie.

La marea humana con que Turquía amenazó anteayer a la fortaleza Europa salpica ya las puertas de Grecia. Sólo que de momento no es incontenible ni está formada en su mayoría por refugiados, sino por inmigrantes.

La policía griega reforzó ayer sus efectivos al otro lado de la verja alambrada y repelió con gases lacrimógenos e incluso disparos al aire los sucesivos intentos de asalto, por parte de varones jóvenes de nacionalidad afgana, pakistaní, iraní o iraquí, entre otras.

También de Siria –en algunos caso, con mujeres y niños–, aunque sin relación con la situación crítica en Idlib, que ha llevado a Ankara a relajar completamente el control de su frontera con la UE y a anunciarlo a bombo y platillo. Un portavoz griego aseguraba por la tarde haber frenado el paso a cuatro mil personas que querían entrar por la fuerza. Oficialmente, su número habría crecido hasta las siete mil al final del día, lejos de los dieciocho mil a los que Ankara asegura haber dejado pasar sin hacer preguntas.

Muchos habían llegado hasta la frontera de Edirne en autobuses fletados desde Estambul, a unas cuatro horas. El encendido de hogueras para pasar la noche demostraba la voluntad de un gran número de instalarse en esa tierra de nadie. A la espera de una oportunidad y sin la certeza de poder recular si esta no aparece.

Presión turca a la UE

La acumulación de migrantes en terreno neutral es una bomba de relojería en potencia

Una potencial bomba de relojería con la que Recep Tayyip Erdogan aplica al oído de Europa el tictac audible en Idlib, provincia siria con 948.000 desplazados a las puertas de Turquía. Este país acoge ya generosamente a más de tres millones y medio de sirios, con apoyo económico de la UE.

Muchos de los tentados ayer por los cantos de sirena son trabajadores precarios en el limbo turco y no disponen de ahorros con los que pagar a los traficantes kurdos que, desde las gasolineras de Ayvalik, organizan el paso hasta la isla griega de Lesbos. Una travesía ahora incierta por las fuertes rachas de viento, aunque unos ciento ochenta migrantes lograron ayer ganar tierra. La última barca, con veintisiete africanos, tuvo que ser auxiliada por la armada para no volcar.

El nuevo Gobierno conservador griego ha hecho del freno a la inmigración irregular uno de sus distintivos. Su portavoz dijo ayer que habían detenido a 66 personas por cruzar la frontera de forma ilegal desde la ciudad turca de Edirne y que se “hará lo que sea necesario” para salvaguardar las fronteras griegas y europeas.

Mientras tanto, en Bulgaria, que también comparte frontera terrestre con la Tracia turca, la situación era ayer de “normalidad absoluta”, según las autoridades.

Represión griega

La policía helena ha rechazado los intentos de asalto a la verja con gases lacrimógenos

En cambio, Lesbos ha vuelto a ser noticia en las últimas semanas a raíz de protestas tumultuosas por las condiciones de vida en los campos de acogida -tras días de aguaceros- y los planes de Nueva Democracia de restringir los movimientos de sus huéspedes.

En su capital, Mitilene, que conserva el encanto burgués de cuando era un importante centro otomano de producción de aceite y aguardiente, la internacional cooperante, al final de la jornada, se ve obligada a ejercer el doble papel de nueva burguesía y turistas de recambio en las terrazas. Mientras los africanos guardan cola en los cajeros, provistos de la tarjeta de débito del programa de transferencias directas.

La pesadilla humanitaria del 2015, cuando cerca de un millón de refugiados e inmigrantes saltaron de Turquía a Lesbos, Quíos y otras islas griegas, cambió el debate europeo. El presidente turco lo sabe y usa esta última carta para conseguir una salida airosa en Siria, donde la guerra para tumbar a Bashar el Asad no sólo ha sido una fábrica de refugiados, sino también de populistas.

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