Gloria y caos por Maradona

Gloria y caos por Maradona

20:48 - Decenas de miles de personas despidieron a lo grande al mito en la Casa Rosada en un velatorio marcado por los incidentes que terminó con represión policial

Argentina, país acostumbrado a la grandilocuencia y a la tragedia, afrontó el jueves uno de sus lutos más duros. Decenas de miles de personas desfilaron por la Plaza de Mayo, hasta la Casa Rosada, para despedir a Diego Armando Maradona, el último mito argentino. Despedido tras un multitudinario velatorio que terminó con altercados y represión policial. ‘El Diego’ se fue de este mundo como vivió, entre la gloria y el caos.

«Estamos así, de luto. Pero lo queremos festejar porque ‘el Diego’ fue lo más grande. Este es el homenaje que se merece», decía Martín a las puertas del palacio presidencial. Eran las siete de la mañana y las colas ya copaban la avenida. Camisetas con la cara impresa de Maradona, banderas de Argentina y flores en las manos de miles de seguidores emocionados. «Esta flor es para el más grande, para el más grande de todos los tiempos. Mientras la pelota siga rodando, ‘el Diego’ no va a morir, va seguir vivo en el corazón de su pueblo», decía otro seguidor. De fondo, sonaba el cántico que rebota en las calles de Buenos Aires desde el miércoles. «Y Maradó, y Maradó…».

El 25 de noviembre, el corazón de Maradona se detuvo para siempre y al menos una parte de Argentina quedó en silencio. El impacto después del shock. Los tertulianos de los canales de fútbol, habituados a hablar sin parar, apenas tartamudeaban, con los ojos enrojecidos. Su excompañero de selección Óscar Ruggeri lloraba en ESPN: «Nos hizo conocidos en cada rincón del mundo. ¡Lo que nos hizo vivir! Fueron los momentos más lindos de mi vida. Fue un crack en todos los sentidos. Llevaba la cinta de capitán como correspondía». Mientras tanto, en las redes, en los grupos de Whatsapp, comenzaba a circular la noticia: «No puede ser, viejo. Se nos fue Maradona».

Pero el silencio no duró mucho. A las puertas de la morgue se congregaron los primeros aficionados. El miedo al coronavirus no consiguió aplacar la tristeza. En el Obelisco de Buenos Aires, lugar habitual de celebraciones futbolísticas, las canciones resonaban por encima de las bocinas de los coches. Mientras, el Ejecutivo argentino decretaba tres días de luto, anunciaba que el funeral sería en la casa de Gobierno y bajaba todas las banderas oficiales a media asta. En los carteles del tráfico aparecía un «Gracias Diego», en amarillo. Argentina comenzaba el luto mucho antes de lograr salir de la incredulidad.

Homenaje en La Bombonera

Muchos argentinos acudieron a los estadios, a los lugares donde Maradona les hizo más feliz. Montaron una vigilia improvisada a las puertas del campo que lleva su nombre, el de Argentinos Juniors, donde comenzó su carrera. «Es un dolor inmenso. Soy socio de Argentinos y cuando me enteré lo primero que me salió fue venir acá». «Gracias por la magia», rezaba un cartelito. Otros se desplazaron hasta La Bombonera, donde el mundo comenzó a oír hablar de él y donde se retiró, a hombros de sus compañeros. Ayer circuló la imagen del estadio completamente apagado excepto por una luz resplandeciente, la del palco del ‘10’.

Algunos no se acostaron. Se mantuvieron en vela en la plaza para ser los primeros en despedir al exfutbolista. El féretro salió temprano hacia la Casa Rosada. Allí lo esperaban los más madrugadores. «Lloré todo el día, no me desprendí de la tele, quería ver cómo iba a ser esto, me levanté a las 4:30 de la mañana para despedirlo y tirarle este ramo de flores, porque se lo merece», decía Facundo. Las fuerzas de seguridad desplegaron un circuito con vallas y los seguidores del exjugador comenzaron a entrar por la puerta central del edificio, custodiados a los costados por unas sábanas con la bandera argentina. Dos amigos, uno con la camiseta de River y otro con la de Boca, se abrazaban desconsolados al salir. «Me emociona la manifestación de la gente. Fue un ídolo popular. Ya era un mito y ahora lo es más», contaba Darío después de decir adiós a su héroe por última vez.

Es difícil explicar cómo se vive el fútbol en Argentina, un país al que sus pasiones dividen y unen a partes iguales. ¿Cómo explicar, entonces, la muerte del futbolista más venerado de su historia? ¿Cómo pasar por el filtro del cerebro al que no pocos consideran más que humano?

« Es un dios sucio de barro humano, se nos parece mucho: pecador, mentiroso, fanfarrón, mujeriego», decía el escritor uruguayo Eduardo Galeano. De ahí la desesperación de los que, fuera del fútbol, no ven más allá. «Nadie lloró por Einstein y lloran por este. No jodan. Es una mentira», decía Roberto, que paseaba por la ciudad resignado ante la fanfarria colectiva. Encima de su cabeza, un cartel publicitario emitía imágenes del Mundial ‘86. «Gracias, D1OS», terminaba el vídeo.

En los análisis más pausados, varios periodistas reflexionaban sobre lo que fue ‘Diego’ fuera de las canchas. «No lo podían controlar», decía Miguel Simón. Valdano escribió en una crónica publicada en el diario La Nación, que había un Diego y un Maradona: «Fue el fatal recorrido desde su condición de humano al de mito, el que lo dividió en dos: por un lado, Diego; por el otro, Maradona. Fernando Signorini, su preparador físico, tipo sensible e inteligente y, posiblemente, el hombre que mejor le conoció, solía decir: Con Diego iría al fin del mundo, pero con Maradona ni a la esquina».

Ídolo del pueblo, velado por miles de personas

Pero este jueves, en la Plaza de Mayo, Maradona era una sola persona. No importaban las sombras, los excesos, los exabruptos, las actitudes machistas o la sinvergonzonería. Por encima de su féretro, arropado por camisetas, flores y papeles con dedicatorias, únicamente planeaba el espíritu del ídolo, del líder popular, del niño de Villa Fiorito que a base de gambeta y pillería logró conquistar al mundo. Allí, en su casa de la infancia, en el deprimido conurbano bonaerense, los vecinos acudieron con velas y fotos.

Ese barrio es lo que en Argentina se conoce como «villa miseria». Se encuentra en una de las bolsas de pobreza más fuertes del país. Las calles son de barro, no hay cloacas y las viviendas son construcciones improvisadas de ladrillo y chapa. En esos pasillos sin asfalto, en un campito sin redes ni líneas de cal, comenzó a Maradona a patear la pelota.

Quizá es esa singularidad la que lo elevó por encima del resto. Su personalidad icónica, el camino del héroe, el que dribló a seis ingleses, recorrió 52 metros en diez segundos y levantó, prácticamente solo, una Copa del Mundo. «Tristeza, alegría, enojo porque se fue. Así era ‘el Diego’, así es Argentina», sintetizaba Andrés, antes de entrar a velarlo. Apenas a unos metros ondeaba una bandera que rezaba: «Gracias, Diego. Sos la villa en carne viva».

A veces queriendo, a veces sin quererlo, Maradona encarnó los imaginarios colectivos de las clases medias y populares de su país: sus raíces humildes, su vinculación política con el peronismo o su espíritu farandulero. Pero también, de carambola, fue protagonista de una revancha moral contra Inglaterra, apenas cuatro años después de la Guerra de las Malvinas. «Y ya lo ves, y ya lo ves, el que no salta es un inglés», cantaban los congregados, que brincaban bajo chorros de agua y cerveza, ya pasado el mediodía. Dentro, el presidente argentino, el peronista Alberto Fernández, acudía a despedirlo con una camiseta de Argentinos -del que es seguidor confeso- y con un pañuelo de las Abuelas de Plaza de Mayo que colocó sobre el cajón.

Con las primeras luces del sol, las caras eran tristes. Pero las horas, el calor, la cerveza y las parrilladas improvisadas fueron convirtiendo la larga espera en una fiesta. «Diego, Diego de mi vida, ¡vos sos la alegría, de mi corazón», seguían. En los laterales de la explanada, servicios médicos repartían agua, mascarillas y alcohol, un recordatorio aislado de que este homenaje de multitudes ocurre en medio de una pandemia que se ha cobrado cerca de 38.000 vidas en el país y que aún no cede.

Disturbios que empañaron el adiós

La espera se dilató, quizá demasiado, y las autoridades comenzaron a cerrar el final de la hilera pasadas las dos de la tarde. Aún quedaban miles de personas por ingresar, los nervios pesaron y la tensión se quebró. La Policía intervino con gases lacrimógenos y pelotas de goma, pero no pudo contener el vallado, de aproximadamente un kilómetro. Lo que había sido una cola ordenada se transformó en una multitud condensada en la plaza. Un grupo trató de entrar a la fuerza en la Casa Rosada y el tumulto se trasladó al interior del edificio. La Policía lanzó gases dentro del recinto presidencial y la seguridad del evento tuvo que retirar el féretro con el cuerpo de Maradona antes de tiempo.

El velatorio concluyó hacia las cuatro de la tarde, aunque los altercados en el centro de Buenos Aires siguieron. Un coche fúnebre trasladó el cuerpo sin vida de Maradona al cementerio de Bella Vista, a unos 40 kilómetros al noroeste de la capital, donde tenía previsto ser enterrado durante la madrugada española en una ceremonia íntima, con la presencia de familiares y allegados. Fue la última gambeta de Maradona, a bordo del coche fúnebre, sorteando a sus propios seguidores. Una despedida a la altura de su genio, su temperamento y su carisma.

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