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Frustración de Macri: inversores siguen mostrando desconfianza

Frustración de Macri: inversores siguen mostrando desconfianza

Pese a la victoria electoral y la agenda de reformas, concreción de proyectos avanza lentamente

Mauricio Macri está comprobando en persona una de las verdades menos agradables de su presidencia: le resulta mucho más fácil cosechar aplausos –e incluso hasta ganar elecciones– antes que convencer a los inversores de que es momento de destinar capital en Argentina. En los últimos días la euforia por la victoria en las elecciones legislativas fue algo opacada por una serie de señales de desconfianza por parte de los inversores.

Como el lapidario informe de la agencia Standard & Poor's, una de las principales calificadoras de riesgo crediticio, que incluyó al país en un listado de economías emergentes "frágiles" –junto a Turquía, Pakistán, Egipto y Catar– que podrían entrar en crisis por su alto nivel de endeudamiento.

En tanto, otra influyente agencia, Fitch Ratings, divulgó un informe en el cual mejoró la perspectiva del país –la pasó a la categoría positiva– pero se negó a darle un ascenso de la calificación B a la A. Es decir, en la jerga financiera, que el país sigue lejos de ser considerado investment grade, como se califica a aquellos con muy bajo riesgo de incumplimiento.

El informe elogia los esfuerzos del gobierno macrista por ordenar la economía, iniciar una apertura comercial e impulsar reformas estructurales. Pero afirma que persisten temas graves, básicamente el desequilibrio fiscal, que mantiene alta la inflación y obliga a depender de la deuda. Lejos de ver –como afirma la versión oficial– una reducción del déficit, Fitch afirma que, si se suman los "rojos" nacional y provinciales, la tendencia es a empeorar, y que el año terminará con un contundente 6,5%.

Ni siquiera los mejores amigos de Macri se privaron de señalar los puntos débiles. Lo vio el presidente en su reciente viaje a Nueva York. La visita, que no contó con actividades diplomáticas, tuvo el único propósito de presentarles a empresarios estadounidenses sus planes de reforma económica y persuadirlos de que "ahora sí" era el momento de traer los dólares.

"No hay mejor lugar para invertir en el futuro cercano que en Argentina, por las potencialidades enormes que tenemos", dijo Macri en las oficinas de Manhattan que le cedió el fondo de inversiones BlackRock, donde su amigo Larry Fink le organizó una reunión con ejecutivos de primera línea. Sin embargo, el propio BlackRock, en un informe a sus clientes, después de remarcar las grandes oportunidades que ofrece Argentina, tampoco se privó de marcar los "pero".

"Los riesgos son los grandes déficits fiscales y de cuenta corriente, que hacen que Argentina dependa del capital extranjero y sea vulnerable a los movimientos de divisas", remarcó el texto.

Un mensaje "market friendly"

Ante esa desconfianza, la estrategia de Macri es reforzar la noción de que el país tuvo un punto de inflexión.

En cada una de sus reuniones con empresarios, el presidente habla del crecimiento de la infraestructura del país, de sus recursos naturales, del megayacimiento de petróleo en Vaca Muerta hasta las posibilidades que ofrece el litio en la región norte.

Pero, sobre todo, habla de política. Sostiene que su victoria electoral es la demostración de un cambio cultural, de la toma de conciencia de la sociedad sobre el costo a largo plazo de las "fiestas populistas".

Sin embargo, el mensaje no termina de ser asimilado. De hecho, la sensación existente en el gobierno argentino es, por poner una metáfora futbolera, que todo el tiempo "les corren el arco". Al principio, algunos se ilusionaron con que el solo hecho de un cambio de gobierno, con la llegada de un presidente "market friendly" y que abandonara el discurso agresivo de intervencionismo estatal sería suficiente para desatar una lluvia de inversiones.

No ocurrió, naturalmente, y entonces la esperanza fue que los dólares llegarían luego de que se llegara a un acuerdo con los "fondos buitre" para dejar atrás los 15 años de default y poder regresar al mercado de crédito. Se hizo, pero los dólares seguían entrando en cuentagotas, salvo, claro está, los de las efímeras colocaciones financieras.

De hecho, la inversión extranjera directa ronda apenas el 2% del PIB. Y el país sigue ranqueando bajo en las preferencias regionales: recibe un 3% de los desembolsos extranjeros que llegan a América latina, cuando en los años 1990 supo acaparar el 25%.

Lo que se percibió desde el cambio de gobierno fue una situación ambivalente, porque Macri recibía aplausos y elogios en cada foro empresarial en el que se presentaba, así fuera nacional o internacional. Pero lo que los inversores querían saber era qué tanto consenso social tenía la política económica de Macri, que en ese momento estaba en dificultades para imponer un ajuste tarifario después de una década de precios congelados en los servicios públicos.

El presidente decodificó el mensaje y por eso, a partir de ese momento, empezó a politizar su discurso, diciendo en cuanto foro y entrevista hubiera que le iba a ir bien en las elecciones legislativas de medio término y que se tenía fe para la reelección en 2019.

Las nuevas exigencias

Tras las elecciones, el macrismo sintió que todos los temores sobre un regreso a las políticas "populistas" habían sido despejados. La victoria en las legislativas de octubre con un contundente 41% de los votos y una ventaja mayor a 10 puntos respecto del peronismo –si fuera una elección presidencial, se habría impuesto en primera vuelta sin necesidad de balotaje–quedó en claro que tendría una fuerza legislativa lo suficientemente amplia como para imponer su agenda en el parlamento.

A partir de allí, vino el anuncio de profundos cambios, que van desde un cambio de régimen impositivo hasta una flexibilización laboral y una reforma del sistema previsional.

Todos temas reclamados por el empresariado, al punto que en una reunión el ministro de producción, Francisco Cabrera, dejó una frase bien expresiva sobre la sensación del gobierno: "Ahora no hay más excusas para que ustedes cumplan con su parte".

Pero, como está comprobando Macri, las cosas no son tan fáciles. La alegría poselectoral resultó efímera.

Ya no son solo los políticos kirchneristas los que se asustan por el vencimiento de US$ 30.000 millones el año próximo, sino que también lo hacen muchos economistas de la línea ortodoxa.

Y, sobre todo, el reclamo que hacen los fondos de inversión es que ninguna reforma estructural será suficiente hasta que el gobierno no ataque la inviabilidad del sistema previsional, responsable de dos tercios del gasto público.

Es una reforma que el gobierno prometió pero difícilmente se resuelva en el corto plazo sin que se genere un conflicto social. De manera que la nueva exigencia que se le hace al gobierno es que abandone su camino gradualista y que, además, lo haga con la anuencia del peronismo.

Todo un desafío para Macri, que sabe que su electorado no tardará mucho más en impacientarse si no ocurre una recuperación fuerte de la economía.

En definitiva, la persuasión a los inversores para que concreten la demorada "lluvia de dólares" ya no es solo un dato económico: implica la propia supervivencia de su proyecto político.

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