El placer infinito de la lectura

Opinión

El placer infinito de la lectura

La lectura de libros se convierte a menudo en un encuentro inolvidable entre un escritor y un lector. En ese abrazo campea el disfrute intelectual, se agudiza el juicio crítico de quien lee, se enriquece el lenguaje y se puede viajar por la vida de otros seres, por culturas y sitios desconocidos y estimulantes. Ese abrazo con el libro brinda un espacio de libertad que presupone asimismo la libertad del lector y del escritor, y que inspira nuevas reflexiones, ideas y opiniones.

La lectura de libros se convierte a menudo en un encuentro inolvidable entre un escritor y un lector. En ese abrazo campea el disfrute intelectual, se agudiza el juicio crítico de quien lee, se enriquece el lenguaje y se puede viajar por la vida de otros seres, por culturas y sitios desconocidos y estimulantes. Ese abrazo con el libro brinda un espacio de libertad que presupone asimismo la libertad del lector y del escritor, y que inspira nuevas reflexiones, ideas y opiniones.

Con el libro nos trasladamos a un escenario distinto, inmaterial, que nos obsequia goce intelectual y estético, la posibilidad de conocer otras realidades y perspectivas, todo lo cual se articula mediante el lenguaje. Pero también la porfiada realidad cotidiana nos conduce a jugar con los límites del lenguaje, a elaborarlo o reinventarlo, con el propósito de que la palabra escrita invada reinos hasta ese momento vedados o restringidos, reinos que hasta entonces eran sólo murmullos.

Los libros se nos infiltran en el alma y nos habitan, nos pueblan interiormente, y terminan alentando en nosotros nuevas maneras de ver, sentir, percibir, pensar y crear, y también de interrelacionarnos y dialogar con los demás.

Cuando el poder censura libros o los quema (acto al que sigue, poco después, la quema de sus autores), reprime tanto las ideas que estos contienen como el lenguaje individual, la identidad única de su autor y, a través de ello, censura, reprime y arroja a la hoguera a toda la humanidad.

Al celebrar el Día del Libro, celebramos la libertad, la sensibilidad, la creatividad, la individualidad y la diversidad, la transmisión de logros estéticos, de conocimiento e información, y honramos la amistad cívica, la diferencia, al otro. Rendimos al mismo tiempo homenaje al diálogo y al pluralismo, nos ocupamos y ampliamos el espacio cultural de nuestra sociedad. Independiente de su vigencia, de su importancia, de su utilidad o aún de su pertinencia, el libro constituye un acto de responsabilidad, de ejercicio de la libertad y de coraje intelectual. Al individualizar nuestro lenguaje, personalizamos nuestro pensamiento: nos lo apropiamos, lo hacemos nuestro, lo convertimos en la expresión de eso único y singular que nos define como individuos y, con el libro, lo compartimos.

Esta semana acompañaré al Presidente Sebastián Piñera en visita oficial a Argentina y Brasil. Coincide esta visita con la Feria del Libro de Buenos Aires, uno de los mayores eventos culturales de América Latina, donde recordaremos los 70 años de la muerte del poeta Vicente Huidobro. Al hacerlo recordaremos a toda una generación que, como Huidobro, legó a Chile un sello literario de originalidad y calidad mundial. No será una iniciativa aislada. La obra de Huidobro estará presente en otras ferias internacionales del libro en que participará nuestro país este año: Bolonia, Bogotá, Lima, Frankfurt y Guadalajara.

Desde Cancillería impulsamos la cultura convencidos que esta debe cumplir un papel permanente como fuente inspiradora de nuestra política exterior porque expresa la historia, diversidad, creatividad e identidades que conforman a nuestro país. La cultura le otorga el indispensable rostro humano a nuestra política exterior. Por eso, al honrar esta semana a Vicente Huidobro en Buenos Aires, recordamos una dimensión particular y potente de Chile, proyectamos nuestra forma de ser y nuestra personalidad, llevamos al mundo nuestras voces y sensibilidades, mostramos cómo los chilenos nos reinventamos y moldeamos, y contribuimos a la cultura y al humanismo desde nuestra especificidad latinoamericana.

Que la política exterior incorpore iniciativas como la que realizaremos en Buenos Aires revela al mismo tiempo el desafío de materializarlas en resultados concretos, en especial para lograr los objetivos que nos hemos trazado en una política exterior que es, como lo sabemos, de Estado. Nos inspira el deseo de avanzar hacia una integración profunda con nuestra región y el mundo, favorecer iniciativas que apunten a convergencias estratégicas y elaboren agendas conscientes de los desafíos y oportunidades que brinda el mundo de hoy en su vertiginoso e inédito desarrollo.

Roberto Ampuero / Ministro de Relaciones Exteriores

 

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