El oscuro panorama de la economía latinoamericana

El oscuro panorama de la economía latinoamericana

El retroceso en la región es innegable, y la proyección para la próxima década es desesperanzadora

Quienes asistieron hace unos días en Santiago de Chile a la rueda de prensa convocada en el número 3477 de la avenida Dag Hammarskjöld, en donde se encuentra la sede de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, sabían que las noticias no iban a ser buenas.

A fin de cuentas, solo bastaba tomar nota de los eventos de las últimas semanas para darse cuenta de que las perspectivas de crecimiento de la región –que serían anunciadas en dicha ocasión– solo podían haber empeorado.

Y así fue. Tal como lo señaló Alicia Bárcena, la secretaria ejecutiva del organismo adscrito a las Naciones Unidas, el producto interno bruto combinado de los países del área apenas tendrá una expansión de 0,1 por ciento en 2019.

Si bien el próximo año habría una ligera recuperación hasta llegar a un avance del 1,3 por ciento, la cifra todavía es mala. El mensaje central es que seguimos sin levantar cabeza.

La cosa es tan grave que cuando se mira el promedio de los siete años que van desde 2014 hasta 2020, este llegaría solamente hasta 0,5 por ciento anual.

Dicha progresión es inferior a la tasa de aumento de la población latinoamericana, que es del 0,9 por ciento anual. Como consecuencia, estamos dando marcha atrás en lo que atañe al ingreso por habitante.

No menos preocupante es que al observar los diferentes septenios, el guarismo en cuestión es el peor en 70 años. Si en 1982 comenzó un período difícil conocido como “la década perdida”, la verdad es que la realidad actual no es mucho mejor que la de aquella época oscura. Puede no existir una crisis de la deuda –al menos todavía–, pero la falta de dinamismo es asfixiante.

Frenazo en seco

Algunos analistas señalan que resulta injusto meter a todas las naciones del área en la misma bolsa, debido a que hay una gran dispersión en los números. Para comenzar, la debacle de Venezuela es un lastre significativo que viene de atrás.

De acuerdo con la Cepal, la economía vecina registrará una contracción de más de 25 por ciento este año y de 14 por ciento adicional el próximo. Cuando esos datos se excluyen de las cuentas, el promedio sube en varias décimas de punto porcentual.

Por otra parte, una cosa es el buen ritmo de la República Dominicana –que en 2019 vería aumentar su PIB en 4,8 por ciento–, y otra son los tropiezos de Argentina, cuya caída sería del 3 por ciento. Algo similar sucede con Estados que son cercanos como Panamá y Nicaragua.

Es evidente que hay un desempeño muy heterogéneo en una geografía en la que conviven unos que van bien con otros que andan regular o mal.

No obstante, negar que la mayoría de los habitantes de esta zona viven en lugares que han experimentado el equivalente de un frenazo en seco, sería tapar el sol con las manos.

Tras un arranque de siglo auspicioso que llenó de entusiasmo a los analistas y trajo miles de millones de dólares de inversiones del exterior, ya se silenciaron las voces de quienes afirmaron que éramos el nuevo polo de desarrollo del planeta.

Sin negar que en varias capitales hay un manejo más responsable de los asuntos públicos, lo que quedó demostrado es que las altas cotizaciones de los bienes primarios que exportamos determinaron el desempeño económico regional.

Gracias al alza en los precios de alimentos, cobre, oro, mineral de hierro, carbón o petróleo –atribuible en buena parte al auge de China– vivimos hasta 2014 una bonanza que se tradujo en ingresos extraordinarios, que a su vez propiciaron una explosión del consumo, impulsado por un dólar barato.

Semejante lotería también benefició a las arcas públicas.

En algunos casos, los gobiernos populistas se feriaron la bonanza en subsidios o gastos cuestionables, mientras que los más serios trataron de sembrar la riqueza, aunque en la mayoría de los casos sucumbieron a las tentaciones de elevar los presupuestos sin que las contrapartidas contaran con fuente permanente.

Todos sufrieron a su manera el chaparrón, tan pronto la realidad dio un giro fundamental.

El impacto solo se puede calificar como descomunal. Por ejemplo, el crudo se negoció en febrero de 2015 a 26 dólares el barril, menos de una cuarta parte que ocho meses atrás. Para los analistas externos, quedó claro que la destorcida había llegado.

A la región le costó trabajo aceptar lo ocurrido.

No solo la ciudadanía quiso creer que la fiesta podía seguir, sino que los dirigentes hicieron la promesa de que así sería. Paulatinamente, la realidad pasó su cuenta de cobro, pero eso generó una oleada de insatisfacción porque existe el convencimiento de que las decisiones adoptadas no fueron las correctas o no le apuntaron al bienestar general.

El aumento en la percepción de corrupción o la evidente desigualdad hicieron más difícil de digerir el trago amargo. Ese caldo de cultivo llevó a la compleja situación de ahora.

“Esta es la peor coyuntura económica latinoamericana desde la década perdida. La mezcla de varias crisis y difíciles transiciones políticas con una situación económica frágil es incluso peor que entonces, ya que los años ochenta fueron un periodo exitoso de transición a la democracia”, opina el codirector saliente del Banco de la República, José Antonio Ocampo.

En la encrucijada

El diagnóstico de la Cepal es inquietante. Como lo señaló en su momento Alicia Bárcena, hay una desaceleración generalizada y sincronizada –con la única excepción de Guatemala y Colombia– que resulta de una demanda interna que vio mermar su velocidad, acompañada de problemas en el frente internacional.

No solo el comercio global se ha visto afectado por la confrontación entre Estados Unidos y China, sino que los mercados financieros muestran menos apetito por los países emergentes.

La mezcla de elementos mencionados conduce a una especie de círculo vicioso. Las exportaciones caen y las importaciones también, en respuesta a una baja en la inversión y el consumo.

Ello a su vez incide en que el desempleo aumente, con lo cual la cantidad de desocupados en América Latina supera los 25 millones de personas por primera vez en la historia. Para colmo de males, la informalidad laboral y el subempleo ganan terreno.

A su vez, las finanzas públicas se ven afectadas. Los recaudos fiscales se mantienen, pero no hay margen para ampliar el gasto, porque los pagos por intereses de deuda ahora son mayores.

Ante la estrechez, la más afectada es la inversión estatal, al tiempo que algunos programas sociales comienzan a verse amenazados. Quizás el único parte de tranquilidad proviene del campo de la inflación, que se encuentra bajo control, aparte de lo que pasa en Venezuela y Argentina.

El retroceso, en cualquier caso, es innegable. Entre 2014 y 2019, la reducción del ingreso per cápita alcanza el 4 por ciento, debido a lo cual la brecha con las naciones más ricas se volvió a ampliar.

En números gruesos esa relación volvió a ser de cuatro a uno, en favor del mundo industrializado.

¿Cuál es la fórmula, entonces? La secretaria Bárcena habló de “estímulos fiscales significativos” que deberían ser financiados por más carga tributaria, basada en el principio de la progresividad.

Fuera de concentrarse en el uno por ciento más rico, fortaleciendo los impuestos a la riqueza, el combate a la evasión –que representa el 6,3 por ciento del PIB regional– es un elemento clave. A lo anterior habría que agregar reformas estructurales en los sistemas de protección social.

Igual de importante es darles prioridad a inversiones que saquen a la mayoría de las economías del área de una estructura productiva basada en bienes primarios. Ponerle énfasis al sector real y buscar más inserción comercial forman parte de las recomendaciones que hace la Cepal.

Ocampo, por su parte, habla de “un renovado compromiso con una democracia con amplio sentido social, un nuevo énfasis en un desarrollo productivo más dinámico con fuerte énfasis en ciencia y tecnología y, en medio de una crisis del comercio internacional, un renovado compromiso con la integración regional”.

Cuestión de espacio

 

Emprender cambios de espectro amplio requiere de gobiernos con un buen margen de maniobra. Lamentablemente ese no es el caso en la zona. Con excepción de Andrés Manuel López Obrador en México, ningún mandatario cuenta con un índice de aprobación superior al 50 por ciento.

Para completar, la pérdida de legitimidad de las instituciones hace todo más difícil. De acuerdo con la más reciente encuesta de Latinobarómetro, la proporción de personas que dicen tener algo o mucha confianza en sus respectivas administraciones apenas supera el 20 por ciento, la mitad de lo registrado a comienzos de la presente década.

La sensación de que no hay salida explica la ola de pesimismo que invade a la región. El mismo sondeo muestra que la esperanza de que vendrán tiempos mejores en materia económica está en su punto más bajo de los últimos 23 años.

Si a lo anterior se le agrega la agitación social, la impresión es que América Latina se encuentra entre la espada y la pared. Gobiernos débiles puestos a la defensiva por manifestantes que hacen sentir sus reivindicaciones en las calles corren el riesgo de quedar atrapados en el inmovilismo.

Los expertos hablan de edificar pactos sociales, pero no siempre es fácil, entre otros motivos porque los intereses de los manifestantes son múltiples y nunca faltan aquellos que buscan pescar en río revuelto. Eso para no hablar del populismo que se nutre de la desesperación de la ciudadanía y saca de la manga espejismos que atraen a muchos.

Aunque es considerada una excepción porque su tasa de crecimiento viene en aumento, Colombia está obligada a tomar nota de lo que pasa en el vecindario. La razón más obvia es que las protestas, así su intensidad sea mucho menor que las observadas en Chile, también comenzaron a ser parte de la cotidianidad nacional.

El pliego ampliado del comité del paro, con sus 104 exigencias, sugiere que la posibilidad de llegar a una solución de consenso es muy baja.

Sin embargo, la aceptable marcha de la economía lleva a que las urgencias no sean de la misma magnitud que en otras latitudes. Así como el peligro consiste en caer en la espiral del descontento, la oportunidad está en lograr acuerdos derivados de la conversación nacional u otros escenarios de diálogo, los cuales demostrarían que la voluntad de escuchar es real.

Y aunque puede pasar que la calma no retorne plenamente a las calles, demostrar que sentarse alrededor de una mesa da resultados concretos en temas tan importantes como equidad, paz, educación o medioambiente, serviría para convencer a buena parte de la opinión de que podemos diferenciarnos de la realidad de una región que, hoy por hoy, no ve la luz al final del túnel.

Eso sería un aliciente para que el motor del consumo y la inversión siga girando, lo cual nos permitiría seguir creciendo mientras la mayoría de Latinoamérica permanece atrapada en su laberinto.
 

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