El imborrable legado de Donald Trump

El imborrable legado de Donald Trump

18:45 - Los analistas coinciden en que el movimiento populista iniciado por el magnate en el Partido Republicano sobrevivirá a su propio creador

Pierda o gane Donald Trump, el "trumpismo" sobrevivirá. Esa es la conclusión casi unánime de los analistas, incluidos sus grandes detractores, a la luz de unos resultados que están lejos del triunfo inapelable que esperaban los demócratas, que fracasaron a la hora de querer convertir las elecciones en un referéndum sobre la caótica gestión del Coronavirus. Todo apunta en todo caso a una victoria pírrica y por puntos de Joe Biden, con su rival resistiéndose en el centro del cuadrilátero.

La economía y la identidad ideológica pesaron más de lo que muchos preveían y están detrás del terreno ganado por Trump ante las minorías, y más concretamente ante los hispanos. Eso le ha permitido conquistar bastiones como Florida y hacerse fuerte en Texas, y bajar incluso el listón de los demócratas del 70% al 65% del voto latino. El republicano ha logrado contener también, aparentemente, el voto anti Trump de la comunidad negra, en plena ola de Black Lives Matter. Y no solo sigue siendo el rey incontestable del voto rural, sino que ha abierto una brecha en la periferia de las grandes ciudades e incluso en los suburbios de Nueva York.

Trump puede haber perdido, pero no ha sido contundentemente derrotado en las urnas por Joe Biden, que si llega a ser presidente tendrá que lidiar con la sombra del eterno disruptor, presto a sacar partido del pandemónium, como en estos momentos inciertos en los que agita la bandera del "fraude electoral" para evitar que se cuenten todos los votos (alguien tendrá que recordarle que incluso en países democráticos como la República de Irlanda se tardan más de tres días en certificar los resultados, y eso sin tener en cuenta la complejidad de los más de 100 millones de votos emitidos por correo o depositados por adelantado en EEUU este año).

El presidente no tiene apenas garantías de que la ofensiva legal emprendida inicialmente en cuatro estados (Wisconsin, Michigan, Pensilvania y Georgia), en ocasiones para detener el recuento de los votos correos y en otras para forzar un nuevo recuento general, vaya a dar resultados. El fiscal general de Pensilvania, Josh Shapiro, se lo ha recordado en las últimas horas: "Nos están presentado documentos con más argumentos políticos que legales. Admito que las campañas quieran sacar partido de la situación, pero habrá que recordarles que la campaña se ha acabado".

La secretaria de Estado de Michigan, la demócrata Jocelyn Benson, se ha convertido en uno de los principales blancos de Trump, que la acusa de estar permitiendo el recuento del voto por correo "sin observadores imparciales" y violando por tanto "el derecho de los votantes a participar en una elecciones justas y legales".

La última esperanza de Trump es lograr que alguna de sus acciones prospere y acabe llegando hasta el Tribunal Supremo, como ocurrió hace 20 años, en la batalla legal por el voto de Florida entre George W. Bush y Al Gore que se saldó a favor del republicano. Trump espera que la balanza se pueda inclinar en última instancia hacia su lado dada la diferencia entre jueces conservadores y "liberales" (6-3), reforzada precisamente por la confirmación el mes pasado de la magistrada Amy Coney.

Los pronunciamientos del Supremo durante el proceso electoral, permitiendo en algunos casos la extensión del recuento de los votos por correo (hasta tres días en Pesilvania sin ir más lejos), ponen seriamente en duda la estrategia de Trump, que volvió a hablar de "fraude" la misma noche electoral" y no ha presentado de momento ninguna prueba.

En el año 2000, el suspense electoral entre Bush y Gore se prolongó durante 35 días hasta el fallo del Supremo el 12 de diciembre del 2000. Veinte años después, la contienda post electoral se expande geográficamente y se complica precisamente por lo genérico del argumento y por la dispersión del campo de batalla. Cuesta también imaginar que en un momento dado, Donald Trump pueda seguir el ejemplo lejano de Al Gore y anunciar que tira la toalla por el bien el proceso democrático...

LA ELECCIÓN "CONSCIENTE"

"Incluso aunque se vaya Trump, el trumpismo sobrevive", escribe Nicholas Goldberg en 'Los Angeles Times'. "Para decenas de millones de americanos, votar por él y por segunda vez en el 2020 es algo totalmente diferente. (...) Sus votos mandan ahora un mensaje: que este tipo extraño y poco fiable no consiguió el oficio más poderoso del planeta en el 2016 embaucando al gran pueblo americano. Antes al contrario, Trump sigue siendo la elección consciente de muchos".

En la Casa Blanca o fuera de ella, Trump seguirá probablemente dividiendo a los americanos, ejerciendo y contagiando su estilo irreverente a los republicanos en el Senado y en el Congreso, donde por cierto los demócratas han perdido también escaños (otra señal de la victoria insuficiente de Joe Biden).

Las huestes de Trump tampoco se van a quedar de brazos cruzados, ni van a esperar agazapados a que Joe Biden deshaga su trabajo de los últimos cuatro años (lo que hizo ni más ni menos el propio Trump con el legado de Barack Obama). Aunque la violencia que muchos temían no llegó a estallar en la noche electoral, la tensión social y el aire de "guerracivilismo" que se respira en el país puede acabar provocando una reacción en cadena.

El propio Trump se negó a comprometerse durante la campaña a una transición pacífica, en el caso de perder las elecciones. Sus palabras y sus acciones -empezando por una autroproclamación como vencedor en la noche del 3N- hacen presagiar la transición más accidentada desde que Fanklin D. Roosevelt relevó en la presidencia a Herbert Hoover en 1932, con el telón de fondo de la Gran Depresión.

Todo es posible en las once semanas que quedan hasta la toma de posesión, prevista para el 20 de enero del 2021. La imprevisibilidad y la sorpresa han sido estos cuatro años la marca de la casa Trump, y cuesta adivinar a estas alturas cuál será su próximo movimiento. En declaraciones a la CNN, su biógrafo Michael D'Antonio recuerda cómo, en situaciones de peligro, lo que más le preocupa es "velar por su propia imagen".

"Lo más importante para él es que pueda decirse a sí mismo, o proyectar hacia los demás, la sensación de que ha prevalecido a pesar de las circunstancias", asegura D'Antonio. "Ese instinto es el que la ha permitido escapar por segunda, tercera o cuarta vez en su vida y le ha permitido reinventarse a sí mismo". Perder no ha entrado nunca en sus planes. Pase lo que pase, Trump hará todo lo posible para que se le reconozca al menos como vencedor moral de las elecciones del 2020. Y preparar la venganza para el 2024, cuando tendría 78 años (uno más de los que tiene ahora Biden).

EL PARTIDO AUTOCRÁTICO

El Partido Republicano está dejando atrás sus tradiciones democráticas y se está convirtiendo, bajo el liderazgo incuestionable de Donald Trump, en un partido autocrático al estilo de las fuerzas nacionalistas como el Fidesz de Viktor Orban en Hungría, el AKP de Recep Tayyip Ergodan en Turquía o el BJP de Narenda Modri en India, según un reciente estudio del V-Dem Institute de Gotenburgo, en Suecia.

El estudio advierte que aunque el Partido Republicano sigue "relativamente comprometido con el pluralismo", ha ido abandonando en estos años las normas democráticas y ha recurrido en la campañas electorales a la "demonización" de los rivales y a la instigación a la violencia. "El viraje del Partido Republicano ha sido el más dramático experimentado por una fuerza política en una democracia establecida", asegura Anna Lührman, directora adjunta de V-Dem. Lo más cercano en el contexto de los países occidentales es el giro del Partido Conservador en el Reino Unido bajo el mandato de Boris Johnson.

El baremo que publica V-Dem detecta en Estados Unidos "una erosión de la democracia" impulsada desde arriba y que "se corresponde con el patrón de los partidos que restringen la democracia cuando llegan al poder". "Existen numerosas citas atribuidas a Donald Trump incitando a la violencia contra los periodistas o contra sus rivales políticos", advierte Lührman, que recuerda la preocupante tendencia en la última década: se estima que el 35% de la población mundial (2.600 millones de habitantes) viven en naciones que se están haciendo más "autocráticas".

"Por una buena razón, los americanos nos hemos empezado a preguntar si nuestra democracia puede sobrevivir", escribía estos días en 'The Guardian' Joseph Stiglitz. "En los últimos cuatro años, Trump y sus colegas republicanos han llevado su tendencia a romper las normas a un nuevo nivel, subvirtiendo las instituciones que se supone deberían defender (...). Mientras ha sido presidente, Trump ha despedido a inspectores generales por hacer su trabajo, ha torpedeado a los científicos independientes y a las agencias gubernamentales, ha intentado suprimir el voto y ha extorsionado a Gobiernos extranjeros para difamar a sus rivales políticos".

PERDONARSE A SÍ MISMO

Uno de los últimos y controvertidos privilegios de un presidente es el ejercicio de la "clemencia". Gerald Ford "perdonó" a Richard Nixon antes de que pudiera ser procesado. Bill Clinton amnistió a su donante político Marc Rich. Donald Trump tiene una nutrida lista de amigos y ex colaboradores que podrían beneficiarse del "perdón" presidencial: de su ex estratega Steve Bannon a su ex jefe de campaña Paul Manafort.

Un nombre destaca sin embargo por encima en la lista: el suyo propio. "Es absolutamente correcto perdonarme a mí mismo", llegó a insinuar en cierta ocasión el presidente, con más razón ahora que pesa sobre él la sospecha de evitación fiscal.

Pero incluso si se "perdona" a sí mismo, el estado de Nueva York y el fiscal de distrito de Manhattan podrían abrir investigaciones sobre la gestión de sus empresas. El Departamento de Justicia también podría poner también las espadas en alto y cuestionar el derecho constitucional a concederse a sí mismo un "perdón", aunque hasta sus mayores detractores advierten del riesgo de llevarle a los tribunales y acabar convirtiendo a Trump en un mártir.

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