El FMI empeoró el fiasco de la deuda argentina

El FMI empeoró el fiasco de la deuda argentina

Los ‘defaults’ se han multiplicado en todo el mundo desde el nacimiento del organismo multilateral.

Argentina ha encontrado una salida a su último default con el acuerdo del martes con sus principales acreedores. Pero el FMI ha sido más un obstáculo que una ayuda. El país nueve veces incumplidor ha llegado a 21 acuerdos con el prestamista multilateral, le debe 44.000 millones de dólares, y pronto estará negociando otro plan. No es el único lugar donde el FMI ha empeorado un fiasco de deuda. La arrogancia del fondo tiene parte de la culpa.

Su papel en el más reciente desastre argentino se remonta a 2018. Le dio al entonces presidente Mauricio Macri un préstamo supuestamente preventivo de 57.000 millones, el mayor de la historia, porque el líder centrista necesitaba acceso a fondos adicionales después de errores monetarios y fiscales. Pero sin controles de capital, los inversores, como era previsible, volvieron a sacar dólares.

El préstamo también sangró el capital político de Macri al entrar en un ciclo electoral. No es solo que la ayuda incorporara impopulares controles fiscales. Muchos argentinos también siguen culpando a la institución, de manera un tanto injusta, por un colapso económico de hace unos 20 años que vio cómo se duplicaba la tasa de pobreza del país y provocó un default en 2001. El resultado neto fue la defenestración de Macri en las elecciones de 2019.

Así que el terreno ya estaba inestable para el FMI antes de que Argentina comenzara sus negociaciones de rees­tructuración de la deuda de 65.000 millones con los acreedores privados. Sin embargo, en marzo aceptó la inu­sual petición de la nueva Administración de Alberto Fernández de proporcionar una llamada nota técnica sobre la sostenibilidad de la deuda pública incluso antes de que comenzaran las conversaciones. Los análisis de sostenibilidad de la deuda (ASD) estándar normalmente solo se hacen después de que un Gobierno tenga un plan de reforma en marcha o como parte de un informe de vigilancia exhaustivo.

Los ASD son ejercicios cuantitativos complejos que analizan la deuda de un país (incluyendo el monto, el tipo y el vencimiento) para determinar si un Gobierno puede seguir pagando su servicio razonablemente. Los economistas utilizan un escenario de referencia y test de sensibilidad, estimando las variables macroeconómicas y los cambios regulatorios. Aunque prematuro, no tenía por qué ser un gran problema en el proceso argentino. Pero el ministro de Economía, Martin Guzmán, lo convirtió en uno. Al pedirlo de antemano, el Gobierno pudo sugerir repetidamente que el FMI había atado de manos a Buenos Aires.

Para ser justos, el FMI también inyectó algo de realismo. Guzmán dijo en mayo que lo mejor que podía ofrecer era una propuesta que daría a los acreedores un valor actual promedio por debajo de los 40 centavos por dólar. Más tarde mejoró ligeramente los términos, pero el Fondo abrió la boca para decir que todavía tenía algo de margen de maniobra. Terminó aceptando un paquete de más de 54 centavos.

¿A 10 años vista?

La cuestión no es solo cómo usó Guzmán el ejercicio, sino que el FMI lo elaborara. El análisis requirió que pronosticara múltiples variables (como crecimiento, inflación y tipos de cambio) a 10 años vista, durante una pandemia, para determinar si, por ejemplo, las necesidades brutas de financiación de Argentina estarían por debajo del 5% del PIB después de 2030. En el mundo real, los economistas ni siquiera pueden predecir lo que sucederá el próximo trimestre. Mientras que el modelo de deuda del FMI está lleno de advertencias sobre el riesgo de caídas y utiliza anchos rangos en sus conclusiones, las variables económicas a más de cinco años vista no solo son inciertas, sino que esencialmente se desconocen.

Pretender lo contrario puede crear extraños atascos en las negociaciones de reestructuración. Las partes pueden acordar un alivio del flujo de efectivo a corto plazo (que es más fácil de proyectar y lo más necesario) pero se empantanan con desacuerdos sobre, por ejemplo, un superávit primario estimado en 2028. La frase si entra basura, sale basura nació refiriéndose a las hojas de cálculo, pero es fácil enamorarse de la falsa precisión de las proyecciones que te favorecen en una negociación.

Por ejemplo, el FMI normalmente trabaja bajo el supuesto de que los Gobiernos tienen la voluntad política y la capacidad de impulsar cambios impopulares en los impuestos o en los gastos. Pero si realmente lo hicieran, probablemente no estarían pidiendo prestado al FMI. En 2010, el Fondo asumió que Grecia recortaría su déficit a corto plazo y tendría importantes superávits primarios al acabar su programa. En cambio, las medidas de austeridad frenaron el crecimiento y generaron una seria reacción política. En Ecuador, los intentos de ajuste fiscal hicieron que el presidente Lenín Moreno huyera el otoño pasado para evitar protestas.

No hay alternativas fáciles, pero ese es el tema. El FMI podría empezar por aceptar que no puede predecir las perspectivas económicas a largo plazo de un país, por muy sofisticados que sean sus modelos. Puede hacer análisis de escenarios y test de estrés, pero probablemente sea más útil que haga ejercicios simples enfocados en el corto plazo. Y debería tener más en cuenta las realidades políticas.

El FMI ha mostrado buena intención en Argentina, pero es difícil ver que haya ayudado. El país se declaró en default dos veces desde 1826 hasta la fundación del FMI, en 1945. Desde entonces, ha incumplido siete veces, cinco de ellas en los últimos 40 años. El crecimiento de los mercados mundiales de capital tiene algo que ver, pero el tiempo entre los ciclos se ha reducido a nivel mundial desde la creación del prestamista, según los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff. Por ejemplo, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Nigeria, Sudáfrica y Venezuela han tenido al menos tres defaults externos desde 1980.

Los inversores privados demasiado optimistas tienen la culpa, pero se podría decir que los rescates del FMI también permiten a los países en mora pedir prestado rápidamente de nuevo. Para romper este ciclo, el FMI debe echar un vistazo crítico a sus herramientas. Una de ellas es el análisis de sostenibilidad de la deuda.

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