El Banco Central argentino disfruta el momento, pero se prepara para un ataque especulativo

El Banco Central argentino disfruta el momento, pero se prepara para un ataque especulativo

En una inusual calma del mercado cambiario, subió la cantidad de dólares que compra por día, para impedir una mayor caída de la cotización. Pero sabe que en un año electoral, la dolarización está a la vuelta de la esquina

Déjennos disfrutar el momento, después ya vamos a tener tiempo de preocuparnos, dijo, mitad en broma y mitad en serio, un director del Banco Central en una charla con un grupo de periodistas, cuando le preguntaron por la posibilidad de que en algún momento del año volvieran las presiones al alza del dólar.

Y su frase es bien ilustrativa del momento que viven las finanzas argentinas. Después de todo, quién habría dicho escasos meses atrás que se llegaría al verano –históricamente un momento de zozobra financiera en Argentina- en semejante situación de calma del mercado cambiario.

Lo cierto es que en estos días el dólar es noticia no por subir de cotización sino más bien por la velocidad de la caída. Ya perforó el piso de la banda de flotación y el Banco Central debe comprar todos los días de a US$ 50 millones para ayudar a mantener la cotización. Pero aun así el precio sigue bajando y amenaza con caer por debajo de los 37 pesos argentinos.

Parece increíble si se recuerda que en el peor momento de la corrida el dólar tocó los 42 pesos.

Pero lo cierto es que la demanda por dólares se desplomó. En estos días de enero el público compró la mitad de las divisas que hace un año. En parte, ese fenómeno se explica por la propia devaluación. Uno de los típicos motivos de dolarización es el costeo del turismo externo, que este año –por el tipo de cambio más alto- disminuyó abruptamente y se transformó en vacaciones de cabotaje.

Pero, sobre todo, el responsable del cambio de escenario es el apretón monetario llevado a cabo por la nueva conducción del Banco Central, con su promesa de emisión cero. Esto fue acompañado por una política de tasas altas –llegaron al 73%-, de manera de que los pesos de la economía no fueran a la demanda de dólares.

El objetivo del presidente del Central, Guido Sandleris, fue claro desde un inicio: garantizar la estabilidad cambiaria a como diera lugar. Aun si el costo a pagar fuera el encarecimiento del crédito hasta un punto que lo hiciera inviable y que hundiera más a la economía en la recesión. Y el plan dio resultado.

En contra de las primeras miradas escépticas, el dólar pasó del techo al piso de la banda de flotación y ahora nadie se anima a apostar qué tan bajo puede caer. La situación llegó al punto de que se volvió a hablar sobre el riesgo del retraso cambiario, y el Central recibió presiones para bajar las tasas de interés –que ya están en torno del 52%- y aumentar la cantidad de dólares que compra por día –que pasó de US$ 50 millones a US$ 75 millones-.

¿Comprar dólares es inflacionario?

En ese marco de apreciación del peso argentino, Sandleris, volcó al mercado 21 mil millones de pesos argentinos sólo en el mes de enero. Al tipo de cambio actual es el equivalente de US$ 560 millones.

¿Es mucho o poco? En términos de base monetaria, casi no mueve la aguja. Basta recordar que en los tiempos en que el Central quería mostrar poder de fuego para frenar la suba del tipo de cambio llegó a aspirar el equivalente a US$ 1.500 millones, con el detalle de que no fue en un mes sino es un solo día.

Visto de esa manera, podría parecer que Sandleris volcó una cantidad de pesos insignificante en la economía. Sin embargo, para un entorno hipersensible por la caída en la demanda de dinero, toda cautela parece poca.

De hecho, una de las más fuertes polémicas del momento entre los economistas radica en si es o no inflacionario inyectar pesos ante una caída de la cotización del dólar.

La postura doctrinaria del Banco Central es que si la paridad cae debajo de la banda de flotación, entonces eso debe interpretarse como un aumento genuino en la demanda de pesos. Y que, por lo tanto, darle pesos a la economía no es inflacionario. Es una línea respaldada por el Fondo Monetario Internacional, cuya directora, Christine Lagarde, acaba de felicitar públicamente a Sandleris en el foro internacional de Davos.

Sin embargo, el gremio de los economistas argentinos tiene sus dudas. Hay quienes creen que luego de comprar dólares, debería esterilizar esos pesos nuevos de la economía y no dejarlos dando vueltas por el mercado.

El argumento es que ese dinero tiene una incidencia apenas marginal para impedir ahora una caída en la cotización. Pero que, por el contrario, si llegara el momento de un cambio de escenario y un nuevo apetito por el dólar, esos pesos que inyectó el Central jugarían el rol de ser más combustible en la hoguera dolarizadora.

Uno de quienes advirtió en los últimos días sobre el riesgo de dormirse en los laureles fue Domingo Cavallo. El exministro y padre del régimen de convertibilidad es polémico y controvertido, pero su opinión es siempre muy escuchada. Y dijo que el esquema del Central tiene puntos débiles, porque se asemeja mucho a un sistema de libre flotación, que en Argentina tiene alto riesgo.
Su argumento es que si, ante un cambio inesperado del contexto internacional, o simplemente por la dolarización típica de un año electoral, el dólar empezara a subir y la población entrara en pánico, sería imposible detener una corrida.

Su planteo es que hay mucha distancia entre el piso y el techo de la banda. Dentro de ese límite, el Central se comprometió a no intervenir, de manera que, en teoría, eso implica que el precio del dólar podría saltar un 30% sin que haya ninguna fuerza que le hiciera resistencia.

Y muchos coinciden con el polémico exministro. Sobre todo en el punto del nerviosismo electoral, porque como muestra la historia, por más tranquilo que esté el panorama económico, la tradición argentina es adoptar una postura conservadora y defensiva antes de una elección. Eso significa dolarizarse. Y a mayor incertidumbre sobre lo que ocurrirá luego de las elecciones, mayor el grado de dolarización.

Para decirlo más claro, cuanto mayores sean las chances del regreso del peronismo al poder, mayor será la demanda de divisas. Por caso, el mes que se reeligió a Cristina Kirchner en 2011 las compras llegaron al récord histórico de US$ 3.000 millones. Fue el preludio del recordado cepo.

Preparándose para ganar por dos a uno

Sin embargo, en el Banco Central transmiten tranquilidad. Afirman que el excedente de la cuenta corriente pasó de un déficit de US$ 500 millones diarios a un excedente de US$ 100 millones diarios.

Pero claro, son conscientes de que esa situación puede ser pasajera. En todo caso, la calma reside en que se creen en condiciones de ganarle el partido a un intento de corrida cambiaria. Y hasta le ponen número al score: dos a uno.

En otras palabras, creen que por cada peso que tenga potencial de dolarizarse, cuentan con el doble de divisas como para abastecer al mercado. La cuenta que hacen en el Central es que los plazos fijos en pesos que se acumularon desde octubre pasado –cuando empezó a regir el nuevo acuerdo con el FMI y se adoptó la banda de flotación-, sumados a los títulos en manos de inversores extranjeros, suman unos US$ 5.000 millones.

Y, ante esa potencial demanda, afirman que cuentan con unos US$ 10.000 millones para hacerle frente.

Es cierto que el Central se comprometió a no intervenir mientras el dólar esté dentro de la banda de flotación, pero esa promesa se refiere a la venta directa de divisas en el mercado.
Hay, sin embargo, otras vías indirectas. Una de ellas es un fondo de divisas en manos del Tesoro, sobre las cuales no rige la proscripción del FMI. Son unos US$ 10.000 millones, que se irán volcando al mercado a medida que el ministerio de Hacienda necesite cubrir necesidades fiscales.

Y todo hace pensar que esa venta se concentrará en los meses más calientes de la campaña electoral.

Por otra parte, el Central tiene la posibilidad de suscribir contratos de futuros por hasta US$ 3.000 millones, con el objetivo de bajar las expectativas de devaluación en el mercado.

Pero, sobre todo, está la tasa de interés. Si hay algo que los funcionarios han dejado en claro es que no tendrán inconveniente en volver a endurecer el apretón monetario si ello fuera necesario.
Hoy la tasa de interés está en 52%, un nivel que en cualquier país se consideraría altísimo, pero que en Argentina parece todo un avance si se considera que hasta hace dos meses el nivel era de 73%. Y esa situación es la que puede revertirse ni bien aparezca el primer síntoma de que los argentinos quieren cambiar sus pesos por dólares.

No es una estrategia libre de costos, está claro. El crédito a las empresas se ha vuelto prohibitivamente caro, y eso ha llevado a que las perspectivas de una pronta recuperación de la crisis sean más bien bajas.

Pero el Central marcó sus prioridades. No quiere que por nada del mundo se repita el escenario de volatilidad e incertidumbre ocurrido en 2018. Y mucho menos si hay una elección de por medio.

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