‘Deseamos el cese del fuego bilateral de 90 días con el Eln’

‘Deseamos el cese del fuego bilateral de 90 días con el Eln’

Monseñor Luis Mariano Montemayor, nuncio apostólico en Colombia, habla del Proceso de paz.

En entrevista con EL TIEMPO, monseñor Luis Mariano Montemayor, nuncio apostólico en Colombia, habla del jalón de orejas al arzobispo de Cali, de la cadena de asesinatos de ex-Farc y del esfuerzo de la Iglesia católica para impulsar una salida negociada entre el Gobierno y el Eln.

¿Está usted muy disgustado con el arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve, quien afirmó que el presidente Iván Duque practica “una venganza genocida para desmembrar completamente la sociedad” e intenta acabar los avances de la paz dejados por el gobierno Santos?

No. No estoy molesto, como se lo dije a él, sino que le precisé que usó un lenguaje excesivo, que no corresponde a la realidad. Ambos colaboramos en el trabajo por la paz, nos conocemos muy bien, pero lamentablemente tuve que hacer claridades por la difusión que tuvo su intervención y por el lenguaje que usó.

¿A la Santa Sede le molestó el término ‘genocida’?
Claro, porque no se puede hablar ligeramente de genocidio; si se habla de genocidio, en la escena internacional se tienen consecuencias gravísimas, que implica la Corte Penal Internacional. No se puede hablar de genocidio a la ligera. El genocidio tiene un alcance preciso, la Santa Sede no colabora con genocidas, como tampoco con terroristas, así que usemos bien las palabras.

Al escuchar a monseñor Monsalve se puede interpretar que el presidente Duque abandonó la paz...
A mí me parece un enfoque equivocado decir que no está pasando nada a favor de la paz o que no se están aplicando los acuerdos de paz o que no hay iniciativas con respecto a acercar al Eln hacia lo que todos esperamos: un cese definitivo de las hostilidades.

¿Usted es de los que ve el vaso medio lleno?
Lo importante es que el vaso no se rompió, eso no se puede decir. Seguimos trabajando. Por eso hay una Misión de Verificación, el Consejo de Seguridad vota; los países acompañan y destinan fondos, recién la Unión Europea donó 12,5 millones de euros, en medio de la pandemia, para ayudar a los procesos productivos y a la reincorporación; me reúno con la Misión de las Naciones Unidas. Discutir si está medio lleno o medio vacío es una cuestión de perspectivas y subjetiva.

Pero, hay problemas...
El consejero para la Estabilización y la Consolidación, Emilio Archila, dice: “¡Por qué no miramos, más bien, cuánto nos falta para llenarlo!”. El objetivo es ese: llenar el vaso, y nos falta, eso es verdad, esa es la parte de razón que creo explica también el estado de ánimo del arzobispo.

O sea, ¿usted entiende la desazón del arzobispo?
Por supuesto. Él me decía: 44 años de trabajar por la paz en este país y ver masacre tras masacre, nuevos asesinatos, claro que se deprime, claro que lleva una sensación de frustración, pero eso no significa que los procesos de paz y todo lo que implica no estén funcionando, sí están funcionando, están trabajando.

Tras su ‘jalón de orejas’, varias organizaciones de derechos humanos salieron en apoyo a monseñor Monsalve y lo llamaron ‘Artesano de paz’, ¿qué piensa?
Es justo decir que el arzobispo Monsalve es un artesano de paz. Y no es de ahora. Con el expresidente Uribe intervino en el proceso de desmovilización de los paramilitares y, sobre todo, con lo que hoy es el ‘clan del Golfo’, si hubiera funcionado, tendríamos un problema menos; y apoyó el acuerdo de paz con las Farc y trabaja para que pueda llegarse a un acuerdo, a un cese definitivo de hostilidades, con el Eln. Es justo decir que es un artesano de paz, lo que no significa que todo lo que dice es palabra santa.

Estas organizaciones le dan la razón a él con el argumento de que Duque llegó al poder con intención de hacer trizas el acuerdo. ¿Usted considera que el Presidente ha respetado lo firmado?
Sí. Y sigue adelante, eso me consta: el presidente respeta y apoya todo el proceso de desarme y de integración de los que se han desarmado. Él no va a tratar igual, y no lo hace, a los que se desarmaron y a los que no, hay una gran diferencia entre los que dejaron las armas y se unieron al proceso de reintegración civil y las diferentes disidencias, porque son muchos, cada vez más fuertes, aunque están desunidas, y no son solo problema del presidente Duque, es un problema de orden público, porque son organizaciones, en general, dedicadas al narcotráfico.

Para algunos sectores muy críticos, sin embargo, Duque abandonó la paz...
No hay que usar, no ayuda y es bastante inútil, ese proceso de acusaciones grandilocuentes cuando hay que mirar el trabajo concreto que se hace en las instituciones. La JEP funciona, la Comisión de la Verdad está trabajando, les guste o no; y también la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos, así se hable poco de ella, pero que tiene tanta importancia para las familias porque les ayuda a buscar a sus muertos.

Su enumeración es variada, pero también hay retrasos...
Es innegable que hay retrasos, que hay obstáculos, pero no son todos culpa del Gobierno y no son siempre intencionales. No creo que se pueda decir que haya mala intención del Gobierno. ¿Dónde está la sociedad? También la sociedad tiene que poner su parte, no todo lo hace el Gobierno, esto es una democracia. ¿Dónde está el sector privado? Que tendría que ayudar para agilizar las cosas, la presión de las comunidades sobre los alcaldes, los gobernadores para que arriesguen y se metan. Ahí está, hay que movilizarse.

Lo más angustiante del proceso es el asesinato de 220 exFarc...
Yo creo que eso motiva la angustia y la frustración del arzobispo. Es uno de los problemas más delicados de la aplicación del acuerdo, creo que no se le dio toda la importancia, incluso simbólica, que tenía cuando comenzó el problema, hoy sumamos más de 200 excombatientes que le apostaron a la paz, dejaron las armas, intentaron integrarse y murieron a tiros.

¿Quién los mata?
Hay muchas teorías y actores, pero empieza, simbólicamente por su número, a pesar sobre la reputación del Gobierno y del Estado porque, ¿qué vamos a esperar, qué los maten a todos para reaccionar? Además, sobre Colombia planea el fantasma de la Unión Patriótica, ya hubo un exterminio, de alguna manera programado, de un sector político que le había apostado a la paz, a la lucha democrática. No puede volver a suceder eso.

Cambiando de tema, ¿cómo le parece la propuesta del cese bilateral por tres meses hecha por el Eln? ¿Cómo evalúa lo que pasa con esa guerrilla?
Ahí tendría que compartir, un poquito, la frustración del arzobispo. Hemos trabajado mucho para superar esa situación que se creó por el atentado a la Escuela General Santander, fue infausto, no entramos en la discusión del crimen, no tiene sentido, murieron 22 cadetes. Fue un error político, costó un año de parálisis y, probablemente, la posibilidad de continuar como estaba la mesa de diálogo, como fue iniciada por el gobierno anterior.

¿El brutal atentado del Eln acabó la posibilidad de sentarse a hablar?
De alguna manera, las dos partes han estado hablando, hemos tenido liberación de secuestrados, un cese del fuego humanitario en respuesta a un pedido de las Naciones Unidas, que el Eln cumplió, un cese del fuego que no continuó en forma bilateral, pero que llevó a disminuir los enfrentamientos entre el Eln y las fuerzas de seguridad, por lo menos no ha habido enfrentamientos directos y no por parte del Eln.

Pero ¿el Eln sigue con acciones armadas?
Si ha habido acciones militares, han sido del Ejército contra el Eln, una operación en El Tambo y dos actos punitivos contra dos presuntos participantes en el atentado de la General Santander, pero aun así, el Eln vuelve a hacer una propuesta del cese del fuego bilateral y la primera respuesta del Gobierno ha sido reivindicar todas sus exigencias. Nosotros hubiéramos esperado algo más. No quiere decir que no va a haber; ha habido una oferta, ha habido una primera reacción, vamos a ver. La comunidad internacional desearía un cese del fuego bilateral de 90 días, por razones humanitarias.

Como diplomático, ¿cómo ve las diferencias tan distintas entre Colombia y Cuba por los protocolos?
Ese es un problema serio de la política exterior colombiana. El Gobierno sabe que la Santa Sede tiene una posición sobre la validez de los protocolos y no solo con la cuestión colombiana, sino que es parte de nuestra forma de intervenir en la comunidad internacional. Si no hubiera protocolos, no podríamos hacer nada para acercar a las partes.

¿Cree que esa lectura es similar en el resto de la comunidad internacional?
La comunidad internacional ha sido muy prudente, muy discreta, tiene sus posiciones. No necesita blandirlas a los ojos de los demás, el Consejo de Seguridad ha sido claro, se discutió del tema, no hay un pronunciamiento, pero se discute, y la Santa Sede tiene relaciones estrechas de trabajo en temas de paz con Noruega y tiene una historia de relaciones con Cuba para incorporarla bien en la comunidad internacional y al sistema regional de la OEA.

A pesar de todo, ¿ustedes insisten en acercar al Gobierno y al Eln?
Estamos trabajando para tratar de resolver con el Eln y el Gobierno, en cuanto sea posible, aunque no se pueda hacer de forma bilateral, los problemas humanitarios, la humanización de la guerra. La guerra probablemente continuará, pero no tiene por qué golpear al pueblo y a las regiones más pobres en un modo tan drástico y tan cruel como está sucediendo. Y eso no es culpa exclusiva del Eln, al Eln le echan todas las culpas, hay otros actores y a veces no sabemos bien quién es el responsable de qué; por ejemplo, en los secuestros.

El Eln sigue con el horror de secuestrar inocentes...
Con el Eln el problema no es tanto los nuevos secuestros que pueda, ocasionalmente, cometer, seguirán ocurriendo probablemente, trataremos de liberar a los secuestrados como se ha hecho en otras ocasiones. Pero el problema con el Eln son los secuestros históricos, hay gente que no aparece, fue secuestrada hace mucho tiempo y no sabemos nada, probablemente están muertos y no hay reconocimiento, no hay explicación de si los tenían o no, qué pasó. Las familias merecen esclarecer esa cuestión y, si es posible, recuperar sus cuerpos.

Hay un problema adicional porque el Eln hace sus acciones y se refugia en Venezuela. ¿Qué piensa?
No voy a decir que el Eln se esté transformando en una organización binacional, ellos hablan de región bolivariana, pero es una realidad que al menos en la zona de Arauca la frontera no existe para ellos, al contrario, la usan, y sí, ese es un problema adicional.

Cambiando de tema, ¿qué opina de la reapertura de iglesias tras su cierre por la pandemia?
Hemos cooperado totalmente con el Gobierno en la lucha contra la pandemia, hasta el punto de sacrificar nuestro momento central en la liturgia, que es la Semana Santa, claramente, un esfuerzo y un sacrificio enorme desde el punto de vista religioso.Hemos sido forzados a la virtualidad, pero necesitamos volver a la normalidad paulatinamente y además es importante para combatir la pospandemia.

Pero ¿cómo?
El tema anímico, psicológico, religioso en la motivación es fundamental, por eso necesitamos volver a una normalidad y lo estamos haciendo, veremos cómo funciona el protocolo, que no es fácil aplicarlo, somos conscientes y responsables, no queremos contagiar a la gente. Un primer paso, podría ser, por ejemplo, abrir las iglesias para que individualmente los fieles puedan pasar a rezar.

La covid-19 se ha llevado muchas vidas, ¿en la Iglesia católica también?
Sí, hemos perdido dos sacerdotes en Tumaco, uno en Magangué, una religiosa en Cartagena y uno en Engativá. Son los que yo conozco. Agradecemos que han sido pocas en relación con otras zonas del mundo.

Finalmente, una de las escenas más simbólicas de esta pandemia la protagonizó el Papa, solitario, en la plaza de San Pedro. ¿Qué significa ese momento?
No hay cineasta en el mundo que haya imaginado una escena como esa o que haya podido imaginarla. A mí me impresionó el santo padre caminando hacia ese altar solo, bajo la lluvia, sin protección, creo que era un símbolo casi del siervo sufriente, de Isaías, él lleva nuestras dolencias, una imagen que conmueve. Una escena que simbólicamente mostró al mundo la gravedad de la situación.

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