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Debate de una España incompleta: el uno por uno

Debate de una España incompleta: el uno por uno

Si fuera una audición a ciegas del programa La Voz , ningún miembro del jurado se habría dado la vuelta para aplaudir las propuestas de Sánchez, convertido en diana en funciones

Horario de reality show para un debate que explota más la previa y los comentarios posteriores que su propia chicha y que representa una España plurinacionalmente castrada. El despliegue mediático transmite la trascendencia a la que aspiran los candidatos, que no es forzosamente la que les concederán las urnas. El esfuerzo por atrapar a los espectadores antes de que se duerman invita a recordar una maldad que circulaba antes del debate de candidatos de Quebec: “Ganar un debate contra un genio es difícil. Ganarlo contra un idiota es imposible”.

Plató metálico con aires de metacrilato y, como anfitriones, los eficaces Vicente Vallés y Ana Blanco, que son a la actualidad lo que Uribarri era a Eurovisión. Los primeros minutos, vibrantes, fueron nefastos para Pedro Sánchez, asfixiado por sus flácidas propuestas sobre Catalunya, desactivadas por a) la habilidad vehemente de Pablo Casado, en modo Bruce Lee b) la torrencialidad castrense y descorbatada de Santiago Abascal, situado en una distopía regresiva peligrosamente verosímil c) el pedazo de adoquín esgrimido por Albert Rivera, homenaje con toque a Eixample a Manuel Valls y d) el oficio dialéctico de Pablo Iglesias para recoger, cual coche escoba, las incongruencias de los demás.

 

El debate quedó marcado por una media hora vibrante (y alarmante) sobre la situación en Catalunya

Si fuera una audición a ciegas del programa La Voz , ningún miembro del jurado se habría dado la vuelta para aplaudir las propuestas de Sánchez, convertido en diana en funciones. La letra y la música de lo que vimos transmitía el tono de rabiosa discordia tan habitual en las tertulias y una variedad de patriotismos que competían, como diagnosticó Iglesias, para ver quién propone la medida más dura para Catalunya. La estrategia emergió como una evidencia: se trataba de halagar al votante indeciso procurando no ofender demasiado al votante deciso . Y de nuevo vampirizando todos los problemas graves del país, largamente desatendidos por la ineptitud de los gobiernos de aquí y de allí, Catalunya, coartada en el contenido y la forma de todas las intervenciones, con una variedad de agresividad retórica tan sintomática como alarmante.

¿Propuestas? Aplicar el artículo 155 o leyes de excepcionalidad y, desde el otro lado, las vaguedades que no sólo no han resuelto la cuestión sino que siguen alimentando la amenaza de colapso civil. Ahogados por esta catalanización de la actualidad, el debate quedó marcado por el abismo entre los problemas racionales de la economía o el empleo y las emociones, tan rentables en fase electoral, que genera todo lo relacionado con Catalunya.

El uno x uno

Del estilo de cada candidato, intento hacer un uno por uno.

Sánchez: desconcertado, como si acabara de descubrir la vulnerabilidad de tener que explicarse fuera de la Moncloa, refugiándose en la placidez solemne de un tono enfáticamente presidencial.

Casado: impetuoso y consciente de que, además de combatir a Sánchez, tenía que sabotear las incursiones de Rivera y Abascal y, al mismo tiempo, vender promesas con la suficiente convicción para no parecer menos demagogo que los demás.

Rivera: agobiado por la propia conciencia de percibir que su propia cuenta atrás como gran promesa de la derecha liberal se acaba.

Abascal: muy eficaz a la hora de aprovechar el factor de la novedad y sus virtudes patrióticamente hiperbólicas y más justito en el resto.

Iglesias, virtuoso de la retórica por aspersión (con algún patinazo), muy cómodo a la hora de aprovechar una situación tan buena para sus intereses: ser, en teoría, el único candidato de izquierdas de un debate en el que, en la práctica, había tres candidatos de derechas. Como mínimo.

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