Cristina Kirchner enmudece ante una Argentina que se encamina a una gran crisis

Cristina Kirchner enmudece ante una Argentina que se encamina a una gran crisis

La vicepresidenta no ha dicho ni una palabra sobre la crisis del coronavirus, lo que está dando una oportunidad a Alberto Fernández para reforzar su autoridad y su imagen presidencial.

Es la segunda autoridad del Estado, y si Alberto Fernández tuviera un problema, el gobierno de Argentina estaría por tercera vez en sus manos. Pero Cristina Fernández de Kirchner está irreconocible, es una vicepresidenta llamativamente muda: no ha dicho palabra alguna acerca de la crisis del coronavirus. Ni una.

Cristina no habla, pero está. Tras ir a buscar a su hija Florencia a Cuba, regresó al país el domingo 22 de marzo, cuatro días antes de que Fernández decidiera el cierre total de fronteras, que mantiene a unos 15.000 argentinos varados en aeropuertos, hoteles y fronteras sin poder regresar a sus hogares. La vicepresidenta debe completar aún la cuarentena por haber viajado al exterior, pero una vez que la finalice se espera que retome la primera linea política.

"Estaba hablando con Cristina", dijo días atrás Fernández en el inicio de una entrevista repleta de halagos que le dedicaron en la Televisión Pública. Qué se dijeron permanece como un misterio, pero al menos se ratificó que hablan, que es algo que siempre se encarga de recalcar el presidente, elegido como candidato del peronismo por Cristina hace apenas diez meses.

"El silencio de Cristina es prudente, le da aire al presidente y legitimidad a la hora de pedir esfuerzos excepcionales", dijo a EL MUNDO el politólogo Augusto Salvatto. Cristina también saca ventajas de la crisis: nadie habla ya de sus múltiples causas judiciales por corrupción.

Así, la crisis del coronavirus se está convirtiendo en una inesperada y extraña oportunidad para Fernández de reforzar su autoridad y su imagen presidencial tras un errático inicio de mandato. Y la está aprovechando. No es solo el líder de la estrategia para controlar los efectos de la pandemia, sino que es, además y sobre todo, el "comunicador en jefe". Es Fernández el que se muestra liderando todo tipo de reuniones y el que desde hace ya semanas encara un raid de entrevistas radiales y televisivas. A veces trastabilla, como cuando habló de que las bebidas calientes neutralizaban el virus, o cuando proponía que el torneo de fútbol local continuara, pero la estrategia de crear una "épica Albertista" es evidente. A diferencia del mexicano Andrés Manuel López Obrador, su aliado político, y del brasileño Jair Bolsonaro, su némesis, Fernandez fue claro: elevó al coronavirus a prioridad y peligro nacional e impuso medidas duras con bastante antelación, cuando las cifras de afectados rondaban apenas el centenar. Y la sociedad lo siguió y se plegó a a cuarentena.

Las cifras son sin embargo un problema, porque no son reales: la Argentina es el país de la región que menos tests realiza en proporción con su población, apenas 600 por día, según la número dos del Ministerio de Salud, Carla Vizzotti. Así, la fotografía de 966 casos y 24 muertos está desenfocada. Mientras llegan los reactivos y los respiradores -que en parte se fabricarán en Argentina-, Fernández revela que Pedro Sánchez le confía los problemas de suministros de "insumos básicos" que afronta España y opta por el lenguaje duro: calificó de "miserables" a los empresarios que despiden trabajadores, los conminó a "ganar menos" y define como "idiotas" o "tontos" a los que violan la cuarentena. "Estoy buscando dónde vive ese señor para encerrarlo personalmente yo, para que todo el mundo entienda que no se puede ser tan estúpido y poner en riesgo a la gente", llegó a decir.

"Pareciera que empieza a haber la necesidad de encontrar un chivo expiatorio para nuestros males", destacó el analista político Carlos Pagni. El debate recién empieza, pero con una Argentina que ya venia en recesión y que está al borde de la cesación de pagos, la amenaza de una crisis devastadora preocupa, y mucho. En los suburbios de las principales ciudades del país hay altos niveles de pobreza. El pedido de distanciamiento social y lavado constante de manos es casi un sarcasmo allí, en barrios donde varias personas viven apretujados en una habitación sin agua corriente ni cloacas. A su vez, las filas ante los bancos y los cajeros para cobrar jubilaciones y ayudas sociales son larguísimas en un país que se sigue manejando en buena parte con dinero en efectivo.

En estos días, muchos argentinos recordaron la portada de la revista "Gente" que, en plena Guerra de las Malvinas, titulaba "Estamos ganando" y "Seguimos ganando". Aquellos autoengaños de 1982 terminaron con una derrota devastadora y la caída de la dictadura militar. Hoy, en medio de otra crisis nacional, Fernández se complica con frecuencia al hablar de más: "Los primeros resultados parecen indicar que estamos dominando al virus", dijo en una conversación en Instagram Live con el cantante Residente, de Calle 13. Esa misma noche, en diversos barrios del país en cuarentena se escucharon los primeros cacerolazos: los vecinos reclamaban que, tal como decidió Luis Lacalle Pou en Uruguay, los funcionarios públicos se rebajen los sueldos, comenzando por el propio presidente. El recorte en Uruguay es de entre un 10 y un 20 por ciento para nutrir un "fondo coronavirus". En Argentina, con el peligro de que se encienda la mecha de la "antipolítica", son muchos los que piden más: reclaman entre un 30 y un 50 por ciento.

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