Corbyn dice sí a otro referéndum

Corbyn dice sí a otro referéndum

El líder laborista cambia de idea ante el peligro de una rebelión interna

Finalmente, después de una resistencia numantina, el líder laborista Jeremy Corbyn ha dado su bendición a un segundo referéndum sobre el Brexit. Para ello ha hecho falta que nueve diputados abandonaran el partido en protesta contra su gestión la semana pasada, que fracasara su intento de forzar unas elecciones generales y que May, aunque no se llame ni Thelma ni Louise, haya confirmado más allá de toda duda razonable que está dispuesta a llevar al país al borde del precipicio, para dar entonces a elegir al Parlamento entre su acuerdo y el caos.

Los sucesos han empezado a precipitarse desde la formación de un grupo parlamentario independiente con pretensiones de convertirse en un partido proeuropeo de centro. Corbyn, a pesar de su escepticismo y ante el peligro de una avalancha de dimisiones, no podía quedarse más tiempo con los brazos cruzados, confiando en que los tories se estrellaran con el Brexit y desaparecieran del poder durante una generación mientras el Labour se lavaba las manos. No le ha quedado otra opción que respaldar, a regañadientes, otra consulta.

Theresa May ha aplazado hasta el 12 de marzo –diecisiete días antes de la salida– la votación del acuerdo de retirada con las modificaciones que está negociando con Bruselas, pero mañana se van a someter a consideración dos enmiendas. Una, con buenas posibilidades de éxito, para forzar una prórroga que evite una salida desordenada si el Parlamento vuelve a rechazar las propuestas de la primera ministra (un centenar de conservadores, entre ellos cuatro ministros, la apoyan). Otra, con la visión del Brexit del Labour, que consiste en la permanencia en la unión aduanera y una fuerte vinculación con el mercado único. Es casi seguro que sea rechazada, porque los tories no pueden refrendar el plan de Corbyn a expensas del suyo, aunque no lo tengan o tengan tantos y tan contradictorios que es como si no lo tuvieran.

Una vez derrotada la enmienda laborista mañana, la oposición se decantará en favor del segundo referéndum, aunque falta por perfilar cómo. Puede ser respaldando el mismo día 12 la iniciativa de los diputados Phil Wilson y Peter Kyle de aprobar el acuerdo de May con Bruselas, con la condición de que luego los votantes escojan entre él y la permanencia en la UE. Pero Corbyn es alérgico a dar su apoyo a nada que lleve la firma de la primera ministra o sea la criatura del Gobierno, con lo cual es probable que busque de aquí a entonces una fórmula alternativa.

May, con el pie cambiado igual que Corbyn por el desarrollo de los acontecimientos y el peligro de una rebelión, se plantea descartar ella misma hoy o mañana una salida desordenada, y tal vez pedir una prórroga de un par de meses, y así evitar que el Parlamento le quite las riendas del Brexit.

Su arriesgada estrategia es poner a los euroescépticos en el dilema de aprobar su plan aunque no les guste, por aquello de que mejor pájaro en mano que ciento volando, o arriesgarse a un segundo referéndum o una prorroga en la que podría pasar cualquier cosa.

Mientras, los nervios aumentan en Bruselas, dónde se contempla con gran desconfianza la aparente parsimonia de May para conseguir sumar apoyos a una alternativa en positivo para el Brexit. Viendo cada vez más cerca el abismo, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, abrió ayer de par en par las puertas a una posible prórroga del Brexit para evitar una salida caótica, y las consecuencias que tendría.

“Para mí, es absolutamente evidente que no hay mayoría en la Cámara de los Comunes para aprobar un acuerdo –dijo Tusk después de entrevistarse con May en Sharm el Sheij–. Estamos delante de esta alternativa: o un Brexit caótico o una prórroga. Cuanto menos tiempo queda hasta el 29 de marzo, mayores son las probabilidades de una extensión… creo que en la situación actual una prórroga sería la solución racional”.

Con estas palabras, Tusk no sólo abrió la puerta a la prórroga, sino que además, empujaba a la primera ministra británica para que la cruzara, pero de momento sin éxito. Él mismo lo reconocía (“La primera ministra aún cree que es capaz de evitar ese escenario”), y May lo certificó cuando dijo que retardar el Brexit no solucionaría los problemas, sólo los aplazaría. “Lo importante es precisamente lo que la palabra ‘retrasar’ significa. Sólo retrasa el momento en el que hay que tomar la decisión”, añadió la primera ministra.

Son los contactos que May mantuvo con Tusk por un lado, y con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker por otro, en los márgenes de la cumbre entre la UE y la Liga Árabe en Sharm el Sheij, y que seguirán hoy en Bruselas con reuniones entre el representante europeo en estas conversaciones, Michel Barnier y los negociadores británicos.

Nadie confía demasiado ni en el mensaje optimista de May cuando dice que el acuerdo “está al alcance de la mano”, ni tampoco en la escueta declaración de Juncker de que “estamos haciendo buenos progresos”. Parecen más coletillas para mantener viva la llama que no auténticos avances, y como avisa el primer ministro holandés, Mark Rutte, corren peligro de “caminar como sonámbulos” hacia el fracaso de las negociaciones.

Cuando falta tan poco para la fecha de salida del Reino Unido de la Unión Europea, llevamos semanas sin que se mueva nada, con las posiciones enrocadas. Mañana, los negociadores seguirán trabajando en tres áreas: la declaración política, las opciones alternativas para el futuro y la posibilidad de garantías adicionales para la salvaguarda para la frontera irlandesa. Pero, en este terreno las dos concesiones que querría May, sea fijar un límite temporal a la salvaguarda o permitir al Reino Unido abandonarla por decisión unilateral, son inaceptables.

En cambio, la UE sí que está abierta a dar más tiempo para que puedan desarrollarse las negociaciones. Lo formalizó ayer de manera pública y clara Donald Tusk, pero es la idea que se ha trasladado a May desde hace semanas. Prorrogar una semanas no sería un problema. Es una decisión que debe primero solicitar Londres y luego los 27 aceptarlo por unanimidad, y sería relativamente fácil si no va más allá del 2 de julio, la fecha en que se debe constituir el próximo parlamento europeo. Si la extensión va más allá todo se complica, y se abre un debate jurídico pero sobre todo político de si en el próximo parlamento debe haber eurodiputados británicos, es decir, de un país que está en proceso de salida.

Jaume Masdeu y Rafael Ramos

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