Con una “complementariedad productiva gigantesca”, están dadas las condiciones para arrancar la negociación de un TLC con China

Con una “complementariedad productiva gigantesca”, están dadas las condiciones para arrancar la negociación de un TLC con China

El estudio de factibilidad que por estos días iniciarán los gobiernos de Uruguay y China mostrará que las condiciones son óptimas para que negocien un tratado de libre comercio (TLC). De eso dice no tener ninguna duda Álvaro Lalanne, un economista hoy dedicado a la consultoría para la Cepal y otros organismos, además de docente de Teoría de Comercio Exterior e Integración en la Universidad de Montevideo. ―Hay una complementariedad productiva gigantesca‖.

Aunque menos mediático que otros analistas, Lalanne tiene currículum como para darle crédito a su opinión: pasó por la Secretaría del Mercosur, fue negociador trabajando en la Asesoría Comercial del Ministerio de Economía entre 2008 y 2012, y después estuvo en la Comisión Interministerial para Asuntos de Comercio Exterior.

Para él, la administración de Luis Lacalle Pou ―sabe que si se hace el TLC se anota un punto‖ político, por lo que sería lógico pensar en que querrá apurar el paso y completar la eventual negociación en pocas rondas, también porque el mandato de Jair Bolsonaro en Brasil —un aparente aliado interno en el Mercosur— está en su tramo final (2022). Sin embargo, cree que el impacto económico para Uruguay de un acuerdo con los chinos sería menor al que tuvo en su momento la creación del Mercosur, hace 30 años. Este TLC tampoco ayudaría mucho a modificar la matriz productiva y comercial del país.

De las connotaciones geopolíticas, el posible ―enfriamiento del teléfono‖ con los vecinos, las ―sensibilidades‖ económicas y los eventuales lobbies internos (ver recuadros), habló con Búsqueda.

—Antes, con el gobierno de Tabaré Vázquez —ideológicamente más afín— los chinos no quisieron negociar un TLC con Uruguay. ¿Le sorprendió que ahora sí estén dispuestos a considerarlo?

—Sí. No soy experto en relaciones internacionales, pero veo que tienen una visión distinta a la de hace algunos años. No tanto de Uruguay, sino de la región y sus alianzas

Puede sonar un poco cruel: en algún momento el mundo compró el paquete de los Brics, pero en realidad el actor que cambió todo es China. Allí, en Asia-Pacífico, está el centro gravitatorio, aunque igual necesitan tener relaciones en todo el mundo.

El interés obviamente no es tanto lo que pueden ganar comercialmente —somos cuatro contenedores—, sino más bien tener un aliado en el Atlántico Sur y quizás ver cómo reacciona Brasil; junto con Argentina, son dos mercados donde el premio por entrar todavía es grande, porque son protegidos.

Sin dudas un acuerdo entre China y Uruguay va a modificar las discusiones de política comercial de Argentina y Brasil. Ese es el primer efecto; habrá productores o industriales que dirán: ―Miren cómo Uruguay es un país moderno que realmente se abre y va a exportar lo que nosotros exportamos‖. Tendría más fuerza ese discurso. Pero estamos todavía en la etapa de estadio de prefactibilidad y no hay nada más concreto que eso.

Para mí todavía es un enigma cómo se parará Brasil diplomáticamente si empieza a negociarse un TLC. Tiene dentro una pulsión más Itamaratí, de interceder y mostrar a China metiéndose en su patio trasero. Pero, por otro lado, hay un Brasil que no es el clásico Itamaratí-Fiesp (la Federación de Industrias del Estado de San Pablo) —el que fundó el Mercosur y mantuvo su statu quo—, con voces más aperturistas de mucho peso que pueden ver una oportunidad en esto para modificar también la política comercial brasileña.

—¿Visualiza un escenario con un eventual TLC bilateral entre Uruguay y China o una negociación junto con el Mercosur?
—En un primer momento el Mercosur no se va a subir. No veo a Argentina y a Brasil con el capital político para embarcarse ahora en una negociación con China.

—Entonces, ¿qué implicancia tendría que Uruguay negocie solo?
—Uruguay no va a romper explícitamente con el Mercosur; no tiene ningún sentido que lo haga. Y el paso de represaliar a Uruguay por negociar con China no sería algo explícito, sino como ha ocurrido en los últimos años.

¡Es que tan zona de libre comercio es el Mercosur que el acceso de China a Argentina y a Brasil no se modificaría en nada con un acuerdo con Uruguay! Hoy una empresa uruguaya trae insumos de China en admisión temporaria sin pagar aranceles, los transforma y, si se cumple la regla de origen, el producto cruza la frontera y se vende en los mercados argentino y brasileño. Después del acuerdo sería exactamente lo mismo.

La hipótesis de máxima es que se produzca un enfriamiento del teléfono permanente que hay entre los ministerios de Uruguay y los de los socios para tratar de solucionar los problemas. Y en función del relacionamiento en ese momento, habrá más probabilidades o no de enfrentar barreras no arancelarias. No hay ninguna norma incorporada en el procedimiento jurídico del Mercosur que haga caer las preferencias concedidas.

—Desde el enfoque geopolítico, ¿acordar con China supondría para Uruguay distanciarse de Estados Unidos, otro socio relevante? ¿Tendría consecuencias?
—No veo que un TLC sea algo que pase así nomás por el radar de Estados Unidos y sí puede haber un problema allí. Imagino que es algo que preferiría que no ocurriera. Además, el gobierno de Lacalle Pou no es que esté en el bloque de, digamos, el progresismo moderno que en parte integra (Joe) Biden.

—¿Qué tipo de TLC negocian los chinos?
—No soy un estudioso de los TLC, aunque he leído algunos. Por lo que pude ver, lo que hace China es introducir un margen de variabilidad y no tiene un formato rígido como la Unión Europea o Estados Unidos a partir del cual hacen pequeñas modificaciones. Los tratados de los chinos son más bien clásicos. En ese sentido, desde el punto de vista defensivo puede ser más aceptable para Uruguay; algunos TLC tienen ciertas disposiciones —sobre todo en servicios— que comprometen más.

—Dada la actual estructura productiva y del comercio bilateral con China — concentrada en carne, leche, soja y algún otro rubro—, ¿qué cabe esperar que muestre el estudio de factibilidad?

—Que hay una complementariedad productiva gigantesca entre Uruguay y China. Hay que pensar esto un poco más atrás. Hay un desacople de Uruguay de los vecinos y una trayectoria un poco mejor explicada por esa complementariedad, porque China, por muerte, es el elemento disruptivo central en el comercio mundial. Es difícil encontrar un mercado más importante para las exportaciones uruguayas, y como origen de las importaciones, China también es muy relevante. Los intereses defensivos de Uruguay en un acuerdo con China son mucho menores que los que podrían tener otros agroexportadores, como Brasil o Argentina. Desde ese lado, el TLC pasaría cualquier test de prefactibilidad.

—¿No le cabe duda de que el estudio señalará que un tratado sería globalmente positivo?
—Sí, sí. Que hay condiciones para arrancar una negociación.
—No todos ganarían. ¿Cuáles son las potenciales amenazas?
—Veo tres tipos de sensibilidad que puede tener la estructura uruguaya frente a un TLC con China.
Por un lado, hay producción orientada al mercado local que se podría ver afectada por la entrada de mercaderías chinas. Otra sensibilidad también defensiva es la de la industria de exportación uruguaya destinada al Mercosur que se beneficia del statu quo actual. Este grupo está más organizado que el primero, a través de la Cámara de Industrias, que siempre tiene posturas muy prudentes respecto de la política comercial.

Hay un tercer conjunto de actores que pueden ver una amenaza latente en la provisión de bienes relacionados con propiedad intelectual, por ejemplo, como los laboratorios, o con los servicios, como las telecomunicaciones o los financieros. Desde esa perspectiva, su apuesta podría ser que este TLC sea más parecido a uno clásico, de bienes por bienes, en vez de uno moderno. De todos modos, no veo a China como ofensivo en materia de servicios en sus tratados.

—Por lo que dice, un eventual TLC con China no contribuiría a modificar la estructura productiva uruguaya, de base primaria.
—Es difícil pensar que China, en términos de bienes, nos demande otro tipo de productos.
Dada la complementariedad que tenemos, todo lo que esté basado en recursos naturales lo van a comprar —salvo que tengan alguna protección por políticas domésticas—, más allá de que parte de la oferta comercial de Uruguay es bastante inelástica: no es posible aumentar el rodeo (ganadero) de manera exponencial.
Más allá de eso, siempre ocurre que los acuerdos crean oportunidades. Otra consecuencia de un acuerdo sería que se reduzca el desvío de comercio: habría una ganancia por comprarle a un proveedor más eficiente que el Mercosur.

—Si hubiera un TLC, ¿no sería riesgoso concentrar todavía más el comercio con China, que ya es el principal socio?
—Siempre es mejor tener el comercio diversificado, por lo que sí, es un riesgo a evaluar, incluso a nivel de las propias empresas. Pero China es gigante y, por lo tanto, parece un poco más estable.

—Comparado con lo que significó el Mercosur, ¿qué relevancia tendría para Uruguay ese TLC?
—Los acuerdos no liberalizan todo y mantienen sensibilidades. Y Uruguay tiene su canasta de exportaciones concentrada en algunos pocos productos; basta con que esos rubros no tengan una liberalización muy efectiva para que el acuerdo no sea tan provechoso. Estábamos muy entusiasmados con el tratado con la Unión Europea, pero en términos de acceso para los bienes que exportamos no era una revolución.
Suponiendo que tuviéramos un acuerdo con China que realmente abata los costos del comercio, no lo compararía con lo que fue el Mercosur, que en términos productivos tuvo muchísima repercusión para Uruguay.

Un acuerdo con China no creo que llegue a ese nivel ni que nos cambie tanto en cuanto al consumo de productos chinos, que ya lo hacemos.
Sí lo veo como un hito en el sentido de una nueva etapa para el Mercosur.

Los “lobbies” y el “punto” que se anota el gobierno si acuerda con China
—Identificar los posibles impactos es la parte ―relativamente más fácil‖, y el resultado ―inmediatamente embrollará todo el resto del trabajo porque desatará el griterío de los potencialmente perjudicados (los ‗ganadores‘ no suelen gritar con igual estridencia, y el resto de la sociedad, ni fu ni fa)‖, escribió el exministro de Economía blanco Ignacio de Posadas en Cartas al director publicada hace pocos días en Búsqueda. ¿Cómo jugarán los lobbies si se llega a la etapa de negociación con China?

—Es esperable que los lobbies ofensivos se hagan sentir más de lo que lo hicieron en anteriores negociaciones.
—Los ganaderos, la industria frigorífica.
—Sí, sí. Porque, además, el gobierno les pide eso. Cuando se negociaba con la Unión Europea me sorprendía la posición bastante escéptica por parte de sectores que parecería interesarles el acuerdo, como los lácteos. Ahora creo que van a jugar más, porque es ganar-ganar: es apoyar un acuerdo y es apoyar a un gobierno por lo que está haciendo. El gobierno sabe que si se hace el TLC se anota un punto, totalmente.

Los lobbies defensivos siempre saltan más. Hay una tradición de pararse firme sopesando más las cosas que se podrían perder que las posibles ganancias. Para la Cámara de Industrias, no mostrar un entusiasmo muy alto es una manera de ganar poder de negociación.

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