China acelera los contactos para aprobar el gran acuerdo de inversiones con la UE

China acelera los contactos para aprobar el gran acuerdo de inversiones con la UE

Tras siete años de negociaciones, el plazo para cerrar un nuevo pacto comercial termina el jueves

Cuatro días escasos le restan al año, pero en esa zona de nadie comprendida entre Navidad y Nochevieja el tablero de la geopolítica mundial todavía podría registrar un último movimiento. Se trata del acuerdo de inversiones entre China y la Unión Europea. Sus negociaciones se remontan a 2014 y el plazo oficial para su consecución termina el próximo jueves. Estados Unidos, el ausente en este juego a tres, permanece a la expectativa.

Los plazos apremian. China aspira a concluir el proceso antes de que Joe Biden se instale en la Casa Blanca, dentro de poco más de dos semanas, lo que podría dar comienzo a una mayor coordinación a ambos lados del Atlántico. Por ello, el gigante asiático ha aumentado la presión diplomática en el tiempo de descuento. La víspera de Nochebuena el primer ministro Li Keqiang llamó por teléfono al presidente del Gobierno Pedro Sánchez, así como a su homólogo holandés Mark Rutte, con la intención de recabar su apoyo.

Esperamos que la UE siga proporcionando un entorno comercial justo, abierto y no discriminatorio para las empresas chinas”, comentó Li a Sánchez, según recogía la agencia de noticias Xinhua. El primer ministro alabó la “sana y estable” relación bilateral, trayendo a colación la visita oficial de Xi Jinping en 2018, la primera de un jefe de Estado chino en trece años. “China desea trabajar con España para consolidar la confianza política mutua y profundizar la cooperación en varios frentes”, afirmó, asegurando también que su país dará la bienvenida a una mayor importación de productos agrícolas españoles, “de alta calidad”.

Li subrayaba así uno de los grandes atractivos del acuerdo: la disposición de China a realizar concesiones y dar pasos adelante en la apertura de su economía a los actores europeos. “Xi parece haber instruido a su equipo a hacer generosas cesiones para completar un acuerdo tras la victoria de Joe Biden en las elecciones presidenciales”, apuntaba Emre Peker, Director para Europa de la consultora Eurasia, en un informe reciente. “El foco principal reside en el acceso a los mercados y la protección de la propiedad intelectual. Los europeos también citan progresos significativos en cuestiones estructurales como la transparencia de los subsidios y la definición [legal] de las grandes empresas estatales”.

El Gobierno ya estaría acomodando su marco legal para acoger estos nuevos cambios. La semana pasada, la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma y el Ministerio de Comercio promulgaron de manera conjunta las bases de una nueva regulación para la inversión de capital extranjero. China ambiciona, a cambio, una mayor participación en dos sectores clave en suelo europeo: energías renovables y tecnología.

La propuesta cuenta con la bendición de la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, pero no todo el mundo la considera conveniente. Una carta abierta publicada en los últimos días por un colectivo de académicos europeos advertía de que “a pesar de siete años de duras negociaciones, este texto solo es un modesto paso adelante en la promoción de la reciprocidad”. “Concluirlo ahora sería una victoria simbólica para China y dificultaría a Europa participar en cuestiones críticas en el futuro. Las concesiones de China son pequeñas mejoras en términos de acceso de mercado. Pero el borrador del acuerdo fracasa a la hora de avanzar de manera comprehensiva en la apertura económica y [el establecimiento de] reglas claras y vinculantes”.

La polémica de los trabajos forzosos

El mayor de los obstáculos son los derechos laborales. En esa dirección apuntaban unas declaraciones recientes del ministro delegado francés, Franck Riester. “No podemos facilitar la inversión en China sin un compromiso para prohibir los trabajos forzosos”, señaló en una entrevista con Le Monde. “Muchos países comparten nuestra posición, como Bélgica, Luxemburgo y Holanda. Sé que Alemania también sigue estas cuestiones”. La exigencia básica pasa por que China firme las convenciones fundamentales reconocidas por la Organización Internacional del Trabajo.

La preocupación por este tema ha aumentado después de que hace dos semanas saliera a la luz un informe del laboratorio de ideas estadounidense Center for Global Policy. Este documento denunciaba los trabajos forzosos a los que son sometidos cientos de miles de personas de etnia uigur en la cadena de producción del algodón en la provincia de Xinjiang. El Parlamento Europeo reaccionó con un comunicado en el que “condenaba con rotundidad” esta práctica gubernamental y llamaba a la imposición de sanciones contra responsables políticos chinos y empresas estatales involucradas.

Pese a todo, lograr un mayor acceso a la segunda economía mundial en un año de números rojos a causa de la pandemia es una golosina para muchos. Este acuerdo, por otro lado, reforzaría la “autonomía estratégica” —o “soberanía europea”, en palabras de Macron— ante el unilateralismo que ha caracterizado la política exterior de EE UU hacia China, perjudicando los intereses comerciales europeos.

Se espera que esto cambie con la llegada al poder de Biden. Su futuro consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, publicó esta semana un tuit reiterando el mensaje. “La Administración Biden-Harris agradecería consultas por adelantado con nuestros socios europeos sobre nuestras preocupaciones comunes en torno a las prácticas económicas de China”. Un mensaje sutil, ya que Sullivan no puede llevar a cabo acciones en materia de política exterior antes de acceder al cargo de manera oficial. Hasta entonces y aunque no lo parezca, cada segundo cuenta.

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