Brasil, de bróker de la paz a socio de la guerra

Brasil, de bróker de la paz a socio de la guerra

27/01 - 18:53 - Diez años después de negociar un acuerdo con Irán, Brasil ya es el aliado incondicional de Trump y Netanyahu

Hizo falta una llamada desde la embajada israelí la semana pasada para convencer a Jair Bolsonaro de que despidiera a su secretario de Cul­tura, que acababa de pronunciar un discurso plagiado de Joseph Goebbels con banda sonora de Richard Wagner. Lógicamente, el discurso nazi levantó alguna ampolla en la embajada israelí y en el Club Hebraica de Río, donde el segmento más conservador de la comunidad judía brasileña ovacionó a Bolsonaro en un mitin del entonces candidato durante la campaña electoral.

Pero las excelentes relaciones entre Bolsonaro y el Estado judío no se verán muy afectadas. A fin de cuentas, el presidente de ultrade­recha ha reinventado la política exterior de Brasil para que sea calcada a la de Estados Unidos. El último ejemplo del respaldo brasileño a Washington Tel Aviv fue el apoyo incondicional que dio Bolsonaro a la decisión de Donald Trump de asesinar al militar iraní Qasem Soleimani. Israel y Brasil fueron los únicos estados que respaldaron de manera tan entusiasta el asesinato.

 

Bolsonaro “comete el error trágico de ser el aliado menor de una potencia agresiva”, afirma Celso Amorim

Por si quedaba alguna duda respecto a la lealtad de Bolsonaro a Washington, Brasil se ha retirado de las dos organizaciones multila­terales en Sudamérica que excluían a EE.UU. Primero Unasur y ahora la Celac. Días después del apoyo ­brasileño al asesinato de Soleimani, Trump anunció que respaldaría la incorporación de Brasil a la OCDE. Incluso se plantea su entrada en la OTAN. “Estamos en el camino de ser una gran nación”, dijo Ernesto Araujo. el ministro neoconservador de Asuntos Exteriores, cuyos discursos ultranacionalistas sobre el peligro del globalismo y el “mar­xismo cultural” a veces recuerdan también a Goebbels.

Pese a ser el quinto país más grande del mundo por su población de 210 millones, Brasil es un peso geopolítico ligero. Pero el giro en favor de Trump en Oriente Medio tiene un enorme valor simbólico. Porque hace justo diez años, el entonces presidente Lula da Silva negoció un acuerdo con Irán que allanó el camino para el firmado por Obama en el 2015. Celso Amorim, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, aseguró en una entrevista conce­dida esta semana a La Vanguardia: “Eso nos lo pidió Obama directamente porque, como él mismo dijo, necesitaba amigos para hablar con quien EE.UU. no podía hablar”. Eso sí, Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado y más próxima que Obama a los lobbies israelíes, tuvo recelos. Amorim y su equipo ne­gociaron durante seis meses con Irán. El acuerdo cumplía con todas las exigencias de Obama, dice Amorim, principalmente, que 1.200 kilos de uranio ligeramente enriquecido se almacenaran fuera del país (en Turquía). Pero al final no apoyó el plan. “Creo que la decisión de retirarse fue motivada más por Hillary Clinton que Obama y tenía que ver con las elecciones y seguramente con las presiones de Israel y ­ciertos lobbies en EE.UU.”, explicó Amorim.

A partir del 2011, conforme Teherán fue elevando su stock de uranio enriquecido, las presiones israelíes para bombardear Irán se hicieron muy fuertes. Obama decidió abrir negociaciones otra vez. Finalmente se anunció en el otoño del 2015 el acuerdo firmado por Irán, EE.UU., Rusia, China, Francia, Alemania y el Reino Unido. Brasil, con el apoyo de Obama, había sentado los cimientos de un acuerdo de paz. Fue el ejemplo de la nueva diplomacia en un mundo multipolar. Por primera vez un país emergente como Brasil podía tomar la iniciativa con el apoyo tácito de todos los grandes.

Diez años después, este mundo se ha puesto al revés. Trump salió del acuerdo con Irán y anunció ­sanciones unilaterales. Y Brasil ha adoptado la misma política. Bolsonaro hasta siguió a Trump con el ­reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, lo que encantó a su base evangélica e islamofóbica.

Pero el apoyo al asesinato de ­Soleimani es mucho peor. Celso Amorim cree que Bolsonaro “está cometiendo el error trágico de ser el aliado menor de una potencia agresiva”. El problema para Brasil es que el mundo es todavía más multipolar ahora que hace diez años. China ha ido acumulado fuerza geopolítica y Rusia ha recuperado algo del peso que tenía la URSS. El comercio brasi­leño con China duplica el comercio con EE.UU. Bolsonaro, que visitó Pekín en octubre, abandonó su retórica antichina al comprobar que las únicas petroleras interesadas en la subasta de sus campos petrolíferos en el Atlántico eran chinas.

Además de apoyar la entrada de Brasil en la OCDE, Washington se ha mostrado dispuesto a levantar algunas restricciones sobre la importación de carne brasileña (en cantidades reducidas, Trump tiene que lidiar con el lobby agroindustrial). Pero es una victoria simbólica para Ernesto Araujo, que ha arremetido contra las denuncias de la deforestación amazónica –en parte a fin de crear pasto para el ganado– como un complot medioambientalista contra la carne brasileña.

La entrada en EE.UU., sin em­bargo, no compensará la pérdida de mercados que puede provocar el apoyo a Trump y a Israel. Cuando Bolsonaro dijo que trasladaría su embajada de Tel Aviv a Jerusalén, tuvo que dar marcha atrás ante el peligro de perder su cuota del mercado árabe. Brasil es el principal proveedor de carne halal; los países musulmanes importan el 37% del pollo y el 27% de la carne de buey, y el 70% de todo el azúcar exportado por Brasil. Tampoco compensará la probable perdida de la cuota del mercado chino para la soja y la carne debido al acuerdo alcanzado entre China y EE.UU., en el cual Pekín se ha comprometido a importar más alimentos estadounidenses.

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