Boris Johnson lleva a su "Reino Unido Global" a una crisis de imagen internacional

Boris Johnson lleva a su "Reino Unido Global" a una crisis de imagen internacional

El primer ministro británico hunde la confianza mundial en el país al amenazar con incumplir unilateralmente sus pactos con la Unión Europea. La cumbre de Glasgow corre riesgo de ser un fiasco diplomático

De todas las crisis que se acumulan a las puertas de Downing Street hay una de proyección internacional: la crisis de confianza. "La escena mundial está perdiendo la confianza en el Reino Unido", titulaba esta semana un editorial de The EveningStandard, que destacaba el "modo petulante" con el que Boris Johnsonpretende "renegar de sus pactos cuando apenas se ha secado la tinta".

Todos los reflectores apuntan estos días al Protocolo de Irlanda, la espina clavada del Brexit. Al tira y afloja con la Unión Europea se han sumado las tensiones sin precedentes con Francia y la grieta que se ensancha día tras día en el Canal de la Mancha. Johnson da la espalda a sus socios más cercanos y se lanza a la aventura del Indo-Pacífico con la alianza Aukus, buscando la cercanía imposible de EEUU y Australia.

Sus últimos e imprevisibles movimientos están teniendo ya consecuencias: el presidente chino Xi Jinping podría ausentarse de la COP26 de Glasgow, según The Times. Todos los esfuerzos por convertir la cumbre del cambio climático en el escaparate de la "Gran Bretaña Global" pueden saltar por los aires si el evento es un fiasco diplomático.

EUROPA
El Protocolo de Irlanda es la patata caliente de la política exterior británica. El texto contenido en el acuerdo del Brexit establece que el Ulster, a diferencia del resto del país, sigue alineado con el Mercado Único (para evitar la vuelta a la frontera dura en la isla). Esto supone la creación de lo más parecido a una aduana interior entre Gran Bretaña e Irlanda del Norte, con controles de la UE en Belfast y otros puertos que han causado problemas de suministros y exacerbado el malestar social.

Según confesó esta semana su ex estratega Dominic Cummings, la intención de Johnson fue siempre "anular" el Protocolo, pese a haberlo firmado precipitadamente y por razones electorales. Los políticos unionistas han recordado que el premier les prometió lo mismo. Las revelaciones dieron pie a unas contundentes declaraciones a la cadena RTE del ex primer ministro irlandés Leo Varadkar, que negoció personalmente el texto con el líder conservador. "Estos comentarios son muy alarmantes porque indicarían que este Gobierno actuó de mala fe. Y ése es un mensaje que necesita oírse en el mundo en un momento en que están negociando nuevos tratados comerciales: este Gobierno británico no mantiene su palabra, ni respeta los tratados que ha firmado".

Tras la oferta de UE de eliminar hasta el 80% de los controles a los productos con destino a Irlanda del Norte, la pelota está en el tejado de Londres, que ahora reclama un cambio esencial en la "gobernanza" del Protocolo, con la supresión de la papel del Tribunal de Justicia Europeo y la creación de un nuevo y neutral sistema de arbitraje.

Por delante quedan tres semanas críticas de negociaciones en las que se decidirá el destino final del Protocolo. Según el Financial Times, el vicepresidente de la Comisión Europea, Maros Sefcovic, mantuvo esta misma semana una reunión sobre planes de contingencia ante una posible guerra comercial, en el caso de que el Reino Unido opte por activar el Artículo 16 y suspender unilateralmente el Protocolo.

Anand Menon, director de UK in a Changing Europe, advierte sin embargo de que aún hay tiempo para corregir la "trayectoria de colisión", que recuerda a los momentos más críticos de la negociación del Brexit.

FRANCIA
Las relaciones franco-británicas atraviesan el peor momento en décadas. Los analistas se remontan a 1963, cuando Charles de Gaulle frustró con un sonoro "non" el intento del conservador Harold Macmillan de meter al Reino Unido en la Comunidad Económica Europea. Ahora es el premier británico quien desbarra en franglés -prenez un grip- y el inquilino del Elíseo quien vuelve a fustigar al vecino, esta vez por marcharse de la UE a la francesa (el mundo al revés).

A la falta de química entre Boris Johnson y Emmanuel Macron, tan patente durante la "guerra de salchichas", se une ahora el conflicto pesquero por las licencias post Brexit, la crisis de los más de 15.000 inmigrantes que han cruzado este año el Canal de la Mancha y la "puñalada en la espalda" por la alianza Aukus (que se tradujo en una pérdida de 52.000 millones de euros en contratos militares para Francia).

El ministro de Interior, Gérald Darmanin, ha acusado a su homónima, Priti Patel, de "chantaje financiero" y de auspiciar "medidas inhumanas y contrarias a las leyes marítimas". El ministro de Exteriores, Jean-Yves Le Drian, criticó "el oportunismo constante" de Boris Johnson, percibido en Francia como un líder populista, cortoplacista y nada fiable a lo Donald Trump.

La prensa conservadora británica ha elegido entre tanto a Emmanuel Macron como el nuevo chivo expiatorio y tacha a Francia de "Estado hostil", recordando la amenaza de cortes eléctricos y bloqueos pesqueros a la codiciada isla de Jersey.

EEUU Y AUSTRALIA
La "relación indestructible" de Londres y Washington pasó por el peor momento posible durante la caótica retirada de Afganistán en pleno mes de agosto. La falta de comunicación entre Boris Johnson y Joe Biden saltó a la vista.

Cuando se hablaba ya de la grieta trasatlántica, Boris se sacó de pronto de la chistera el Aukus y participó en un insólito trío con Biden y Scott Morrison. La nueva alianza militar del Indo-Pacífico se ha convertido desde el 15 de septiembre en el eje de la "Gran Bretaña global", mal que les pese a sus ex socios europeos y sobre todo a China, que considera el pacto militar como "extremadamente irresponsable". Desde la consumación del Brexit, Johnson tuvo siempre la mirada puesta en las antípodas: no es de extrañar que Australia fuera el primer país en firmar una acuerdo comercial con el Reino Unido. Desde entonces han seguido Japón, Canadá, Noruega, Islandia y así hasta 63 países con los que se ha firmado tratados comerciales.

El acuerdo comercial con Estados Unidos, que estaba a punto de caramelo con Trump, tendrá sin embargo que esperar. Johnson volvió de Washington con las manos casi vacías en el capítulo comercial y reconociendo que Joe Biden tiene aún mucho que lidiar en el frente doméstico antes de sentarse a hablar del pollo "clorado" y del whisky escocés.

COP26
La cumbre del clima de Glasgow es la tarjeta de presentación de Global Britain. La pandemia forzó un aplazamiento de un año, aprovechado por el presidente de la COP26, Alok Sharma, para viajar a 30 países y recorrer 321.000 kilómetros (suficientes para dar ocho veces la vuelta al mundo).

La experiencia de Sharma como secretario de Estado de Cooperación Internacional y su propio bagaje personal (nacido en Agra, India) pesaron a su favor en el momento de su designación. Boris Johnson fue sin embargo criticado por no poner al frente a un nombre de mayor peso en la escena mundial -como el ex secretario de Exteriores William Hague- y por no haber asumido personalmente su papel como anfitrión.

"Salga de la tumbona bajo el sol y empiece a comportarse como un hombre de Estado", le espetó esta semana el ex líder laborista Ed Miliband, en referencia directa a sus vacaciones en Marbella. Downing Street ha ido informando de las llamadas telefónicas de Johnson a los líderes mundiales para pedirles más ambición en sus "contribuciones". Pero lo cierto es que el premier ha estado perdido en combate.

The Times se descolgaba con un jarro de agua fría: el presidente Xi Jinping (presente en el Acuerdo de París del 2015) habría anticipado la Gobierno británico que no estará en Glasgow. Sin la máxima representación de China, responsable del 27% de las emisiones de CO2, todo lo que se acuerde en al COP26 sería insuficiente para mantener vivo el objetivo de un aumento máximo de las temperaturas de 1,5 grados.

Jair Bolsonaro y Vladimir Putin serán otras dos ausencias previsibles. Johnson no tiene garantizada siquiera la asistencia de su amigo y socio Scott Morrison, primer ministro de Australia y destacado escéptico del clima. La cumbre de Glasgow, en asociación con Italia, exigía de antemano un ingente despliegue diplomático no solo para lograr un consenso sino para arrancar compromisos a 200 países. La sensación final es que el Reino Unido tenía ya demasiados asuntos en plato y que la COP26 puede resultar al final el postre amargo, salvo dulces sorpresas de última hora.

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