Bolsonaro, ¿‘pato cojo’ o futuro dictador?

Bolsonaro, ¿‘pato cojo’ o futuro dictador?

El presidente de Brasil pierde poder frente a los militares a raíz de la crisis de la Covid-19 y puede radicalizar su postura.

Siempre dispuesto a romper los moldes, el presidente de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro ha decidido oponerse públicamente a su propia Administración en la lucha contra la Covid-19. Mientras su ministro de Sanidad, Luiz Henrique Mandetta, apoya sin reservas la cuarentena en ciudades como São Paulo y Río de Janeiro, Bolsonaro califica el virus como una gripezinha y ha encabezado una campaña en redes sociales bajo el lema “¡Brasil no puede parar!”

El mes pasado planteé al antropólogo Luiz Eduardo Soares qué pensaba sobre esta estrategia de Bolsonaro, negándose a aceptar las recomendaciones de su propio ministro de Sanidad. “Hay método en la locura del presidente”, me respondió antes de reconocer que todo era “un acto de oportunismo canalla”.

Soares es un atropólogo de 66 años. Fue asesor de seguridad del presidente Lula da Silva y escribió el libro que inspiró las dos películas Tropa de élite sobre la violencia policial y paramilitar en las favelas de Río. Hablamos en una librería del centro de la ciudad carioca antes de que la pandemia nos forzara a la reclusión.

Opina que “Bolsonaro está intentando transferir la responsabilidad a otros para luego echarles la culpa de la tremenda crisis económica por la que vamos
a pasar”.

Añade que “Bolsonaro hace psicopatología política”. Su comportamiento le ha merecido el desprecio de los dos líderes del Congreso y el rechazo de parte de la cúpula de las fuerzas armadas. “Corre el riesgo de convertirse en un presidente pato cojo, como dicen los estadounidenses, que no tenga poder ni para tomar un cafezinho ”.

El nuevo libro de Soares Brasil y su doble analiza el auge del líder de la ultra derecha y sus orígenes en la desigualdad y el racismo.

Pero Bolsonaro tiene un plan. “Sabe que, sin políticas federales de apoyo económico, la gente va a pasar hambre, de modo que quiere echar la responsabilidad a otros”, dice Soares.

Tras cuatro años de recesión o estancamiento, la cuarentena y el colapso de la actividad económica se traducirán rápidamente en hambre. Según un estudio citado en la revista Piauí , el 72% de los habitantes de las favelas dicen que no pueden aguantar ni una semana si están privados de su renta habitual. El 32% ya tiene problemas a la hora de comprar los alimentos de la cesta básica. El gobierno conservador ha anunciado un modesto aumento del programa de subsidios Bolsa Familia para los pobres pero la ayuda aún no llega a las favelas.

“El presidente busca excusas para decretar un estado de sitio”, dice el antropólogo Luiz Eduardo Soares

Si echar la culpa a sus propios ministros no sirve para frenar la pérdida de poder, tiene un plan B, sostiene Soares. Como último recurso, “Bolsonaro puede provocar un estallido popular en las calles y saqueos. Esto facilitaría un estado de sitio y podría derrocar las instituciones que resisten el avance del proyecto dictatorial bolsonarista”.

Las redes bolsonaristas hierven en estos momentos repletas de acusaciones contra el gobernador de São Paulo y teorías de la conspiración, como que el comunismo chino fabricó el virus.

Después de convocar una manifestación contra el Congreso que seguramente aceleró el contagio, Bolsonaro ha dado su apoyo a manifestaciones –y caravanas de coches– en diversas capitales para protestar contra el cierre de los comercios.

Los grandes empresarios que financiaron su campaña electoral se suman a la iniciativa “Brasil no puede cerrar”. Luciano Hang, dueño de la cadena de grandes almacenes Havan , ha calificado las medidas de “histéricas” y amenaza con despedir a sus 22.000 empleados. El pastor neo pentecostal y milmillonario magnate mediático Edir Macedo, aliado estrecho de Bolsonaro, calificó como “obra de satanás” a organizaciones como la OMS por “sembrar la histeria”.

Pero Bolsonaro se aísla cada vez más, incluso dentro del Gobierno. El ministro de Sanidad Mandetta, muy valorado en los sondeos, lo contradice públicamente y el ministro de Justicia, el superjuez Sérgio Moro –el político más popular de Brasil–, respalda a Mandetta. Las caceroladas que se celebran en los balcones todo los días a las ocho ya van contra el presidente.

Soares vaticina que “Bolsonaro, cada vez más aislado, se radicalizará para intentar mantener el apoyo de sus votantes más fieles, aquel 30%, muchos de ellos evangélicos y el núcleo más duro de la ultra derecha en el entorno del mundo policial.”

Soares sostiene que ya antes de la pandemia, el presidente estaba construyendo un plan B. “Con Bolsonaro –dice–, hay un resurgir del integrismo de los años treinta, un auténtico fascismo brasileño; los grupos bolsonaristas incorporan algunos liderazgos de las milicias, (unos 300.00 paramilitares armados, muchos de ellos expolicías). El presidente Bolsonaro tiene mucho apoyo entre ellos. Está politizando e ideologizando a las milicias, aprovechando organizaciones paralelas . Así que si quiere, tiene para dar un golpe”.

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