Ataque frontal de Johnson a la UE

Ataque frontal de Johnson a la UE

20:30 - El premier descarta un alineamiento normativo y un pacto de pesca duradero

Franceses británicos se disputan la frase la venganza es un plato que se sirve mejor frío, como si fueran los caladeros del canal de la Mancha. Los primeros dicen que apareció por primera vez en la novela epistolar de Pierre Choderlos de Laclos Les liaisons dangereuses. Los segundos aseguran que fue en la Inglaterra isabelina de Shakespeare, en el ocaso de los Tudor. En tiempos del Brexit es una disputa con una notable carga metafórica.

Boris Johnson cree en cualquier caso en la venganza. El Brexit es su venganza particular contra Europa, por las razones que sean (mayoritariamente de oportunismo). Ayer se disfrazó de gladiador romano o competidor de lucha libre y, ya sea con el escudo o a pecho descubierto, lanzó un ataque a la yugular de la Unión Europea: “Bajo ninguna circunstancia vamos a aceptar vuestras leyes, vuestras normas y vuestros tribunales. Hemos hecho el Brexit justamente para deshacernos de todo eso”. De una vez por todas y para siempre.

Los diplomáticos británicos se sentarán solos en los foros internacionales como signo de independencia

Johnson cree en la teoría de que la mejor defensa es un buen ataque, de que aquel que golpea primero, golpea dos veces. Piensa que Theresa May fue débil y se equivocó por completo en su estrategia negociadora, aceptando las reglas del juego que le impuso Bruselas. Y él no va a hacer lo mismo. Ha dado instrucciones a los diplomáticos del Foreign Office para que, en los foros internacionales, no se sienten con los europeos, a fin de resaltar la independencia de la política exterior británica. Ha amenazado con imponer controles a los productos que lleguen procedentes de la UE. Ha descartado un alineamiento normativo que haga posible un comercio libre de tarifas, y afirmado que cualquier compromiso en materia pesquera será sólo de un año de duración, prorrogable. Ha acusado a sus interlocutores de desdecirse de las promesas del acuerdo de Retirada y poner nuevas condiciones.

“Nuestro objetivo es un tratado comercial como el de la UE con Canadá (relativamente poco ambicioso), pero si no es posible aceptaremos uno como el de Australia”, dijo en Greenwich en una conferencia de empresarios. En realidad Bruselas no tiene un acuerdo propiamente dicho con el país de las antípodas, sino una serie de pactos sectoriales. Sería como irse por las bravas, en base a las normas de la Organización Internacional del Comercio. Es, a efectos prácticos, volver al Brexit duro.

La Unión Europea insiste en que, para que sea posible el libre comercio, el Reino Unido ha de asumir sus normativas en materia de derechos laborales, medio ambiente y ayuda estatal, porque de otra manera sus empresas gozarían de ventaja y se crearía el marco para una competencia desleal. “No hay ninguna razón para que nosotros nos adaptemos a las reglas de Bruselas, sería como pedir que Bruselas se adapte a las nuestras”, proclamó Johnson en su versión más chulesca, como si fuera un personaje sacado de una zarzuela o de una corrala del barrio madrileño de Lavapiés.

“Nuestros estándares en todas esas materias son tan altos o más que los del continente europeo, y no hay motivo para dudar de que vaya a seguir siendo así”, dijo el primer ministro. No lo habría de no ser porque él mismo ha expresado el interés en convertir al Reino Unido en un Singapur en el Támesis , una economía de bajos impuestos y regulaciones para competir así con la UE. Y que ayer mismo insistió en que es más prioritario un acuerdo comercial con Estados Unidos, y que para obtenerlo no conviene dramatizar ni sobredimensionar el problema de los pollos clorados o los productos agrícolas genéticamente modificados. La oposición le acusó en los Comunes de construir un país “ más aislado y más pequeño”.

Johnson, que se considera experto en la UE desde que fue corresponsal en Bruselas, ha adoptado de entrada una postura negociadora de máxima intransigencia. Buen conocedor también de los clásicos, sin duda no le es ajena la opinión de la Norma de Eurípides, que decía que “aún más fuerte que el amor de un amante es el odio de un amante”. Y que cuando uno emprende el camino del odio, ya puede empezar a cavar dos tumbas, una para el enemigo y otra para sí mismo.

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