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Argentina tiene su Guernica

Argentina tiene su Guernica

Desde agosto y en plena crisis de la Covid, unas 3.000 personas, que no pudieron mantener sus viviendas, ocuparon un terreno a unos 30 kilómetros de Buenos Aires.

Estos últimos días se ha producido un suceso en Argentina —aunque, en realidad, se lleva desarrollando desde hace ya unos meses— con los conflictos por la usurpación de terrenos en Guernica.

Para poner un poco en contexto: desde el mes de agosto, al menos unas 3.000 personas, que se han visto imposibilitadas de mantener sus viviendas, ocuparon un terreno en Guernica, a unos 30 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires.

Estes es un hecho que, si bien resulta consecuencia de una profunda crisis económica acarreada desde hace años y que encontró su punto cúlmine con el impacto de la pandemia de coronavirus, también deja entrever un pensamiento que logra generar polémica entre las distintas posturas que conforman la tan expresada “grieta” nacional: la reivindicación de que el acceso a una vivienda digna es un derecho humano y es un deber del Estado garantizar que aquello se cumpla.

Sin embargo, no es precisamente el hecho en sí el que conmociona o genera repudio, sino la actitud de las víctimas en considerar que el Estado “debe” conseguirles casa, que “debe” satisfacer sus necesidades porque “muchos de ellos viven bien”.

Banalmente, pareciera un razonamiento planteado en algo así como que, si alguien puede irse de vacaciones dos veces al año, corresponde entonces que contribuya económicamente a que la gente que no puede vacacionar también pueda hacerlo.

Lamentablemente, en un intento por calmar las aguas, las autoridades responsables de negociar las usurpaciones en Guernica ofrecieron, además de refacciones en viviendas y refugio para las personas en situación de calle, la disposición de subsidios —en principio para el pago de alquileres— de unos $50.000.

Monto que, en muchos casos, resulta superior a lo que podría ganar por mes un empleado promedio en Argentina que trabaja más de 8 horas por día.

Y no lo niego: quizás desde la bronca más de uno recurrimos al pensamiento de que tomar un terreno era mejor que llevar más de un trabajo para mantenerse.

El enojo ante la repartición económica se debe a que si bien aquello queda atado a una “promesa” de ayuda, no parece arreglar un problema de fondo: la importancia en la superación de aquellas personas que atraviesan una crisis económica y cuya única solución pareciera ser la obtención de un empleo que permita progresar.

Desafortunadamente, la entrega de dinero temporal no quita que el conflicto vuelva a desatarse en un tiempo.

Cada vez que pienso en esa premisa que supone que el Estado debe garantizar la solución a los problemas se me vienen a la cabeza mis bisabuelos, quienes migraron desde Mallorca a Argentina con el deseo, supongo, de tener una vida más amena que la que dejaban en tierras españolas.

No llegué a conocerlos, pero me he pasado mucho tiempo imaginando cómo habrá sido dejar un país con lo puesto para ingresar a otro territorio a empezar de cero.

Porque, seamos sinceros, dudo que en aquel entonces una figura de Estado hubiera sido amable en cumplir cada una de las necesidades que presentaban los inmigrantes.

Y, sin embargo, ocurrió que muchos de ellos lograron salir adelante.

Estoy convencida que la “resiliencia”, ese concepto tan de moda que apela a la capacidad para adaptarse levemente con resultados positivos frente a situaciones adversas, no era un término que se utilizara por aquel entonces.

Sin embargo, aún con la ausencia de concepto, parece haberse llevado a la práctica de manera innata.

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