Argentina, otra vez al borde del incumplimiento de pagos; ahora la pandemia agrava la crisis

Argentina, otra vez al borde del incumplimiento de pagos; ahora la pandemia agrava la crisis

El país ya estaba en camino de incumplir una deuda de 66.000 millones de dólares, incluso antes de la llegada del coronavirus y de que se agudizara la recesión.

Dentro de dos semanas, Argentina se verá enfrentada al impago de los préstamos internacionales. La posibilidad amenaza con revivir una reputación de moroso crónico y paria financiero global que podría acechar a este país latinoamericano durante mucho tiempo después de que se termine la pandemia del coronavirus.

El incumplimiento sería la tercera vez en dos décadas que Argentina no ha podido hacer frente a los pagos de los préstamos luego de haber acumulado miles de millones de dólares de deuda extranjera en una espiral cada vez más profunda de mal funcionamiento económico. Argentina sería, junto con Líbano, el primer deudor moroso en la conmoción financiera provocada por el coronavirus.

Los 45 millones de argentinos ya estaban padeciendo el tercer año de una severa crisis cuando azotó el coronavirus, lo que aceleró el rezago económico debido a la cuarentena que obligó a cerrar muchas empresas y dejó sin empleo a los trabajadores.

Eso interfirió de manera repentina con los planes que contemplaba el gobierno para reestructurar la deuda de 66.000 millones de dólares que tiene con una serie de acreedores, extranjeros en su mayoría, entre los que se encuentran algunos bancos de inversión de Wall Street y otros inversionistas privados de todo el mundo. Parte de esa deuda es el vestigio de los préstamos que no se cubrieron debido al incumplimiento de pago de Argentina en 2001.

El 22 de mayo, el país tiene que realizar un pago de intereses por 500 millones de dólares.

El gobierno de centro izquierda, electo apenas hace siete meses, dice que no puede pagar sus obligaciones a los acreedores internacionales en un momento en que tiene que aumentar su gasto en atención médica y, como medida de emergencia, proporcionar efectivo a los argentinos, que ya de por sí estaban encarando una inflación creciente y un aumento de la pobreza.

Los acreedores internacionales han rechazado el plan que presentó Argentina para reestructurar su deuda, el cual no se concretó y tenía como fecha límite el viernes.
No hay muchos indicios de que los acreedores y el gobierno vayan a llegar a un acuerdo pronto. Si no se logra un acuerdo para obtener una prórroga después del 22 de mayo y se realizan mayores negociaciones, Argentina estaría incumpliendo por novena vez en su historia.

“Es muy difícil pensar cómo se puede llegar a un acuerdo cuando ambas partes están diciendo que estamos teniendo la posición correcta”, señaló Jimena Blanco, directora en el continente americano del equipo de investigación de Verisk Maplecroft, una consultoría de riesgo que ha señalado que existe un 89 por ciento de probabilidades de que ocurra un incumplimiento para finales de año. “Argentina presentó su propuesta y dijo que es la única propuesta… se toma o se deja”.

El gobierno del presidente Alberto Fernández, quien tomó posesión en diciembre, ha dado indicios en los últimos días de que está dispuesto a hacer algunas concesiones. Pero el gobierno ha dicho que tiene poco margen de maniobra, ya que se pronostica una caída de su economía del 6,5 por ciento en el presente año.
La propuesta del gobierno a sus acreedores contemplaba un periodo de gracia de tres años para los pagos futuros, una reducción del 5,4 por ciento en el saldo del préstamo y un recorte del 62 por ciento en los pagos de intereses. Ninguno de los tres grupos más grandes de tenedores de bonos estuvo de acuerdo.
La crisis más reciente de Argentina surge después de años de intentar reinsertarse en la economía global luego de la moratoria por aproximadamente 100.000 millones de dólares de deuda en 2001, lo que originó uno de los desplomes económicos más grandes en la historia reciente de Latinoamérica y años de litigio en los tribunales estadounidenses.

La historia de cómo Argentina enfrenta una vez más un desastre de este tipo se debe, en parte, a su éxito para escapar de los incumplimientos anteriores.

Cuando el predecesor de Fernández, Mauricio Macri, juró como presidente en diciembre de 2015, los mercados financieros internacionales comenzaron a reanimarse respecto de Argentina. El nuevo gobierno puso en marcha un ambicioso plan para eliminar los subsidios y otras políticas fiscales insostenibles implementadas por los dos presidentes que precedieron a Macri, ambos populistas de izquierda.

La predecesora inmediata de Macri, Cristina Fernández de Kirchner, encabezó una furiosa batalla contra los acreedores, a los que ella solía llamar fondos buitre. Hoy, ella es la vicepresidenta.

Al principio de su presidencia, Macri resolvió las batallas legales pendientes con los acreedores en los tribunales estadounidenses y comenzó a emitir deuda nuevamente, con tasas de interés atractivas. De repente, los inversionistas extranjeros estaban muy interesados.

Pero entonces Argentina se vio afectada por una combinación de choques económicos que debilitaron su moneda, el peso, haciendo que los pagos de intereses sobre los bonos fueran más costosos. Los problemas incluyeron una recesión en su vecino gigante, Brasil, el aumento de las tasas de interés en Estados Unidos y una sequía devastadora en 2018.
Todos los logros que Argentina había alcanzado para reducir la pobreza en la última década se revirtieron, y Macri pidió un préstamo de 57.000 millones de dólares al Fondo Monetario Internacional.

El sombrío panorama para Argentina se convirtió en una catástrofe cuando se declaró la pandemia del nuevo coronavirus en marzo.

El 20 de marzo, Argentina impuso uno de los confinamientos más estrictos de Latinoamérica, el cual ha ayudado a mantener relativamente baja la cifra de fallecimientos por la COVID-19, la enfermedad causada por el virus. Pero esas medidas, que incluyeron el cierre de fronteras y la aplicación estricta de cuarentenas, han abatido a una economía que ya estaba debilitada.

La penuria la sienten muchos argentinos que esperaban tiempos mejores.

Hernán Calliari, de 40 años, y su socio comercial, dueños del bar y restaurante Faraday en el barrio de Palermo, en Buenos Aires, abrieron en 2017 con confianza, pero luego se vieron en problemas. A medida que el valor del peso se redujo y la inflación alcanzó el 50 por ciento anual, se volvió mucho más difícil que el negocio ganase dinero.

Calliari dijo que con el confinamiento por la pandemia, ahora apenas está sobreviviendo de una operación de servicio a domicilio que produce solo el 15 por ciento de sus ingresos habituales.

“Tenemos el agua hasta la nariz, intentando no hundirnos”, dijo. “No puedo pensar qué va a pasar si se nos viene una ola encima”.
Los economistas afirman que si estuviéramos en una época normal, Argentina no recibiría mucho apoyo para volver a incumplir, pero, curiosamente, es posible que la crisis económica general provocada por el coronavirus le proporcione cierta capacidad de negociación.

“La COVID-19 mejora las chances de Argentina tener un acuerdo favorable”, señaló Miguel Kiguel, un exsecretario de finanzas que dirige la consultora Econviews. “Los acreedores están perdiendo plata en todos lados, y los bonos argentinos están a valores muy bajos, así que hay una chance de que si Argentina hace una oferta razonable… los acreedores la agarran”.

Claudio Loser, exdirector del Departamento del Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional (FMI), admitió que la pandemia podría hacer que los acreedores no quieran insistir en el cumplimiento de los términos estrictos de pago.

“Los acreedores tienen que tener cuidado, por que me parece en estos momentos no encontrarían la simpatía hacia su causa que encontraron en el pasado”, comentó. “Hay una percepción de fuerza mayor que es la pandemia y, en ese contexto, es mucho más entendible lo que le pasa a la Argentina”.

En fechas recientes, Ecuador llegó a un acuerdo con los tenedores de bonos para retrasar hasta agosto el pago de intereses de su deuda por 20.000 millones de dólares.

A principios de la semana pasada, un grupo de 138 economistas, que incluía a los ganadores del Premio Nobel Joseph Stiglitz y Edmund Phelps, escribió una carta abierta en apoyo a las iniciativas de Argentina para reestructurar su deuda.

“El alivio a la deuda es la única forma de combatir la pandemia y de volver sustentable la economía”, escribieron los economistas.
Sin embargo, para hacer concesiones significativas, como una moratoria de tres años en los pagos, los acreedores probablemente querrán ver un plan detallado de cómo Argentina pretende resucitar el crecimiento sostenible, dijo Daniel Kerner, director gerente para América Latina del Grupo Eurasia, una consultora de riesgo político.

Los argentinos de a pie probablemente no sentirán el inminente impacto de un incumplimiento. El país ya está excluído de los mercados internacionales de capital y los inversionistas se mantienen alejados, no solo de Argentina sino también de todas las llamadas economías emergentes.

“Entrar en default no te afectaría el crédito hoy realmente”, dijo Kiguel. “Sí te afectaría mucho cuando la cosa se empiece a dar vuelta”, agregó, señalando que a Argentina le resultaría difícil obtener nuevas líneas de crédito o atraer nuevas inversiones.

Para muchos argentinos, la última ola de incertidumbre es parte de un patrón.

Azul Agulla, de 27 años, trabaja en mercadeo y vive con su novio, Santiago Dymensztein, un economista de 28 años. La pareja calculó que sus salarios han aumentado solo un 2 por ciento ajustados a la inflación en los últimos dos años, a pesar de varios ascensos.

“Estamos retrocediendo”, dijo ella. “Se siente como si todo el tiempo estás tratando de escapar de un agujero que te tira para abajo”.

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