Argentina: cuando el país de la carne no quiere vender carne

Argentina: cuando el país de la carne no quiere vender carne

17/06 Argentina es el paraíso de los amantes del vacuno, aunque en su afán por garantizar "asado para todos", el Gobierno está casi logrando asfixiar a su industria ganadera

Quítele el fútbol y el asado a un argentino y le estará vaciando el alma. Es una generalización, claro, porque hay gente en el país que aborrece el fútbol o que se abraza al veganismo, pero alcanza con caminar un domingo al mediodía por cualquier calle de Buenos Aires o del resto del país para embriagarse con el inconfundible aroma del asado. Y eso no sucede casi en ninguna otra parte del mundo. En medio de la pandemia del covid y preocupado por las elecciones legislativas de fin de año, el Gobierno del peronista Alberto Fernández, que prometió asado para todos, ve con espanto como los precios suben en las carnicerías. ¿Solución? Prohibición de 30 días para exportar carne.

De solución, poco, dicen los conocedores del negocio. La heterodoxa decisión de prohibir la exportación de carne solo suma problemas, añaden.

"Lo que va a terminar sucediendo, y de hecho ya está pasando, es que suba el precio de la carne. Al no poder vender fuera aumentan los precios en Argentina para lograr ganancias", dice Germán Sitz, un cocinero de 32 años que, con sus emprendimientos en torno al vacuno, es un reflejo de la sofisticación que implica el mercado de la carne en Argentina, un país que está en mínimos de consumo de ese producto. Por el precio, dice el presidente Alberto Fernández, que viene sosteniendo algo palmariamente falso: que los argentinos pagan por la carne lo mismo que en Alemania.

"Para nada", dice Sitz. Y tiene razón: la comparación de precios entre Argentina y Alemania o Estados Unidos habla de que allí se paga por la carne entre cinco y 15 veces más, dependiendo del corte. Es cierto que el poder adquisitivo de los salarios en los tres países es muy diferente, pero es insostenible la afirmación del Gobierno de que el precio de la carne sube en Argentina porque los voraces productores trasladan al universo local los valores que les pagan en el extranjero. Es insostenible, además, porque los cortes de carne que se exportan no son los populares en Argentina, no son los que aterrizan en las parrillas cada domingo.

"Lo que se exporta es el cuarto trasero y la primera parte de la columna, mientras que en Argentina se consume el costillar, el vacío, la aguja, otros sectores de la vaca. Deberíamos generar un solo tipo de animal, uno de 500 kilos. Una parte se exportaría y la otra se consumiría en el mercado interno, aunque con carne de mejor calidad que la actual. Y el precio a nivel local bajaría, porque el productor haría la diferencia con la exportación".

Sitz es dueño de tres restaurantes en la calle Thames, en el céntrico barrio de Palermo. En uno, La Carnicería, se consumen cortes exportables y por eso es un local muy visitado por el turismo internacional. En otro, Chori, se le da alas al popular choripán, un chorizo entre dos panes que habitualmente está hecho con carne y grasa de cerdo, pero que también se elabora con carne vacuna del sector no exportable de animal. Y en un tercero, Pedro Juan Caballero, trabaja con cortes marginales para la elaboración de tacos. Una misma vaca, un mismo cocinero, una misma calle, tres maneras de aprovechar el animal.

DESMADRE
Argentina mira desde siempre hacia la extensa llanura que es la Pampa Húmeda e ignora los miles y miles de kilómetros de costa sobre el Atlántico. El consumo de pescado es escaso en un país en el que suben el de pollo y el de cerdo, proteínas hoy más baratas que la vacuna. Pero el asado forma parte de la cultura popular, y en la Casa Rosada hay ansiedad por encorsetar la suba del precio en un contexto de una inflación que se está acercando a niveles del 60% anual. La vicepresidenta Cristina Kirchner se espantó, escribió recientemente el analista Fernando Gonzalez, cuando vio que la carne había subido un 47% más que la inflación general. El mensaje le llegó a Fernández, políticamente muy presionado por su teórica número dos.

"Tuve que explicarles a los exportadores que el tema de la carne se desmadró, claramente", dijo Fernández en declaraciones radiales. "Hoy estamos consumiendo el nivel más bajo de carne. Crecen los precios sin parar. Eso lo tenemos que corregir. Tenemos que poner orden en quienes exportan".

El jefe del Estado argentino se enteró durante una gira por Europa que incluyó la visita a Felipe VI y a Pedro Sánchez de que la inflación de abril había sido del 4,1%. Regresó al país decidido a frenar el aumento de precios como fuere, algo en lo que han fracasado consistentemente todos los Gobiernos argentinos desde hace décadas, salvo un breve período en los años 90, cuando Carlos Menem impuso que un peso valiera un dólar. Tres décadas después, ese mismo dólar equivale a 155 pesos en el mercado informal.

Otro Gobierno peronista, el de Néstor Kirchner en 2006, ya prohibió las exportaciones de carne. El diario La Nación recordó las consecuencias de aquello: "Cuando se prohibió la exportación de carne hace 15 años, se terminó produciendo menos, hubo menos oferta y aumentaron los precios".

El presidente argentino cree que la aspiradora que es China lleva indirectamente a que en su país se pague por la carne un precio mayor al que se debería. "Como la demanda fue tan grande, el precio internacional subió tanto y esos precios comenzaron a competir con los del mercado interno. Ahora es más fácil acceder a la exportación. Todo eso genera una tensión en los precios externos que no se aguanta más".

La decisión de Fernández recibió el rechazo absoluto de los productores de carne, que anunciaron una huelga de ocho días que implicó detener la cadena de comercialización. Y los productores de Brasil, Uruguay y Paraguay celebraron: las extrañas señales de Argentina a los mercados internacionales les abren la posibilidad de aumentar sus ventas.

Gustavo Licandro, viceministro de Economía de Uruguay entre 1990 y 1995 y productor de hacienda, calificó de "un tiro en el pie" la decisión. "Es hacer todas las cosas equivocadas en el orden correcto", continuó. "Hay muchas razones por las que Argentina hoy es un país poco confiable: una es presentarse como un país que entra y sale todo el tiempo del mercado cárnico". Y señaló que en Uruguay, "la carne, como el resto de los productos agropecuarios, vale en el mercado interno lo que vale en el internacional. Y quien produce carne en el campo y la elabora en una planta frigorífica opta por exportarla o venderla en el mercado interno, donde", añadió, "se paga el precio internacional", marcando una diferencia entre ambas orillas del río de la Plata: pagar la carne al precio internacional sería socialmente insostenible en Argentina.

OREJERAS
La "aspiradora china" queda en evidencia con los datos que señalan que Argentina exportó en 2020 nada menos que 1.847 millones de dólares de carne bovina a China, 378 a la Unión Europea, 202 millones al Medio Oriente y 190 a Chile. Las necesidades de Pekín impactan en la mesa argentina, sí, pero cortarse un brazo no es la forma de acabar con el problema, sostienen en el negocio de la carne. "Esto provocará un resultado que es conocido, pérdida de confianza en nuestros mercados de destino, que nos llevó años reabrir, pérdida de ingresos para el país, pérdida de puestos de trabajo, pérdida de inversiones y stock en la cadena ganadera. En definitiva, una vez más recorremos el camino inverso al desarrollo y crecimiento".

¿Podrá sostener el Gobierno de Fernández la decisión de cerrar las exportaciones de carne? El analista Jorge Grispo señaló en Infobae que quizás sea así, pero que el futuro no es precisamente promisorio. "Son las políticas que pretenden controlar todo y terminan controlando la nada misma. En una conducta propia del burro con orejeras seguimos insistiendo por un camino que solo nos lleva a un lugar peor".

Todo indica que productores de carne y Gobierno deberán acordar. La Casa Rosada necesita carne a precios razonables para cumplir con la promesa electoral de "asado para todos" y los productores salir lo antes posible de la trampa en la que están, porque las ganancias no llegan del deprimido mercado interno, sino de la exportación. La otra alternativa sería regresar a 2008, cuando una medida impositiva de Cristina Kirchner, por entonces presidenta, encendió el fuego de la rebelión del sector agropecuario. Visto con perspectiva, todos terminaron perdiendo en aquel choque, pero sobre todo perdió el peronismo gobernante.

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