América Latina es la segunda mayor productora de cultivos transgénicos después de América del Norte

América Latina es la segunda mayor productora de cultivos transgénicos después de América del Norte

Hoy en día existen más de 180 millones de hectáreas de cultivos transgénicos distribuidos en 28 países del mundo, cinco de los cuales concentran el 90% de esta área. América Latina es la segunda mayor productora de cultivos transgénicos después de América del Norte, y hasta 2013 Uruguay se encontraba en el décimo puesto de los mayores productores mundiales de transgénicos con 1,5 millones de hectáreas cultivadas, puesto que hoy pertenece a Bolivia.

La vida es un sistema complejo. La materia se crea, se descompone, sus componentes se intercambian, se reorganizan, la materia se destruye y se recrea nuevamente. Durante 3.500 millones de años la vida se ha desarrollado en un sistema robusto basado en la interconexión profunda de sus elementos. Hoy ese complejo sistema está colapsando, y el principal responsable no es más que uno de sus macrocomponentes: el ser humano.

Ante la creciente degradación de los ecosistemas terrestres por la voracidad de su modo de vida, la especie humana de pronto se ve tensionada entre dos alternativas para su futuro: o cambia su lógica de producción para conectarse con su ambiente y revertir los daños, o continúa moviéndose en la misma dirección compensando su destrucción a través de la creación de un ambiente sintético en un laboratorio.

Con esta disyuntiva comenzó el doctor en Biología Molecular y Celular Claudio Martínez Debat su conferencia denominada «Uruguay Natural y Transgénico», brindada el pasado 15 de agosto en el Museo de Historia Natural Dr. Carlos A. Torres de la Llosa.

«Estamos en la cruz de los caminos y no hay mucho tiempo», sentenció el investigador, quien es docente en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República y director del Laboratorio de Trazabilidad Molecular Alimentaria (LaTraMa).

Antes de meterse de lleno en el tema que titulaba su conferencia, Martínez se preocupó por acercar a su audiencia a la inmensa complejidad que caracteriza lo que llamamos «ecosistema», del que aún no entendemos más que una mísera fracción. Dentro del histórico árbol de la vida todas las ramas están conectadas, y para ilustrar esto Martínez informó al público presente que cada persona comparte un 10% de su ADN con el de una lechuga.

Pero no sólo de secuencias de ADN se trata esta conexión holística. De nuestros ancestros no sólo heredamos una secuencia lineal de código genético, sino también los mecanismos que regulan la expresión de este código. Estos mecanismos se engloban dentro de lo que se conoce como «epigenética», y estos dependen primordialmente del medio ambiente.

Una secuencia de ADN puede estar presente en un organismo pero no lograr expresarse con efectos observables. Los mecanismos de regulación epigenética están muy vinculados al contexto en el que vive un individuo, al estrés al que este es expuesto, y por ende suelen estar relacionados con los estados de ánimo de una persona o con el desempeño de una planta en su crecimiento.

En estos procesos es fundamental la interacción cooperativa con organismos que suelen ser considerados enemigos del ser humano: los microbios, como los hongos y las bacterias. Una parte de estos microbios los heredamos de nuestros padres, la otra proviene de los alimentos que consumimos y del aire que respiramos. El microbioma es por ende fundamental para nuestra buena salud, y este depende en gran parte de nuestra relación con el ambiente.

¿Callejón sin salida?

Con esta introducción buscaba Claudio Martínez esbozar hasta qué punto nuestra existencia está íntimamente conectada con el medio ambiente, y cómo la mínima alteración del mismo puede traer consecuencias nefastas para nuestra especie.

En una sociedad en la que la ciencia y la técnica avanzan a pasos agigantados, se encuentran en desarrollo biotecnologías y tecnologías (Martínez remarcó la próxima tecnología 5G de redes móviles) que afectarán nuestra vida considerablemente y cuyo impacto en la salud es poco estudiado, «ya que es difícil encontrar médicos que se interesen en estos temas».

«Todo tiene un rol determinado, la biomasa es finita, y la idea de que podemos alterar el sistema de forma infinita es un error que nos va a llevar a un callejón sin salida», pronunció seriamente el investigador.

Una de estas tecnologías hila finamente dentro del extenso y denso tejido de la vida: la transgénesis. Esta técnica consiste en manipular el material genético de un organismo para obtener de él características que no se podrían obtener por medio de cruzamientos convencionales.

Un organismo genéticamente modificado (OGM) es por ende un organismo que presenta en su genoma ADN proveniente de otra especie con la que no puede reproducirse sexualmente. Hoy en día existen más de 180 millones de hectáreas de cultivos transgénicos distribuidos en 28 países del mundo, cinco de los cuales concentran el 90% de esta área. América Latina es la segunda mayor productora de cultivos transgénicos después de América del Norte, y hasta 2013 Uruguay se encontraba en el décimo puesto de los mayores productores mundiales de transgénicos con 1,5 millones de hectáreas cultivadas, puesto que hoy pertenece a Bolivia.

La mayor fracción de esta área sembrada corresponde a cultivos de soja, maíz, algodón y canola (soja y maíz en nuestro país), y los genes incorporados a estas plantas buscan predominantemente conferirles, por un lado, la capacidad de sintetizar toxinas bacterianas con efectos insecticidas, sobre todo para proteger los cultivos de las larvas de lepidópteros (mariposas y polillas), y por otro la capacidad de resistir la aplicación de herbicidas como el glifosato. La resistencia a herbicidas es lo buscado en el 85% de los cultivos transgénicos.

Grandes favorecidos

Las principales miradas positivas sobre la producción de cultivos transgénicos se encuentran centradas en el crecimiento económico y la dinamización del sector agropecuario, atrayendo inversiones extranjeras, impulsando innovaciones tecnológicas, y generando nuevos puestos de trabajo.

Sin embargo, esta reestructuración social agraria favorece a los grandes emprendimientos sobre los más pequeños y familiares, y estas miradas optimistas evitan posarse sobre los posibles riesgos en la salud y el medio ambiente a mediano y largo plazo. Cabe destacar que la producción de transgénicos se encuentra concentrada en manos de las grandes empresas multinacionales, las mismas empresas que realizan la mayoría de los estudios de seguridad e inocuidad y que solicitan la liberación comercial de los OGM.

Según Claudio Martínez, los argumentos a favor de la inocuidad de los alimentos transgénicos suelen estar fundados por un lado en la precisión de las técnicas de ingeniería genética, y por otro en las similitudes entre las composiciones proteicas de los organismos modificados y de sus homólogos no modificados (o sea los naturales).

Aunque los nuevos métodos de transmisión de construcciones genéticas como la tecnología Crispr/Cas9 sean más específicos, estos no dejan de ser imprecisos, ya que no es posible determinar con seguridad en qué sitios se insertará el transgen en el ADN receptor.

La inserción del gen que interesa transferir a un organismo es azarosa y completamente sujeta a probabilidades, por lo que, por más que sepamos que nuestro gen se insertó en el sitio deseado del genoma, es imposible saber en qué otros sitios se incorporó.

La localización del transgen en sitios inesperados puede así producir efectos insospechados sobre la expresión genética del organismo modificado. Son estos mismos eventos de inserción inesperada que no son tenidos en cuenta por los estudios que buscan similitudes entre los OGM y los organismos naturales.

El director de LaTraMa subrayó de esta forma que nos encontramos frente a una dudosa veracidad cuando se afirma que los alimentos modificados genéticamente son idénticos a los no modificados, partiendo del punto de que someter a las plantas a ingeniería genética equivale a someterlas a condiciones de estrés. Esto ya de por sí modifica su epigenética, y por ende la expresión de sus genes y su composición en proteínas.

Para animales

Otro argumento a favor de los OGM que Martínez puso bajo la lupa es aquel referido al potencial que tienen los alimentos transgénicos para combatir el hambre de poblaciones humanas en el mundo, potencial que permanece en silencio en vista de que el 75% de los alimentos de estas poblaciones provienen de los pequeños productores y de que la mayor parte de la soja transgénica producida actualmente «alimenta a los chanchos de China y a las vacas de Europa».

Según el científico, la cantidad de alimentos producidos es suficiente para alimentar con creces a la población mundial y el verdadero problema se encontraría en la distribución de estos alimentos y en las lógicas de mercado que la sustentan. En este escenario, América Latina se ha vuelto en los últimos años una gran plataforma de abastecimiento en materias primas para los mercados globales.

Frente a este panorama, Claudio Martínez dijo que la comunidad científica se ha vuelto «un campo de batalla». Pero la asociación con la guerra no la usó Martínez sólo para referirse a las luchas académicas, sino que remarcó cómo todas las relaciones que tiene el ser humano con la naturaleza están atravesadas por un campo semántico belicoso.

Según el científico, la humanidad siempre le ha declarado la guerra a todo lo que entorpece o enlentece sus actividades y ambiciones económicas. «No hay guerra en la naturaleza –opinó Martínez– competencia sí, pero no guerra. Si estamos en guerra con la naturaleza directamente nos perdemos de conocer sus secretos y le declaramos la guerra a nuestros propios alimentos».

Esta actitud guerrera del ser humano respecto a su entorno queda en evidencia en la principal ventaja agrícola de los cultivos transgénicos sobre los cultivos tradicionales: su resistencia al uso de herbicidas. El aumento en el uso de transgénicos se vio acompañado de un aumento exponencial en la aplicación de agrotóxicos.

Entre el año 2000 y el año 2014 el uso de glifosato en nuestro país se multiplicó por diez, y aún mayor fue el incremento en el uso del ácido 2,4-diclorofenoxiacético, herbicida mejor conocido como 2,4 D que es mucho más nocivo para la salud que el primero. Las cargas masivas de agrotóxicos aplicadas a los cultivos no sólo permanecen en el suelo, sino que también quedan remanentes en los granos y en los alimentos que llegan al mercado. «Se han vuelto condimentos no declarados», ironizó Martínez.

Los cultivos transgénicos son en definitiva para el investigador una tecnología más dentro del modelo productivo del agronegocio, modelo que no considera los riesgos de explotar y alterar indiscriminadamente los recursos naturales que en la base de esta lógica de producción son considerados infinitos.

El uso indiscriminado de herbicidas desgasta los suelos y favorece el crecimiento de cianobacterias (las cuales producen microcistinas tóxicas para el ser humano) en contra del crecimiento de otras bacterias benignas. De hecho, herbicidas como el glifosato son ricos en fósforo, mineral que enriquece el medio de crecimiento de las cianobacterias y que es utilizado por las mismas para realizar la fotosíntesis.

En el cruce de dos caminos

Aunque no existan en la actualidad técnicas agrícolas que no representen un perjuicio para los ecosistemas terrestres, Claudio Martínez Debat se mantuvo positivo con respecto a la existencia de alternativas. El investigador se encuentra a la cabeza del Núcleo Interdisciplinario Colectivo TÁ (Transgénicos y Agroecología) junto a la ingeniera agrónoma Maria Inés Gazzano Santos, colectivo que busca evaluar el impacto sobre los alimentos del modelo productivo actual y del uso de transgénicos y agroquímicos.

La agroecología es una ciencia reciente que busca asociar los postulados de la ecología al diseño de nuevos modos de producción agrícola que sean sostenibles en el tiempo. Martínez considera que esta mirada hacia un futuro sustentable es esencial si queremos conservar la naturaleza como la conocemos y seguir evolucionando de forma orgánica y no de una forma artificial transhumanista. Estamos en el cruce de dos caminos. Sólo resta decidir qué camino preferimos transitar.

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