Alberto Fernández, un presidente con tendencia al suicidio político

Alberto Fernández, un presidente con tendencia al suicidio político

Los disparates del mandatario argentino pasan factura a su partido de cara a las legislativas

Buena parte de los argentinos se hacen una pregunta para la que hoy no hay respuesta: ¿Qué le pasa a Alberto Fernández? ¿Qué le está sucediendo al presidente para lanzarse tan entusiasmado hacia lo que muchos -no sólo ajenos, también propios- perciben como una asombrosa espiral autodestructiva?

Hace poco más de dos años, Fernández tenía un sueño: ser embajador en España. Cristina Fernández de Kirchner lo sacó de ese plan y lo propulsó hacia la Presidencia de la República, un cargo que jamás imaginó. Hasta tal punto no lo imaginaba, que dos años después de su elección insiste en definirse como "un hombre común". Su problema es que no lo es, y en el Gobierno hay nervios a días de unas elecciones sumamente importantes, las primarias para las parlamentarias de medio término.

La foto en la que se lo ve en una fiesta de cumpleaños junto a su pareja, Fabiola Yáñez, en las profundidades del confinamiento de 2020, es la manifestación más evidente del Fernández autodestructivo. Estaba violando el Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) que él mismo había firmado y con el que amenazaba a los "idiotas" que no se atuvieran a él. Pero hay mucho más que eso.

Fernández, de 62 años, es "un presidente con preocupante tendencia al suicidio político que no deja de correr hacia cualquier granada que esté a punto de explotar", definió recientemente la analista Nancy Pazos en "Infobae".

"¿Por qué un Presidente hace cosas que, claramente, van en contra de sus propios intereses? ¿Por qué hace exactamente lo que sus enemigos quieren que hagan?", se sumó días atrás en el mismo medio el columnista Ernesto Tenenbaum.

"Fernández es un hombre enfermo, no tiene buena salud, y es un frívolo, porque solo un frívolo acepta estar donde está: ser presidente en un esquema de debilidad extrema", señaló a EL MUNDO Ignacio Zuleta, uno de los analistas políticos más agudos del país.

"Yo creo que el presidente tiene que cuidar más su propia imagen. Se lo digo en privado permanentemente. Ojalá que así sea", admitió a este diario el diputado Eduardo Valdés, uno de los políticos más cercanos a Fernández y ex embajador de Cristina Kirchner en el Vaticano.

Los consejos de sus amigos no parecen estar influyendo en Fernández, que desde que asumió el 10 de diciembre de 2019 ganó unos cuantos kilos y acumuló toneladas de frases polémicas, erradas o sencillamente impropias de un presidente.

Tras afirmar que el virus del Covid-19 "moría" tomando una infusión a 26 grados, en plena renegociación de la deuda externa, Fernández reveló al 'Financial Times' que no cree en los planes económicos. Es precisamente lo que le piden sus acreedores al país del 50% de inflación anual y el 45% de pobreza: que presente un plan.

Dijo Fernández, delante de Pedro Sánchez, que los mexicanos salieron "de los indios" y los brasileños "de la selva", al tiempo que generó crisis diplomáticas de variado nivel con Chile, Brasil, Uruguay, Suecia, Perú, Ecuador y Colombia, además de irritar a la Comunidad Autónoma Vasca con su afirmación de que allí hubo que elegir "entre quién moría y quién vivía" en medio de la pandemia del Covid-19.

Criticó el "relajamiento" del sistema sanitario y se granjeó la enemistad de médicos comprensiblemente dolidos con esa afirmación. Se definió como un "revolucionario", cuando su biografía política muestra exactamente lo opuesto. Y, confiado en que su verba tiene efectos poderosos sobre la sociedad, se movió sin protección suficiente ni recaudo alguno por sitios en los que terminó recibiendo piedras e insultos.

El penúltimo episodio autodestructivo de Fernández se produjo al filtrarse un vídeo de un alumno de 16 años al que su maestra, durante una clase, le gritaba que Mauricio Macri, el anterior presidente, había destruido el país, y que el peronismo era el que lo defendía y le daba la oportunidad de asistir a esa escuela. Nicolás Trotta, ministro de Educación, se horrorizó públicamente por las palabras y los modos de esa maestra agresiva y fuera de sus cabales. ¿Qué dijo el presidente horas más tarde?

"Fue un debate formidable que le abre la cabeza al alumno". Ni los propios peronistas podían concebir semejante análisis tras el incidente que los interpela particularmente: ocurrió en la escuela técnica María Eva Duarte de Perón, ubicada en la localidad de Ciudad Evita, a las afueras de Buenos Aires.

Es el mismo Fernández que siempre que puede se jacta de ser profesor de Teoría del Delito en la Universidad de Buenos Aires (UBA), pero que tras descubrirse que había violado su propio DNU culpó a su pareja y luego esgrimió una teoría para el asombro: el delito era de "peligro abstracto", y al no haber habido contagios, no se había "configurado". Días después se presentó espontáneamente ante la justicia, ofreció pagar una multa, él mismo fijó su cuantía y propuso pagarla a plazos.

"En teoría del delito parece haber pasado de la teoría a la práctica", señaló el diputado opositor Fernando Iglesias en una conversación con un grupo de corresponsales extranjeros. "Le dieron una Ferrari a alguien que no sabe conducir".

Durante una de sus múltiples entrevistas radiales, el propio jefe de Estado contó por qué estaba allí: se despertó a las seis de la mañana y le envió un whatsapp al presentador del espacio para decirle que quizás pasaba a verlo. Y fue, y habló, y volvió a generar declaraciones polémicas que le están costando un descenso en la intención de voto a su partido.

El trato con los periodistas es esencial para Fernández. Los lee y escucha, los llama y les contesta los whatsapp. Con una excepción: la prensa extranjera, que no entra en su radar. Cuando era jefe de gabinete de Néstor Kirchner entre 2003 y 2007, convocaba periodistas a su despacho y, repentinamente, una puerta lateral se abría en medio de la conversación: era el presidente en persona. Con ese truco, Fernández y Kirchner se garantizaban influencia en muchos medios.

Pero al tiempo que Fernández habla y asombra, el país vive un ambiente de violencia verbal y de lenguaje cada vez más soez. No es casual que las encuestas pronostiquen un nivel de abstención y voto en blanco récord desde la restauración democrática de 1983, cuando Raúl Alfonsín llegó a la Presidencia recitando el preámbulo de la Constitución Nacional.

De eso, poco y nada queda hoy. Javier Milei, un libertario antisistema que podría sumar una buena cantidad de votos en la ciudad de Buenos Aires, hace campaña en base al insulto y la amenaza. Y Victoria Tolosa Paz, la primera candidata a diputada de Fernández en la estratégica provincia de Buenos Aires, sorprendió esta semana con una frase impensada: "En el peronismo siempre se garchó (fornicó). No hay felicidad del pueblo sin garchar".

¿Acaso el peronismo se atribuye superioridad sexual sobre el resto del espectro político? Valdés, el amigo del presidente, se ríe: "Los peronistas vivimos la vida, no vivimos en conventos, no vivimos encerrados predicando moralina. Garchar significa el vivir, no era el término sexual. Qué lindo sería eso, que los peronistas tengamos superioridad sexual sobre el resto".

Fernández, probablemente para alivio del Gobierno, por el momento no se pronunció.

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