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Acosado por un nuevo escándalo, Justin Trudeau refuerza su poder en Canadá

Acosado por un nuevo escándalo, Justin Trudeau refuerza su poder en Canadá

La ONG WE recibió la gestión de un programa de becas para estudiantes por valor de 900 millones de dólares canadienses mientras pagaba 160.000 euros a la madre del primer ministro.

Para haberse vendido como un líder de la 'nueva política', el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, tiene una propensión preocupante a caer en escándalos empresariales 'de toda la vida'. Hace un año y medio, escapó por poco de la controversia desatada por su intento de tapar las relaciones económicas entre la ingeniería SNC-Lavalin y el Gobierno libio de Muamar Gadafi. Aunque el primer ministro no se hundió con el escándalo, sí salió de él tocado, y perdió la mayoría absoluta en las elecciones de octubre.

Ahora, otro escándalo empresarial rodea al primer ministro. Esta vez es por la ONG WE, a la que su Gobierno otorgó en junio la gestión de un programa de becas para estudiantes por valor de 900 millones de dólares canadienses (575 millones de euros). El problema es que WE ha pagado 160.000 euros a la madre de Trudeau, Margaret, por 28 conferencias que ésta ha dado para la organización, y otros 20.000 al hermano de éste, Alexandre. No acaban ahí las relaciones. We ha pagado en el pasado las vacaciones Trudeau y su esposa, Sophie Grégorie, y también del ministro de Finanzas que tomó la decisión, Bill Morneau. Por si eso no fuera suficiente, la hija de Morneau trabaja en WE.

Con todos esos vínculos, el contrato queda, como poco, mal. Así que el Gobierno de Ottawa ha tenido que dar marcha atrás y retirar a WE la gestión de los 900 millones. Además, Morneau ha tenido que dimitir. Pero eso no es suficiente, y Trudeau se enfrenta a una investigación independiente por sus vínculos con WE. Es la tercera vez en dos años que el primer ministro afronta este tipo de pesquisa.

Pero Trudeau ha pasado a la ofensiva. O, tal vez, a la huida hacia adelante. Lo primero que ha hecho ha sido nombrar a la viceprimera ministra, Chrystia Freeland, ministra de Finanzas. Con esa decisión, el poder de Freeland se incrementa enormemente, hasta el punto de que esta periodista de 52 años, ex corresponsal en Moscú del Financial Times, se convierte casi en la heredera política de Trudeau. A cambio, el primer ministro pone a una persona de su absoluta confianza y con la que tiene una sintonía enorme al frente de la delicada gestión de la crisis económica provocada por el coronavirus y por el desplome de los precios del petróleo - Canadá es el segundo país con más reservas del mundo, tras Venezuela -, con lo que, en último término, el primer ministro refuerza su poder.

Eso, si la autora de libros como La venta del siglo, sobre la privatización de la economía rusa tras la caída del comunismo, y Plutócratas: El nacimiento de los super-ricos del mundo y el declive de todos los demás. La primera de esas obras ganó muchos premios; la segunda, estuvo en la lista de best-sellers del New York Times. Pero la propia Freeland admitía en una entrevista con sus antiguos colegas del Financial Times en enero que ha dejado atrás el "sarcasmo" del periodismo para entrar en el "masajeo" de la política.

La segunda medida adoptada por Trudeau ha sido mucho más controvertida. Alegando la Covid-19, el primer ministro ha ordenado inesperadamente la suspensión del Parlamento hasta el 23 de septiembre, cuando comparecerá para dar un discurso sobre la situación del país y se someterá voluntariamente a una moción de confianza.

La decisión suena terrible. Pero no es inusual en la política canadiense. El propio predecesor de Trudeau, Stephen Harper, la usó. Causalmente, al igual que el actual primer ministro, Harper adoptó la medida cuando el Parlamento le estaba investigando. El hecho de que la suspensión de las actividades implique, también, la de las investigaciones es, como puede suponer el lector, una coincidencia.

Pero, en el caso de Trudeau, hay un motivo de tensión extra: la Covid-19. Canadá no está sufriendo una crisis sanitaria como Estados Unidos, y el impacto de la enfermedad es más bien similar al de Suiza o Portugal, dos países que se encuentran con los niveles de fallecimientos más bajos del mundo industrializado. Suspender las actividades parlamentarias parece, así pues, un intento de reorganizarse y ganar tiempo.

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